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Explorando las cuevas del volcán Suchiooc

Un viaje a las cuevas del volcán Suchiooc, uno de los más de 150 que componen el Corredor Ecologico de la Sierra Chichinautzin. ¡Descubre el corazón de esta tierra fértil!

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El Corredor Ecológico de la Sierra Chichinautzin, que comprende buena parte de la serranía volcánica situada entre México y Cuernavaca, es una región que se caracteriza por tener más de 150 pequeños volcanes, cada uno rodeado de sus correspondientes campos de lava, y todos ellos de edad muy reciente.

La mayoría de los capitalinos conocemos bien esta serranía, o eso creemos, ya que únicamente la cruzamos a toda velocidad por una de las dos carreteras de México a Cuernavaca, y los más intrépidos quizás por la carretera a Oaxtepec, plagada de curvas. En los cortes realizados por dichas carreteras se pueden observar las huellas de múltiples erupciones, capas de ceniza, escorias y derrames de lava. Todo este material, sumamente permeable, hace que sean difíciles los asentamientos humanos en la región, dada la absoluta carencia de agua durante el estiaje, ya que no existen arroyos porque las aguas se infiltran en su mayoría al subsuelo. De hecho. esto es de suma importancia, ya que es aquí donde se recargan los mantos acuíferos de la Ciudad de México, así que es importante el preservar la región en su estado natural.

Algunas brechas en pésimo estado de conservación penetran a partir de la carretera federal hacia el interior de la sierra, donde hay valles escondidos y vistas increíbles de la ciudad de México y el valle de Cuernavaca; pero sobre todo, dan acceso a lugares que, a pesar de su cercanía con centros de población tan importantes, permanecen aún prácticamente inexplorados. Un ejemplo de ello son las cuevas labradas en la lava que se originaron durante la erupción del volcán Suchiooc. Este volcán derramó lava hacia el sur, la cual bajó por las fuertes pendientes que llevan al valle de Tepoztlán. La lava, al contacto con el aire, se enfría y empieza a endurecerse formando una costra rígida, pero en el caso del Suchiooc la lava del interior siguió fluyendo y formó una serie de tubos en el derrame ya solidificado, por el interior de los cuales, al igual que por un sistema de arterias, siguió corriendo lava durante toda la erupción. Al terminar la erupción, la mayoría de estos tubos quedaron rellenos por la lava que circulaba en su interior, pero en algunos casos, el flujo los drenó total o parcialmente dando origen a las cuevas que describiré a continuación.

Cueva del Diablo

En 1991 visitamos la famosa Cueva del Diablo que tenía fama de ser muy extensa. Después de varias vueltas equivocadas, finalmente la localizamos cerca de la carretera que lleva al poblado de Santo Domingo. En esa ocasión descubrimos un complicado sistema de grandes túneles que apenas revisamos por el poco tiempo de que disponíamos.

Varios años después, cuando la exploración y la topografía de las otras cavidades ya se había iniciado, nos percatamos de que la Cueva del Diablo se encuentra en las partes bajas del derrame principal del Suchiooc, así que decidimos mapearla también. En tres fines de semana topografiamos poco más de 2 km de grandes galerías en forma de cañón, hasta de 15 m de diámetro con ocasionales puentes de lava que separan al cañón en galerías superpuestas.

Posteriormente, hicimos otro viaje para tomar fotos que también resultó bastante agradable. Algo interesante de esta cueva es que sigue siendo usada en la actualidad para realizar ritos religiosos o de brujería, y no es raro encontrar altares, veladoras y ofrendas de gallinas muertas en algunos de los túneles.

Cueva del Ferrocarril

En febrero de 1992 levantamos el mapa de la Cueva del Ferrocarril hasta una longitud de más de 2 km. Esta cavidad consta de un complicado patrón de galerías, y gran cantidad de estructuras que nos dieron más de un dolor de cabeza durante la topografía. Un día que íbamos a hacer lo que sería “el último viaje a la zona” nos encontramos con dos niños, Tachi y Luis Fernando, que se mostraron interesados en nuestro trabajo y se ofrecieron a ayudarnos.

