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Entrevista con Francisco Toledo

Nacido en Juchitán, Oaxaca, Francisco Toledo es uno de los artistas del pincel más reconocidos en los últimos tiempos. ¡Te presentamos su obra y pensamiento en una entrevista exclusiva de nuestro archivo!

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Es modesto e introvertido y trata de pasar lo más inadvertido posible, aunque pocas veces lo logra, ya que su delgada figura y su rostro moreno de facciones finas han llegado a ser familiares para la mayoría de los oaxaqueños y para los extranjeros que frecuentan la cafetería del Museo de Arte Contemporáneo, o la del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), con la esperanza de ver al maestro y, de ser posible, estrechar su mano.

La fama no ha hecho cambiar la forma de pensar ni de vivir de Francisco Toledo; tampoco su manera de vestir: él continúa usando camisa y pantalón de manta. Mientras el mundo que lo rodea trata precisamente de destruir, o al menos de cambiar, su patrón de vida por uno que no tiene nada que ver con el buen gusto y cultura tradicional del indígena oaxaqueño, él ha logrado conservar su vida austera y carente de pretensiones.

Accedió gustoso a narrarnos algunas etapas de su vida, permitiéndonos llegar así a lo que nos interesaba: el ser humano, ya que del artista se escribe con frecuencia.

Por fin, iniciamos la entrevista. El maestro, con un gesto de sorpresa, nos preguntó: “¿así nada más?”, esperando quizás que sacáramos de nuestros bolsos el equipo que se supone deben traer siempre las entrevistadoras. Sin embargo, ya había sido advertida de que al maestro no le gustan mucho las grabadoras, lo que, dicho sea de paso, me alegró muchísimo, pues no quería restarle espontaneidad a la entrevista.

FRANCISCO, NOS GUSTARÍA QUE HABLARAS DE TU INFANCIA.

Nací en Juchitán, Oaxaca, en una familia de siete hermanos y en medio de una polémica entre dos familias que tenían puntos de vista políticos diametralmente opuestos. Ambas vivían luchando sin darse tregua. Mi abuelo, cansado de esta situación, decidió mudarse con toda la familia a Ixtepec. Pasados algunos años, mis padres resolvieron ir a buscar fortuna a Minatitlán, Veracruz, en donde pasé los primeros años de mi vida.

¿DESDE ENTONCES TE GUSTABA LA PINTURA?

Sí, tanto que en cierto momento mi padre tomó la decisión de enviarme a estudiar a Oaxaca, sobre todo cuando se dio cuenta de que en nuestra casa ya no quedaban muros donde pudiera seguir dibujando.

¿HÁBLANOS DE TU VIDA EN LA CIUDAD DE OAXACA?

Los estudios secundarios en Oaxaca incluían como materia obligatoria arte y los alumnos podíamos escoger entre pintura, escultura, música, cerámica o danza. Fue aquí, en el Instituto de Bellas Artes, donde inicié mis estudios de pintura en compañía de otros destacados alumnos, entre otros Virgilio Gómez, quien influyó mucho en mí, ya que me contagió su gran admiración por la belleza de la ciudad de Oaxaca y me convenció de que había que luchar por conservarla. Desde entonces y hasta hoy, apoyado por un grupo de ciudadanos oaxaqueños reunidos en la Fundación Pro-Oax, he luchado por salvaguardar el patrimonio histórico, cultural y ecológico del estado.

¿CUÁNDO TOMASTE LA DECISIÓN DE IRTE A RADICAR A LA CIUDAD DE MÉXICO?

Después de varios intentos por pasar de año, mi padre determinó que lo mejor era que continuara mis estudios en la ciudad de México. Fue allá donde, en 1957, gracias a la recomendación de Roberto Donís, logré ex- poner por primera vez en la prestigiada galería de Antonio Souza. Y, en 1959, expuse por primera vez en Estados Unidos.

¿CUÁNDO Y POR QUÉ OPTAS POR IRTE A PARÍS?

En 1960 decidí viajar a Europa. Primero llegué a Roma y posteriormente me trasladé a París. Tenía dinero para sobrevivir unos seis meses; sin embargo, mi empeño era quedarme el tiempo que fuera necesario, ya que en aquel entonces se concentraban en París los grandes pintores e intelectuales de la época.

¿CÓMO FUE TU VIDA EN PARÍS?

Como la de la gran mayoría de los artistas escasos de recursos: muy solitaria y muy dura. Sin embargo, tuve gran suerte en conocer al maestro Octavio Paz, quien consiguió que me admitieran en la Casa de México, asegurándome así un techo. Por esa misma época conocí a Rufino y Olga Tamayo, quienes me trataron como a un hijo. A él le gustó mi pintura y me ayudó a venderla. Olga, por su parte, trató siempre, con su afecto, de hacerme sentir en casa, lo que hacía mucho más llevadera mi soledad y nostalgia por mi país.

