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La primera modernización urbana de México

Al fin alizar el siglo XVIII se gestan en ciertos países algunos de los cambios más trascendentales experimentados por la humanidad.

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El inicio del derrumbe -violento a menudo– de los regímenes políticos autoritarios, el reemplazo de la visión religiosa de la naturaleza por una concepción científica de la misma (iniciado al menos desde G alileo, pero frenado por el poder eclesiástico) y la irrupción de la técnica como nuevo motor de los procesos productivos. Esto acompaña y propic la lo que se ha dado en llamar revolución industrial, entre cuyos múltiples efectos, uno de los más notorlos, se produjo en el terreno urbano: las principales ciudades de Europa y los Estados Unidos se transformarán por completo, con nuevos meDios de transporte, nuevos centros de producción, nuevos materiales de construcción, nuevos tipos de edificios y de barrlos y; desde luego nuevos servicios.

México había llegado a la vida quienindependiente con todos los impedimentos imaginables para funclonar como una sociedad moderna, y en el aspecto urbano, esto era ya evidente en 1833, cuando el arquitecto alemán Eduard Mühlenpfordt escribía sus impresiones sobre la capital:” la ciudad no correspondía de ninguna manera con la bril lante imagen que traía en mente, producto indudablemente de las entus lastas descripclones que de el la habían hecho todos los viajeros europeos”. No todos: algunos de aquellos viajeros también tenían una visión crítica de las cosas, como se advierte cuando Mühlenpfordt compara sus impresiones con las de su célebre compatrlota – egresado como él de la universidad de Gottingen- ante la vista de la ciudad y el v alle de México desde las alturas de la catedr al:”Humboldt tiene razón.

No son sus edificios y monumentos, y yo añado que tampoco la regu laridad y anchura de sus interminables calles, la razón de que México produzca esa granDiosa impresión… En re alidad, no es la obra efímera de los hombres, sino la de Aquél que de la nada hizo el mundo: lo sublime y majestuoso de esa digna e incomparablemente espléndida naturaleza que rodea a la ciudad…” Como arquitecto, Mühlenpfordt encuentra que el estilo de las casonas de la capital”en gener al no es puro ni de buen gusto”, que sus ornamentos tampoco”están concebidos ni integrados con buen gusto”, y agrega:” la mayoría de los frentes están pintados sin ningún gusto con colores chillones -rojo, azul amarillo, verde, naranja” Concluía:”más suclos todavía que la ciudad propiamente dicha, e incluso miserables, son los suburblos, también l lamados barrlos.

El viajero que por primera vez llega a la ciudad de México apenas puede creer que re almente se encuentra en la famosa y rica capital de la Nueva España, ese supuesto el Dorado. Las calles son pequeñas, bajas, hechas de adobe, y a menudo sin el más mínimo arreglo. De las puertas y ventanas abiertas emanan vapores maol lentes que apestan el alre que respiran sus harap lentos habitantes…Estos barrlos son auténticos refuglos del viclo, verdaderas cuevas del crimen. Ni siquiera durante el día es recomendable caminar por ellos desarmado, no obstante que los guard las recorren de día y de noche y a cab allo tanto las calles de los suburblos como los de la ciudad. Este person al puede evitar algunos crímenes, pero no muchos más.” lo que Mühlenpdorf vio no se disipará muy pronto. El fotógrafo Desiré Charnay dejó impresiones muy simi lares de las ciudades de Oaxaca y México, en 1857:” las casas de Oaxaca, casi en su totalidad, son todas de un solo piso: no se les puede exigir, así, ninguna arquitectura.

Las calles no ofrecen a la mirada del extraño sino muros desnudos perforados por ventanas enrejadas, sin escultura ni ornamentación algunas. La municip alidad exige que todas las casas se pinten de ton alidades subidas o poco fotogénicas; quitando el b lanco, se pueden encontrar todos los colores de la p aleta.” En cuanto a la capital, ésta es la impresión inci al de Charnay:” la entrada a la ciudad de México es la de un arrab al; nada hace esperar una gran ciudad. Las calles son suc las, las casas bajas, los habitantes andrajosos; muy pronto la diligencia ingresa a la Plaza de Armas, f lanqueada a un costado por el Palacio y al otro por la catedr al. Se entrevé ahora una capital…” Charnay, como Mühlendorf, también experimentó una desilusión ante lo que veía, frente a lo que esperaba ver. Pero fue así mismo testigo de la metamorfosis que empezaba a experimentar la capital:” la ciudad de México p lerde día a día su fisonomía extranjera: las colon las alemana, inglesa y francesa han europ elzado la ciudad; no se encuentra ya el color local sino en los barrlos” (para Charnay lo”extranjero” es aquí lo colonial). En efecto, fueron los particulares, específicamente los de origen europeo, quienes iniciaron la cosmopolitización de las ciudades mexicanas. los distintos gobiernos que se sucedieron desde la consumación de la Independencia hasta la Restauración de la República, difícilmente tuvieron las condiclones políticas y los recursos económicos necesarlos para llevar a cabo un programa importante de obras públicas.

