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Indumentaria femenina indígena en la Huasteca veracruzana

En Chicontepec y Álamo Temapache, poblaciones de la Huasteca veracruzana se conservan costumbres muy antiguas y se mantiene una especial idiosincrasia mística.

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El atavío femenino ha perdido en sus raíces, pero mantiene importantes elementos de su identidad.

El atavío femenino en Mesoamérica fue único en el mundo, equiparable en su esplendor al griego, romano o egipcio, aunque posiblemente con mayor colorido, ya que el contexto de las grandes culturas precolombinas fue pródigo en policromía y tuvo multitud de matices, que influyeron en la indumentaria de sus pobladores. Los conquistadores españoles fueron los primeros testigos extranjeros de este mosaico multicolor, reflejado en el arreglo personal de los hombres y mujeres mesoamericanos. Por todo el imperio azteca, la mujer portaba con altivez bellos huipiles de cuello cuadrado y bordado, de corte recto, largo y suelto, con enaguas o faldas que se enredaban alrededor del cuerpo y se fijaban con un ceñidor bordado. Por su parte, las mujeres de la región del Totonacapan lucían el quechquémel, prenda en forma de rombo con abertura en la cabeza y que cubría el pecho, espalda y parte del chincuete o falda indígena. Éstas prendas eran usadas con algunos cambios por todas las regiones del México precolombino, y confeccionadas en el telar de cintura con finas telas de algodón; las utilizadas en festividades destacaban por sus colores y bordados, y teñían las telas con tintes naturales obtenidos de insectos, plantas y conchas.

Desde la frontera norte hasta la del sur de nuestro país, la mujer indígena ha tenido preferencia por los colores intensos en el vestir y en sus accesorios de arreglo personal. Collares, aretes, brazaletes, incrustaciones dentales, listones y estambres con que adornan sus grandes peinados, son indicativos de la enorme riqueza en su indumentaria, que se remonta a los tiempos más antiguos entre los nahuas, totonacos, mayas, huastecos, por nombrar algunas de las etnias que habitan estas tierras.

Así como se reconoce por su manera de vestir una mujer tarahumara, maya o nahua de Cuetzalan, es posible identificar a una mujer nahua originaria de Chicontepec; si bien sus ropas dejan ver una gran influencia española, su característica principal es la huella del sincretismo, cultural en el que se refleja la forma de vestir europea, amalgamada con el gran colorido en sus bordados, el uso de numerosos collares y amuletos, aretes de oro y plata, listones y estambres multicolores que preservan costumbres, indumentaria e idioma autóctonos.

Casi todas las mujeres mayores de 50 años portan con elegancia un atuendo que las reconoce y enorgullece, pero que tal vez no perdure más de 40 años. Ya se han dado cambios en los últimos 25 a 30 años; en el libro El traje indígena en México, de Teresa Castelló y Carlota Mapelli, publicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (1965), se menciona el uso de un vestuario que ya no se ve en el pueblo de Chicontepec.

La blusa de corte europeo llamada ikoto es de manta, algodón o popelina, tiene manga corta y un pequeño escote cuadrado, que lleva alrededor estambre tejido en color azul o rojo, se confecciona en dos tipos: la que lleva dos franjas (una al frente, a la altura del busto, y otra por detrás), ambas en punto de cruz denominadas itenkoayo tlapoali, tiene pequeños dibujos geométricos o florales de colores muy vivos, del ancho de tres dedos sobre un tejido de aguja como pieza superior llamado kechtlamitl; esta pieza se encuentra unida a la parte inferior por el frente mediante pequeños pliegues o xolochtik, rematada en forma ondulada y amplia; la otra blusa, se caracteriza por tener en la parte superior tela de cuadrille, decorada con bordados de punto de cruz llamados ixketla tlapoali, tanto en las mangas, al frente y en la parte posterior, que representan figuras de animales, flores o grecas de muchos colores y que se une a la parte inferior de igual manera que la anterior; ambos tipos de blusa se meten por delante de la falda y la parte de atrás queda suelta.

