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La iglesia de Ocotlán: luz, alegría y movimiento (Tlaxcala)

No hay duda de que lo mejor de la arquitectura colonial mexicana se encuentra en el terreno de la sensibilidad popular. En 1948 el historiador del arte Manuel Toussaint escribía de la iglesia de Ocotlán: “La fachada semeja obra de arte popular… La técnica es imperfecta: estos estípites, estas estatuas, no han sido tallados en piedra, sino elaborados a mano, en lo que se llama mampostería. De ahí que sea necesario blanquearlos a la cal cada año, después de la estación de lluvias. Por eso ofrece un aspecto de azúcar”. La descripción es muy certera, así como su conclusión: “Nada más atractivo, más conmovedor, que esta gran fachada que flanquean dos torres, clavadas como aguijones al cielo azul, desde que nos vamos acercando a la colina en que se levanta el santuario”.

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No hay duda de que lo mejor de la arquitectura colonial mexicana se encuentra en el terreno de la sensibilidad popular. En 1948 el historiador del arte Manuel Toussaint escribía de la iglesia de Ocotlán: “La fachada semeja obra de arte popular… La técnica es imperfecta: estos estípites, estas estatuas, no han sido tallados en piedra, sino elaborados a mano, en lo que se llama mampostería. De ahí que sea necesario blanquearlos a la cal cada año, después de la estación de lluvias. Por eso ofrece un aspecto de azúcar”. La descripción es muy certera, así como su conclusión: “Nada más atractivo, más conmovedor, que esta gran fachada que flanquean dos torres, clavadas como aguijones al cielo azul, desde que nos vamos acercando a la colina en que se levanta el santuario”.

Es difícil mejorar la anterior imagen, que transmite a la perfección el impacto que produce la visión del templo de Ocotlán, uno de los dos o tres edificios coloniales mexicanos más logrados; y conviene decir aquí que no sólo es ejemplo consumado de sensibilidad popular, sino de un extraordinario refinamiento arquitectónico por la gracia de sus proporciones y contrastes: la espumeante superficie blanca de los campanarios y la fachada contrasta alegremente con el liso barro rojo de las bases de las torres. Los campanarios, con sus ángulos salientes, rebasan las bases y parecen flotar en el vivo azul del cielo de Tlaxcala. Estas esbeltas torres son un ejemplo único en México de barroco espacial (y no sólo ornamental) por el dinámico contraste que se produce entre los semicilindros salientes de su sólida parte inferior roja (de pequeñas piezas hexagonales), que avanzan hacia nosotros, y la concavidad de cada cara de los blancos, aéreos campanarios, que les resta peso y los aleja. La fachada misma, rematada por una gigantesca concha, sugiere también un espacio cóncavo, concebido para alojar estípites y esculturas de profundidad tan grande que ya no podemos hablar aquí sólo de un relieve, sino del doble movimiento de aproximación y alejamiento característico del barroco.

Nada recuerda aquí la masiva, severa pesadez de tantas iglesias mexicanas: en Ocotlán todo es ascensión, ligereza, luz, alegría y movimiento, como si su autor hubiese querido comunicar estas ideas, mediante la arquitectura, a la imagen de la Virgen, colocada de manera muy original no en un nicho, sino en el hueco de la gran ventana estrellada del coro que se abre al centro de la fachada. El autor de esta obra maestra de la segunda mitad del siglo XVIII permanece en el anonimato, pero es posible advertir en ella los rasgos de la arquitectura característica del área de Tlaxcala y Puebla, como el uso de la argamasa esculpida, blanca, y el revestimiento de piezas de barro cocido.

El interior del templo es de fecha anterior, habiéndose iniciado en 1670. Destaca aquí el espectacular presbiterio dorado, concebido de manera teatral, que se ve a través de un marco escénico rematado por una concha. La imagen de la Virgen se posa en una abertura similar a la de la fachada, y atrás se ubica el camarín, que sirve para guardar los ajuares de la imagen y vestirla. Este espacio, de planta octagonal, es obra del tlaxcalteca Francisco Miguel, quien lo terminó en 1720. Su cúpula está decorada con imágenes de santos, pilastras curvas y un relieve con la paloma del Espíritu Santo. Las paredes del camarín tienen pinturas alusivas a la vida de la Virgen y son obra de Juan de Villalobos, de 1723.

Ocotlán, sin duda, es una de nuestras mayores obras de arte colonial.

SI SON SERES HUMANOS

Los franciscanos, primeros evangelizadores del nuevo continente, encontraron en los indígenas de Tlaxcala una gran disposición para integrarse a la religión católica. Muy pronto los franciscanos quedaron convencidos, a pesar de las objeciones del clero secular y de los frailes de otras órdenes, que los indios sí tenían alma y que eran capaces de recibir y administrar los sacramentos. Así, los primeros sacerdotes indígenas y mestizos de la Nueva España fueron ordenados en Tlaxcala por los franciscanos.

SAN MIGUEL DEL MILAGRO

se dice que hace muchos años, en uno de los cerros que rodean el valle de Tlaxcala, tuvo lugar una singular batalla entre San Miguel Arcángel y Satanás para ver quién de los dos extendería su manto sobre la región. Salió victorioso San Miguel, quien hizo rodar al diablo por una de las laderas del cerro. En 1631 se construyó una ermita dedicada a San Miguel y más tarde un templo, donde se encuentra el pozo de agua santa que atrae a un gran número de peregrinos.

Fuente: Tips de Aeroméxico No. 20 Tlaxcala / verano 2001

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