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Historia de la construcción del Colegio de la Compañía de Jesús

La construcción del Colegio de San Ignacio de la Compañía de Jesús en Durango—que hoy se encuentra en pie y hace las veces de rectoría de la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED)–,data de la segunda mitad del siglo XVIII; más exactamente, el proceso de su edificación comprende los años de 1748 a 1777.

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Su importancia es singular, ya que fue la institución educativa virreinal más desarrollada en todo el norte de la Nueva España y en ella se formó el clero secular y la intelectualidad de la provincia neovizcaína. La construcción del Colegio de San Ignacio de la Compañía de Jesús en Durango data de la segunda mitad del siglo XVIII; más exactamente, el proceso de su edificación comprende los años de 1748 a 1777. Su importancia es singular, ya que fue la institución educativa virreinal más desarrollada en todo el norte de la Nueva España y en ella se formó el clero secular y la intelectualidad de la provincia neovizcaína.

Su historia comienza en el año de 1596, cuando los padres Francisco Gutiérrez, superior, Gerónimo Ramírez, tal vez Juan Agustín de Espinoza, Pedro de la Serna y los hermanos Juan de la Carrera y Vicente Beltrán pasaron a ocupar el predio que hoy comprende el edificio central de la UJED, el templo de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, el edificio contiguo y la Plaza IV Centenario.

Es muy probable que aprovechando Ias ventajas que Ies ofrecía Ia nueva sede, Ia impartición de cursos de primeras letras y de gramática haya empezado a ser más regular y sostenida. Sin embargo, Ia fundación no fue posible sino hasta avanzado el siglo XVII, debido al lento y endeble crecimiento demográfico y urbanístico de Ia villa de Guadiana.

EI año de dotación deI Colegio de Guadiana tuvo efecto en 1634. El canónigo Francisco de Rojas y Ayora, donó Ia hacienda de La Punta con todo y sus bienes, más 15 mil pesos, a condición de que fuese reconocido como fundador y patrón de dicho Colegio hasta el fin de sus días y, ante todo, que: con cargo y obligación que Ia dicha religión ha de leer en el dicho Colegio perpetuamente gramática y los superiores de ella continuamente han de poner maestros religiosos para ello y han de tener y se han de conservar para siempre maestro de escuela, como hoy lo está, para que doctrine y enseñe a Ia Juventud de Ia dicha ciudad de Guadiana y su partido, y atento a que ha de leerse en el dicho Colegio una lección de casos de conciencia, para Ia utilidad espiritual, y temporal de aquella tierra, su jurisdicción, mineros y moradores de ella.

A partir de ese momento, Ias actividades académicas deI Colegio de Guadiana serían permanentes y tenderían a desarrollarse.

En 1647 ocurrió el derrumbe de Ia iglesia de Ia Compañía. Ante la falta de recursos, Ia reconstrucción dio inicio hasta 1660, bajo el rectorado de Juan de Monroy, quien obtuvo una limosna de 22 mil pesos, con que empezó desde los cimientos y dejó en Ia altura que hoy se ve Ia hermosa fábrica de Ia iglesia que no parece sino que en sus columnas gravó el “non plus ultra ” que en tantos años no se ha sobrepuesto ni una sola piedra. No obstante, quedó inconcluso, y así permaneció hasta mitades del siglo XVIII.

Para finaIes del XVII, el Colegio de Guadiana había entrado en Ia clara definición de ser Ia institución formdora del clero de Ia diócesis de Durango y educadora de los laicos de Ia provincia neovizcaína. La incorporación deI Seminario de Ia diócesis de Durango al Colegio de Guadiana se llevó a cabo eI 14 de mayo de 1721, para lo cual, después de que se realizaron Ias providencias necesarias, se construyó un edificio anexo.

Para finales de Ia década de los treinta comenzó a ser manifiesta Ia preocupación por el estado lamentable en que se encontraba el Colegio de Guadiana, a tal grado que se llegó a proponer Ia segregación deI Seminario, pues se consideraba que en lo material sólo había pérdidas. EI edificio de los jesuitas –probablemente el que habían adquirido desde 1596-, a decir de uno de los padres que lo habitaban en 1739: Es de adobes, aposentos bajos y humedecidos de 10 años a esta parte, con mucho daño que se ha experimentado en los casos de nuestra vecindad.

En un informe de 1747 se dice que a esas fechas no se había hecho nada para mejorar el edificio ni Ia iglesia. La descripción deI edificio deI Colegio es patética: paredes a punto de desplomarse, techos con chorros, no goteras, toda vez que llovía; patios y pisos en ruina total, que de no intervenir en su reparación “juzgamos, decían, que dentro de muy pocos años se arruinará el Colegio”.

Finalmente, se dispuso dar inicio a Ia obra de reconstrucción deI Colegio e iglesia de Ia Compañía en 1748. Lo que faltaba era dinero, pues tan sólo para el arranque se requerían 7 mil pesos, pero había fundadas esperanzas de que pudiesen reunirse hasta 12 mil con Ia ayuda de personas de Chihuahua, Sombrerete, Parral y otros lugares deI obispado de donde provenían Ios estudiantes.

La pregunta de hasta dónde Ia reconstrucción deI Colegio y Ia iglesia siguió Ia estructura arquitectónica anterior es algo muy difícil de precisar en ausencia de planos de Ia época. Sin embargo, por Ias descripciones documentales conocidas, en términos generales podemos afirmar que se siguió un patrón semejante, excepto en lo que se refiere a Ias portadas bellamente acabadas al estilo barroco, Ia sobria arquería de Ia planta inferior del patio central y Ias paredes tapiadas de Ia parte superior.

Tampoco tenemos noticias de quién fue el arquitecto o el maestro que dirigió tan magnífica obra. En Ia información posterior a los inicios de Ia reconstrucción, Ia nueva edificación fue hecha de piedra y cantera labradas, y no de adobe como era antes; el obispo Tamarón y RomeraI, en Ia descripción que hizo deI Colegio en 1765, se refiere únicamente aI aspecto académico, que por cierto da cuenta de una gran actividad por el número tan elevado de estudiantes que atendía. Quizá los trabajos de reedificación estaban suspendidos o no le pareció importante registrarlos.

Después de Ia expulsión de los jesuitas, en 1767, el Colegio de San Ignacio de Ia Compañía de Jesús y sus bienes pasaron a ser administrados por Ia Junta de Temporalidades, pero en el caso particular de Durango, el gobernador de Ia provincia, José Carlos de Agüero, dispuso que pasara a poder deI Cabildo eclesiástico, y por ende al Seminario Conciliar. Fue el obispo Antonio Macaruyá y Minguilla de Aquilanín quien Ie dio el último impulso. Cuando llegó a Durango a principios de 1772, el obispo se encontró con Ia obra interrumpida, y tal vez por pertenecer a Ia Mitra puso especial interés en continuar el trabajo hasta su conclusión. EI Colegio se terminó de reedificar en 1777, y Ia iglesia, que había sido derribada poco antes de Ia expulsión jesuita; resurgió en 1783 como Ia viceparroquia de EI Sagrario -con un costo de 40 300 pesos pagados por Ia Mitra de Durango.

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