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Hijos de la roca. Los artesanos del mármol y el ónix (Tlaxcala)

El barrio de San Miguel, en el pueblo de San Pablo del Monte, Tlaxcala, se distingue por el grupo de artesanos que trabajan el mármol y el ónix.

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Una visita a ese sitio nos ilustrará sobre la dura pero noble tarea de pulir la piedra hasta encontrar los destellos de la luz.  Tan antigua como su relación con la tierra es la vinculación del hombre con la roca. Escarbando para enterrar a sus muertos o para sembrar sus semillas, tarde o temprano se encontró con ella, se preguntó por su origen, la admiró por su dureza y por su antigüedad indefinida, y buscó la manera de trabajarla, piedra contra piedra, esculpiendo las imágenes de sus sueños y de las divinidades vernáculas, pero también los utensilios de su vida cotidiana.  Así como hubo hombres que trabajaron la tierra y que cocieron el barro para formar desde vasijas hasta bloques de adobe para construir sus casas, otros hombres labraron la roca, horadaron montañas para erigir sus templos y viviendas, o bien se esmeraron en cortar los bloques en fragmentos pequeños, modelándolos y puliéndolos en busca de la forma y de la luz, que es tan sólo un reflejo de la que brota del mundo y de sí mismos. 

Hijos de la roca podemos llamar a estos hombres de manos callosas y piel quebrada por el polvo, un polvo que invade todos los rincones de sus talleres; polvo que se levanta en nubecillas cuando el esmeril desbasta los ángulos de una pieza, o que forma un velo diminuto cuando se emplea agua en el corte de una piedra de más de 80 kg. Hijos de la roca son estos hombres que lucen orgullosos el fruto de su trabajo: la piedra que brilla cuando la luz explora su textura magnífica.  El barrio de San Miguel, en el pueblo de San Pablo del Monte, en Tlaxcala, se distingue precisamente por el grupo de artesanos que trabajan el mármol y el ónix. Son más de veinte los talleres que se localizan en varias manzanas de este barrio. San Pablo del Monte está en el límite de la planicie que divide Tlaxcala de Puebla, y a partir de allí se inicia una ligera pendiente que conduce a San Isidro Buensuceso y otras poblaciones pequeñas, ya en las faldas de La Malinche. 

San Miguel se ubica en la parte alta del pueblo, muy cerca del camino que lleva al volcán. El barrio se distingue a lo lejos por su iglesia de torres amarillas y su austera fachada de azulejos. No muy lejos de allí se encuentran varios talleres, entre ellos el del señor Celso Sabinal Domínguez, presidente de la Asociación de Artesanos de San Pablo del Monte, Barrio de San Miguel.  En todas las ocasiones que hemos ido, junto con algunos acompañantes de Turismo Tlaxcala, siempre hay por lo menos una persona que nos atiende. Los talleres comúnmente se localizan a unos cuantos pasos de la vivienda, y cada vivienda, por lo general, cuenta con su temascal para el baño de vapor: herencia cultural de sus antepasados tlaxcaltecas prehispánicos.    

En una de estas visitas los artesanos aprovecharon una reunión previa para presentarse en conjunto ante la cámara de quien esto escribe. Entonces tuvimos la oportunidad de escuchar su problemática y de fotografiar una buena cantidad de piezas que trajeron de sus bodegas.  Este trabajo es arduo y su ganancia mínima. Requiere de mucha inversión, pues en cada viaje se deben traer de 18 a 20 toneladas de material para que sea redituable. Si consideramos que hasta hace unos meses el mármol gris y el negro costaban 460 pesos la tonelada, y el mármol blanco 1 500, calcúlese el sacrificio económico y la administración subsecuente para obtener una mercancía cuyo proceso de venta se realiza con lentitud. Además, los lugares desde los cuales se trae el material no siempre están cercanos. Los más próximos son Atlixco y Tehuacán, en el vecino estado de Puebla, de donde provienen el ónix rosa y el mármol blanco, respectivamente. El mármol negro se trae de Orizaba y el gris del istmo de Tehuantepec.  Los pasos que se siguen en la manufactura de este tipo de artesanías son sencillos: corte, esmerilado y pulido; sin embargo, cada paso requiere de manos expertas. Para comenzar, los bloques no se pueden cortar en cualquier parte, sino que debe seleccionarse el mejor punto para aprovechar las vetas que le darán realce a las piezas terminadas. El peso de los bloques puede variar desde 50 hasta 150 kg o más, por lo que suele requerirse la participación de entre uno y tres hombres. 