Dos días después, Tachi me avisó que habían descubierto otras entradas más arriba, por lo que nos pusimos de acuerdo para ir a explorarlas el siguiente fin de semana. Esto se repitió todo el verano, ya que el “gusanito” de la exploración mordió fuertemente a estos dos nuevos espeleólogos.

El patrón de la Cueva del Ferrocarril apuntaba hacia el poblado de San Juan Tlacotenco, y la primera entrada que nos mostraron estaba localizada por detrás de la iglesia del pueblo, de allí su nombre (Cueva de la Iglesia). Esta entrada daba acceso a lo que creíamos sería una cueva bastante simple, con una galería principal bastante extensa y un ramal de menores dimensiones, pero conforme fuimos revisando ramales, cada uno de ellos se transformaba en un complejo de galerías que a veces se volvían a unir a pasajes conocidos y a veces se dirigían en una dirección totalmente nueva. A lo largo de cinco visitas, logramos penetrar más de 3 kilómetros.

Simultáneamente con la exploración de la Cueva de la Iglesia, descubrimos otras dos nuevas cavidades aún más arriba, nombradas según los dueños de los terrenos en que se encuentran, como la Cueva de Macaria, que es corta (500 m) y se acerca mucho al derrumbe en que termina la de la iglesia (menos de 20 m), y la Cueva de Marcelo, que mide 1.5 km, y cuya exploración resultó interesante por e1 complejo de grandes túneles y el gran salón de derrumbe que se encuentra en la parte media. Estas cuatro cuevas están localizadas en un derrame lateral del derrame principal del Suchiooc, y las hemos llamado Sistema Tlacotenco por el pueblo bajo el cual se desarrollan.

Sistema Chimalacatepec

Aún mas arriba, siguiendo un camino real y aproximadamente a una hora de camino desde San Juan, iniciamos la exploración de la Cueva de Tatamasquío, cuya entrada era la más alta que habíamos encontrado. Un tiro de 15 m nos dejó en un pasaje en forma de cañón que primero exploramos hacia arriba hasta un repentino y abrupto final aún a la vista de la luz. Hacia abajo fue una historia totalmente distinta. El gran cañón, en ocasiones dividido en niveles superpuestos, parecía no terminar nunca. Después de unos 200 metros alcanzamos a ver la luz que nos llegaba de un agujero en el techo del gran túnel, a unos 25 m de altura, y que pronto reconocimos como la Cueva de Chimalacatepec. Unos 100 m después, nuestra galería pareció perder el piso al borde de un tiro entre bloques sueltos hacia un nivel inferior, y pudimos ver frente a nosotros, inaccesible, la continuación del túnel que habíamos seguido hasta entonces.

Sergio Nuño, olfateando una continuación más allá, pronto encontró la manera de bajar hasta el nivel inferior que, repentinamente, volvió a unirse al gran nivel superior. Era increíble: un gran cañón de 5 m de ancho por más de 30 de alto desaparecía en la oscuridad. Desgraciadamente 100 m después las dimensiones del pasaje disminuyeron bruscamente hasta transformarse en un pequeño tubo por el que desaparecía todo el viento. Topografiamos más de 500 m hasta casi 100 m de profundidad; estábamos contentos con ese resultado.

Al regresar hacia San Juan encontramos a un viejito que nos enseñó la Cueva de Iztaxiatla, al lacio del camino real y, según nuestros cálculos, localizarla en las cercanías del “final” de Chimalacatepec. Regresamos el siguiente fin de semana. El tiro de la entrada de 15 m nos condujo a una galería que nos llevó hacia al borde de un corto tiro. Después de hacer una escalada peligrosa y de recorrer estrechos pasajes, bajamos al Paso del Tango lo que nos tomó cerca de dos horas; en el fondo encontramos un túnel que seguía hacia abajo y hacia arriba, por el que circulaba una fuerte corriente de aire.

Subimos primero, y rápidamente alcanzamos un gran cañón similar al del final de la cueva alta. En su base había un pequeño agujero por el que entraba el aire y que pronto reconocimos como el “fin” de Chimalacatepec. Desde este lado parecía mucho más accesible por lo que Tachi, tomando el martillo, procedió a abrirlo; logró arrastrarse al otro lado, y logramos nuestra conexión.