Según el gusto y el poder adquisitivo de cada mujer la falda llega al tobillo y tiene una pretina con jaretas que permiten sujetarla a la cintura; en la parte de enmedio lleva adornos de encaje y listones de 5 cm de varios colores denominados ikuetlatso; en el borde se ponen 4 o 5 alforzas o tlapopostektli, con una tira de la misma tela pero con pliegues llamada itenola, que rompe la continuidad de la misma; sobre la falda se lleva un mandil o iixpantsaja de cintura, que llega por debajo de la rodilla y es confeccionado con tela de polyester tipo escocés, muy apreciado por las mujeres.

La mayoría que visten a esta usanza, tejen sus blusas con gancho o las bordan con aguja y cosen sus faldas o las mandan coser a máquina. El antiquísimo telar de cintura ha quedado en el olvido, y salvo en raras ocasiones es utilizado por mujeres mayores de 70 años, quienes confeccionan servilletas de algodón, muy apreciadas como obsequio en las ceremonias matrimoniales de antigua tradición. Los telares que aún existen permane-cen sujetos en un extremo de la puerta de la vivienda y el otro a la cintura de quien lo trabaja, por medio del kuitlapamitl, a manera de mecapal. Las tejedoras mismas cultivan a veces el arbusto y realizan el proceso de elaboración del hilo de algodón, fabricando su propio huso o malacatl, compuesto de dos partes: un palito de aproximadamente 30 cm y un pedazo semiesférico de barro que va ensartado en el mismo, con la parte redonda hacia abajo, a manera de contrapeso. El huso completo se introduce en un pequeño recipiente o chaualkaxitl. El telar está compuesto de unas piezas sueltas de madera, las cuales tienen diferentes funciones.

En un día normal en Chicontepec la actividad cotidiana de las mujeres se inicia con la salida de los primeros destellos solares, cuando se escuchan los sonidos de la molienda del maíz en el metate. Otras mujeres acarrean agua de los pozos y aprovechan para bañarse y lavar la ropa, en tanto otras desarrollan esta misma actividad en la zona de los manantiales. Regresan a sus chozas caminando descalzas, tal y como se usa desde los tiempos prehispánicos, llevando con-sigo un chiquihuite lleno de ropa o una cubeta con agua sobre la cabeza, que con gran equilibrio mantienen a pesar de lo empinado de la pendiente, sin que se derrame gota alguna.

En la región se celebran muchas ceremonias antiguas, entre las que destacan: tlamana u ofrenda del maíz tierno, y la llamada tlakakauase, efectuada cuando dos jóvenes han decidido contraer matrimonio. Entonces el novio lleva muchos regalos a los padres de la muchacha. Durante esas visitas la mujer luce sus mejores galas y trenza su cabello con cintas angostas de estambre de diversos colores, que sobresalen unos veinte centímetros de la punta del cabello; el cuello lo cubre de muchos collares de cuentas huecas de vidrio, o de otro material de colores muy brillantes, medallas, monedas; porta aretes de oro o plata en forma de media luna, labrados en el pueblo del “Cerro”. Todo este engalanamiento reminiscencia de la grandeza de tiempos remotos, que aún subsisten en el alma indígena mexicana, que ha apreciado desde siempre los deslumbrantes colores, los adornos, las joyas y la vistosidad en su vestir.

SI VAS A CHICONTEPEC

Se toma la carretera núm. 130, que pasa por Tulancingo, Huauchinango, Xicotepec de Juárez y Poza Rica. En el poblado de Tihuatlán se toma la carretera que pasa por la cabecera municipal llamada Álamo Temapache, y a unos 3 km se encuentra la desviación a Ixhuatlán de Madero y Chicontepec, a donde se llega después de pasar los poblados de Lomas de Vinazco, Llano de Enmedio, Colatlán y Benito Juárez. Son aproximadamente 380 km de recorrido y se cuenta con todos los servicios.

Fuente: México desconocido No. 300 / Febrero 2002

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