En principio, cada bloque puede cortarse con cincel y martillo; después se coloca sobre la plancha, donde, con una sierra de acero, se le hace un corte muy preciso. Por el volumen de la roca el artesano se vale de un sistema de enfriamiento simultáneo a través de un chorro de agua, el que también permite reblandecer el área por donde los dientes de acero van avanzando, y evita fracturas indeseables. Para un mejor deslizamiento se coloca debajo del bloque un pedazo de penca de maguey.  Después de cortar los bloques grandes se utiliza la sierra para reducir las piezas casi a su tamaño final. El cálculo se hace siguiendo un patrón, aunque cada pieza es única, pues se trabaja directamente con la piedra y no mediante un sistema de vaciado. Este paso es fundamental porque determina el equilibrio del volumen. 

El esmerilado es propiamente el trabajo fino. Aquí la precisión marca la diferencia entre un artesano y otro. De vez en cuando se vuelve a utilizar la sierra para un mejor acabado, o bien un cincel de uñas para hacer ojos, orificios nasales y otros detalles. Hay muchas piezas que van ensambladas, por lo que las perforaciones deben quedar del tamaño exacto.  El pulido es el paso final, es cuando la roca va mostrando su brillo propio, la huella digital creada por la compresión de masas gigantescas. Aquí, por fin, se forma el espejo donde el artesano se reconoce, antes de enviar la pieza a la mesa de exhibición en busca de otros ojos que la acaricien. 

LAS FORMAS    

La cantidad de modelos sobre los que se basan los artesanos para hacer sus piezas no tiene límites, si bien cada uno muestra sus preferencias por algunos, ya sea por gusto personal o porque se le facilita elaborarlos. Hay piezas en verdad sorprendentes, y quien las diseñó por primera vez incursionó también en el ámbito de la creación artística. Otras piezas, en cambio, son más convencionales, y algunas más son de acabado un poco burdo.    

Las madonnas resultan ser uno de los modelos preferidos por los clientes. El toro de mármol negro recuerda a los bravos ejemplares de lidia que merodean por los pastizales de las ganaderías cercanas. Las vetas de ónix son apropiadas para simular el pelambre del oso pardo. El mármol negro y el ónix rosa pueden hacernos evocar una pantera o un puma, y las vetas de mármol gris nos ayudan a visualizar las formas acuadinámicas de un delfín. Los caballos nunca pueden faltar entre las piezas predilectas, y todos los colores de las rocas son empleados en la recreación de su naturaleza en movimiento.  Águilas, patos, elefantes, bisontes, peces espada, etcétera, se combinan con objetos de uso utilitario, como candelabros y fruteros, además de soportes para libros en forma de indígenas o de tlatoanis mexicas. Sobresalen también algunas piezas abstractas y una que otra Venus de formas voluptuosas tallada en mármol negro. Pirámides, ajedreces y obeliscos son igualmente comunes entre la gran variedad de formas que escogen los artesanos para ejercitar su oficio. 

Podríamos mencionar y describir muchos otros modelos, pero preferimos que los descubra el lector en un viaje a San Pablo del Monte, donde podrá comprar las piezas directamente con los artesanos. 

SI USED VA A SAN PABLO DEL MONTE    

Tome la autopista México-Puebla y ya en la capital poblana busque la señal de la carretera Puebla-Santa Ana Chiautempan-Tlaxcala. Seis kilómetros adelante, está la entrada a San Pablo que también aparece en los mapas como Vicente Guerrero. Siga por la calle principal y casi al final del pueblo encontrará el barrio de San Miguel. 

Fuente:  México desconocido No. 276 / febrero 2000 

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