Hacia abajo del Tango penetramos en un pasaje estrecho que repentinamente se transformó en un túnel redondo. En medio de una gatera encontramos pedazos de cerámica que demostraban que no éramos los primeros en pasar por esta porción de la cueva. El túnel parecía no tener fin, y la progresión se hizo incómoda por lo inestable de los bloques que forman el piso. Pronto llegamos a un domo con un pasaje aparente sobre nosotros. A partir de allí empezamos a encontrar carbón, al parecer de antorchas. Siete horas después de haber entrado, y sin haber llegado al final, decidimos salir.

Volvimos el siguiente fin de semana. Unos 200 m después de nuestra última estación topográfica llegamos a una gatera. Al atravesarla, quedamos maravillados: gran cantidad de cajetes, sahumadores de cerámica, cuentas, estatuillas y otras figuras de jadeíta estaban colocadas en repisas y recovecos en una corta sección de la galería. Con cuidado de no estropear nada, continuamos la topografía.

La morfología del pasaje cambió otra vez convirtiéndose en un gran túnel cubierto de bloques gigantescos, que requería de bastante equilibrio para recorrerlo. Repentinamente los bloques terminaron para dar paso a un túnel redondo y de piso plano. Desde ahí en la distancia, veíamos los otros túneles como pequeños puntos de luz. Durante el recorrido seguimos encontrando cajetes y sahumerios.

La topografía nos dio finalmente 1.4 km de longitud y 201 m de profundidad, lejos de cualquier récord, pero las piezas arqueológicas descubiertas nos compensaron con creces; además, al regresar a casa y consultar la bibliografía determinamos que se trata de la segunda cavidad volcánica más profunda de América. La temporada de lluvias había terminado, y estábamos contentos con nuestros resultados.

Realizamos otro viaje a Chimalacatepec con la intención de hacer el recorrido completo de la cueva y escribir un informe completo del sitio arqueológico para el INAH de Morelos, que se había mostrado bastante interesado en el hallazgo. Las fotos y el informe que presentamos convencieron al INAH de la importancia del hallazgo y se han organizado ya varias expediciones conjuntas para recuperar el material. Quisiera añadir que esto no deja de entristecerme un poco pues la cueva ha perdido parte de su magia.

Cueva de Eduardo

La siguiente temporada exploramos esta cueva ubicada a casi 100 m arriba del punto más alto de Chimalacatepec. Su recorrido fue de más de 1 km de largo, unos 100 m de profundidad y bastante difícil, pues se trata de un profundo cañón subterráneo, en ocasiones separado en varios niveles sobrepuestos. Aunque la separación en algunos puntos entre esta cueva y Chimalacatepec es de menos de 3 m, no logramos hacer la conexión, que habría hecho de ésta la caverna volcánica más profunda de la América continental.

Cuevas del Suchiooc

En esta ocasión entramos desde Parres, con camioneta de doble tracción, por una serie de brechas en pésimo estado, hasta alcanzar la remota región de la sierra Chichinautzin, donde se encuentra el Suchiooc.

En la base misma del volcán encontramos una serie de cavidades, por lo que hemos realizado varias excursiones para explorarlas. Acampamos en el valle entre el Suchiooc y el imponente Chichinautzin (“gran señor que quema”), el volcán más reciente de la serranía. Es curioso notar que estando a menos de 20 km en línea recta de una de las ciudades más grandes del mundo, nos sentimos totalmente aislados, a muchas horas a pie del lugar habitado más cercano, rodeados de bosques y prados que parecieran extenderse hasta el infinito. En más de una ocasión hemos visto conejos, águilas y, una vez, un venado que se nos quedó mirando varios segundos antes de desaparecer entre la maleza.

Las cuevas de esta zona son en general pequeñas, pero interesantes pues forman un sistema distributario bastante complejo, integrado por más de 30 cavidades de longitudes variables, de hasta algunos cientos de metros de largo. Esperamos encontrar algunas más en el futuro y, quién sabe, tal vez en alguna encontremos más vestigios prehispánicos.

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