¿FUE EN PARÍS DONDE LOGRASTE ENCONTRAR UN ESTILO PROPIO?

No, de ninguna manera. Siempre tuve un estilo propio que logré conservar a pesar de las rígidas normas establecidas por los maestros de la academia; normas que tuve que aprender, pero que rompí de inmediato cuando abandoné la ciudad de Oaxaca. En París me alimenté de todo lo que veía a mi alrededor: museos, esculturas, pinturas, jardines, que sirvieron para enriquecer mi mente y mi obra.

¿CUÁL FUE LA PEOR EXPERIENCIA QUE VIVISTE EN PARÍS?

El regreso a México de mis mejores amigos, Olga y Rufino Tamayo, dejándome muy solo y desprotegido. Sin embargo, antes de partir, Rufino se preocupó de convencer a Rafita Ussia de que me diera una beca a cambio de algunos de mis cuadros. Debo confesar (nos dice riendo Toledo) que cuando la señora Ussia vio mi obra, me dijo muy seria: “que mejor no le diera nada”.

Otra fue un intento de expulsión de la Casa de México por parte del director. Tan injustificada era esta medida, que la mesa directiva y los residentes impidieron mi salida, aunque también la entrada al plantel del entonces presidente de México Adolfo López Mateos, quien se encontraba de visita oficial en París.

Finalmente, por este motivo, me vi obligado a buscar otro lugar para vivir, gracias a unos amigos encontré la buhardilla de una galería de la Rue Du Bac, que carecía de baño y de calefacción, lo que hacía mi vida difícil, sobre todo durante el invierno. Sin embargo, fue en esta época cuando logré exponer por primera vez en la galería Karl Flinker, con éxito y buena crítica. A esta exposición siguieron otras en Suiza, Londres y Estados Unidos, todas con el mismo éxito.

¿POR QUÉ RAZÓN, TENIENDO YA ÉXITO EN PARÍS, DECIDES REGRESAR A MÉXICO?

Después de viajar durante cerca de cuatro años por Europa, con dinero que gané de la venta de mis cuadros, invité a mi padre. Su presencia me alegró mucho, pero al mismo tiempo me provocó una insoportable nostalgia por mis raíces juchitecas, factor decisivo para mi regreso.

¿CÓMO TE ENCONTRASTE EN JUCHITÁN, LUGAR EN EL QUE HABÍAS PASADO MUY POCOS AÑOS DE TU VIDA?

Muy bien, A mi llegada, lo primero que hice fue recuperar el idioma zapoteco; poco tiempo después me casé y tuve mi primera hija.

Mi pintura se transformó, según yo, para mal, pues trataba de recrear todo mi entorno familiar: la zapatería de mis tíos, la matanza y los artículos que veía en los catálogos de la tienda. Más tarde decidí mudarme a Teotitlán del Valle para hacer tapices con mis propios diseños e intentar algunos cambios en los diseños y en los colores tradicionales.

¿EN QUÉ AÑO REGRESAS A PARÍS?

En 1968 conocí a Elisa Ramírez, quien había llegado a Oaxaca huyendo de la persecución de Tlatelolco. Elisa y yo vivimos un tiempo en París, pero fueron tiempos muy difíciles, así que decidimos regresar a México, donde nacieron nuestros hijos Laureana y Jerónimo.

De regreso a Juchitán, compramos unas tierras y construimos una casa junto al río. En esta época prácticamente abandoné la pintura para dedicarme a sembrar mis tierras con árboles de tamarindo (que por cierto nunca se dieron), a recorrer el Istmo de Tehuantepec y fundar la Casa de la Cultura.

¿CUÁNDO DECIDES VOLVER A PINTAR?

Cuando regresé a la ciudad de México. Fue entonces que realicé varias exposiciones en las galerías Juan Martín, de Arte Mexicano y Misrachi; también comencé a trabajar cerámica, que expuse en la Galería López Quiroga.

¿TIENES PREFERENCIA POR ALGUNA DE TUS PINTURAS?

No. En realidad tengo únicamente los recuerdos que ciertos cuadros traen a mi memoria, pero no tengo preferencia por ninguno.

Con esta última frase el maestro Francisco Toledo da por terminada la entrevista quedando, en nosotros una profunda admiración por este hombre sencillo, que no sólo es uno de nuestros más grandes pintores, sino un ser humano increíblemente generoso, preocupado por el bienestar de los indígenas oaxaqueños y por la preservación de nuestro patrimonio histórico y cultural.

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