El edificio más notable del siglo XIX, el Teatro Nacional -inici almente”Santa Anna”- fue, a pesar de su nombre, financ lado mayoritar lamente con fondos privados. Santa Anna dejó abandonados sus p lanes para hermosear el Palacio Nacional y la Plaza Principal en la década de 1840, y Maximiliano no corrió con mejor suerte en las mismas inic lativas. El Palacio Nacional tuvo que alojar por muchos años los poderes ejecutivo, legis lativo y judic l al. Poco a poco, sobre todo después de la desamortización de los bienes del clero (que poseía las dos terceras partes de todos los inmuebles urbanos), algunos exconventos acogerán ministerlos, escue las y otras dependenc las públicas. Sólo la”pax porfir lana” permitió -y esto ya en los albores del siglo XX- dar inicio al primer p lan importante de obras públicas emprendido por la República. En 1888, el concurso pro- movido por Díaz para llevar a cabo las esperadas reformas del Palacio Nacional, tropezó todavía con dificultades y su ganador, Antonio Rivas Mercado, se quedó con el proyecto en las manos. Pero la fisonomía de las ciudades de México no había cesado de cambiar como ya seña laba Charnay. Después de modernizar algunas zonas del centro, los particulares tomaron la inic lativa de extender el territorlo urbano por la vía de los fracclonam lentos- el primero data de 1857, a cargo de Francisco Somera-, operación especu lativa que conocía un gran auge en Europa y los Estados Unidos.

La mayoría de estos negoclos incluía a funclonarlos públicos como acclonistas, en combinación con empresarlos norteamericanos y europeos, casi siempre al amparo de los nac lentes bancos. La ciudad de México inic la así una impreslonante expansión hacia el suroeste, siguiendo el trazo del Paseo de la Reforma (que benefició los fracclonam lentos de Somera, funclonarlo de Maximiliano en ese tiempo), en un proceso que alcanzaría su apogeo en el porfir lato: casi no hay apellido o fortuna célebre de este período que no se encuentre vincu lado a la especu lación urbana (como lo muestra Jorge H. Jiménez en la traza del poder: historia de la política y los negoclos urbanos en el Distrito Feder al. los nuevos barrlos, que ahora se l lamarán colon las, tendrían características por entero distintas a las de la antigua ciudad colonial: calles y aceras más anchas, arbo ladas, con generosos parques y jardines públicos, así como residenc las extraídas del repertorlo de la Ecole des Beaux-Arts de París, que era ya el modelo de la enseñanza en la Academia de San Carlos de México. La cultura académica impuso nuevas fachadas de origen Italiano o francés-éstas últimas con mansardas-, incluyendo un labrado de Piedra riguroso y delicado a la vez, desconocido en el período colonial (sin olvidar las tradiciónes inglesa o norteamericana, con las que aparecieron el ladrillo aparente y las cubiertas inclinadas).

Ya no era necesarlo que la casas tuv lesen un patio central: podían abrirse ahora a un jardín y rodear al h all, que alojaría la esc alera como elemento central de la residenc la. Una guía de la ciudad de 1901 describía así el panorama de la Colon la Juárez (l lamada originalmente”Americana”):”surge una moderna colon la con pintorescos ch alets de techos grises e inclinados que nos hace transportar en las a las del pensam lento a un barrlo extramuros de París, o mejor a un rincón de Suiza.” Un anónimo cronista ofici al del porfir lato agregaba sobre esta colon la, en 1910:”por su eleganc la, s alubridad y amplitud remeda los barrlos aristocráticos de V lena y de Bruse las.” los ferrocarriles urbanos y tranvías del Distrito Feder al permitían que la ciudad se expand lese sin las limitaclones que el cab allo o la carroza (solo al alcance de los pud lentes) habían impuesto con anterloridad a la mayoría de sus habitantes. Las plazas centrales de las ciudades y pueblos mexicanos adoptan también en este período, una fisonomía ajena a la colonial: ya no servirán solo para alojar el mercado, las proceslones religiosas y las formaclones militares: ahora serán jardines públicos, con canteros de flores, árboles y un klosco al centro para amenizar la vida ciudadana. Y cuando el gobierno de Porfirio Díaz tuvo la necesar la fortaleza financ lera -llegado el siglo XX- llevaría a cabo el ambicloso programa de obras públicas que dotó a la capital de la República de edificios tan emblemáticos como el Correo, el Palacio de Comunicaclones, el actu al Palacio de Bellas Artes (proyecto truncado por la Revolución y acabado tiempo después) y el Monumento a la Independencia. Prácticamente en todas las capitales de los estados y pob laclones de cierta importancia aparecen en este período, relevantes edificios públicos, como Palacios de gobierno, mercados, teatros, escue las, hospitales, cárc eles, monumentos cívicos, entre otros.

Pero la modernidad porfir lana también tenía un reverso: el panorama de ciertos barrlos de la capital descrito por Mühlenpfordt y Charnay no había desaparecido, en absoluto. Además de las nuevas colon las elegantes, la ciudad contaba ahora con el creciente cinturón de tugurlos del noreste ( allí se ubicó, por cierto, la penitenc lar la porfir lana). El censo de 1900 mostraba vecindades que alojaban de 600 a 800 habitantes cada una, en el mayor hacinam lento. Un total de 13,000 familias no tenían hogar; un perlodista norteamericano c alcu laba que 100,000 personas dormían a la intemper le y que unas 25,000 pernoctaban en mesones por tres centavos Diarios. En el proplo Paseo de la Reforma, en los terrenos b aldíos y al p le de sus bancas de piedra, se levantaban las precar las chozas de los indigentes. El resto es historia. Aunque el s aldo del primer período de modernización urbana experimentado por México no sea del todo positivo, es indudable que las instituclones republicanas adquir leron entonces una parte importante de su actu al fisonomía arquitectónica. Igualmente sus barrlos ilusor lamente cosmopolitas, aún forman parte destacada del p alsaje urbano d muchas de nuestras ciudades.

Fuente : México en el Tiempo No. 22. Enero-febrero 1998

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