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Los patios floridos de Pátzcuaro (Michoacán)

Mezcla de arquitectura prehispánica –amante de las plantas y los espacios abiertos– con la arquitectura española traída de ultramar por los conquistadores, con jardines y alamedas que incorporan rasgos de la enigmática cultura árabe.

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Los patios, espacios interiores que expresan la vitalidad y el gusto de sus habitantes, son lugares diseñados para la convivencia familiar. Así son los patios floridos de Pátzcuaro, en el estado de Michoacán, que combinan su ancestral arquitectura y una gran variedad de plantas para ofrecernos la belleza y el aroma de sus flores, así como la maravillosa sensación de que el tiempo ha detenido su marcha.

Los patios de las casas antiguas, algunas construidas desde finales del siglo XVII, se encuentran magistralmente orientadas, se podría afirmar que expresamente para el mejor crecimiento de las plantas, de tal manera que las habitaciones se alumbran con los primeros rayos del sol, que avanza para continuar iluminando el resto del patio de algunas horas, las suficientes para el crecimiento de innumerables especies de flores, y en el momento del día en que el sol se encuentra en su máximo resplandor se retira de las plantas y sólo ilumina la parte central del patio, resaltando entonces los mosaicos policromos de la fuente central, que suelen tener casi todos los patios, importante manantial de agua para las abejas, las avispas o los colibríes que de ella beben, y que actúan como polinizadores entre las flores.  Una magnífica arquitectura bajo un clima templado y la herencia de una gran sabiduría no son suficientes para lograr la belleza de estos patios: hace falta la incesante labor de las amorosas dueñas que cultivan los ejemplares que en época de floración producen un espectáculo único. 

Estas maravillosas horticultoras, poseedoras de conocimientos para el cultivo de plantas en el hogar, algunos transmitidos de generación en generación y otros producto de su propia experiencia, nos develaron algunos de sus secretos, orgullosas y felices de poder compartirlos con todos los amantes de la naturaleza. “El amanecer -nos dicen- se siente que nace con las flores, son ellas las que nos otorgan energía e ímpetu y la expectativa de saber cómo van a abrir, tan esperada emoción, les damos los buenos días y entonces, una puede empezar la jornada”.  Para su cultivo “hace falta amor, ya que las plantas son celosas, diario requieren de cuidados, si se dejan en el olvido, mueren”. Ellas utilizan “abonos naturales como estiércol de caballo, de borrego y de gallina, se les planta con tierra de monte, compuesta de hojarasca de encino, traída con burritos que llegan con su carga guiados por un muchachito gritando ‘tierra para macetas, tierra de monte’”.   

Son conocedoras también de una gran variedad de remedios eficaces y sencillos contra las plagas: “cascarón de huevo molido con ajo para fortalecer y fumigar la raíz”, “lavar las hojas con agua jabonosa ahuyenta la palomilla”; con alegría nos dicen: “a las plantas tiene que gustarles el lugar, si no, no florean”; además de que “a las plantas les gusta el sol de la mañana, y que es tiernito y no las molesta”, pero saben que “la magia de las plantas está en las manos”.

Conforme se comprende la sabiduría de estas maravillosas mujeres es posible afirmar que se puede hablar con las plantas, solamente hay que aprender su lenguaje.  Los patios floridos de Pátzcuaro son una tradición que desde hace muchos años ha logrado reunir a la comunidad con el objetivo de tener o desarrollar una nueva variedad de flor, una planta más fina, o el mejor y más florecido patio, y quizá lo más hermoso es que en estos aspectos de intercambio de conocimientos, la condición social de las personas parece desvanecerse.  Sin duda, la flor más representativa de esta maravillosa ciudad de Pátzcuaro es la begonia, cuya época de floración es de mediados de julio a principios de septiembre.

Año con año, durante los últimos días de invierno los bulbos de la begonia son colocados cuidadosamente en tierra de buena calidad hasta que logran su máximo esplendor en el verano; después de la floración son desenterrados, desinfectados y almacenados hasta la primavera siguiente. Sin embargo, el cultivo de esta flor no se limita a cuidar los bulbos, sino al desarrollo de nuevas variedades mediante la polinización entre flores diferentes, gracias a la acción de insectos y aves que anónimamente hacen el trabajo, así como a las semillas que se desarrollan a través del intercambio de polen.

Cabe mencionar que la begonia no es una flor común, debido a que existen flores hembra y flores macho, cuando en la mayoría de las plantas de otros tipos, ambos sexos se encuentran en la misma flor.  Los cultivos en estos patios son muy diversos, ya que en ellos se pueden tener, además de las begonias (de las que podemos encontrar más de cincuenta variedades en un mismo patio), geranios, malvones, bugambilias (llamadas camelinas en Michoacán), azucenas, azaleas, hortensias, belenes, rosas, claveles y muchas plantas más con flores; a todo esto hay que agregar diversas variedades de helechos, palmas, selaginelas, doradillas y cactáceas.   

En algunas casas suelen cultivar plantas medicinales que son de uso cotidiano para sus residentes, como la sábila, la manzanilla y la prodigiosa, con las que se preparan tradicionales remedios contra padecimientos comunes como la gripe.  Otro tipo de plantas cultivadas son las que se utilizan en la cocina, especialmente las hierbas de olor y las especias como la yerbabuena, la mejorana, la albahaca, la ruda, el tomillo, el romero y la menta; y es que tanto en Pátzcuaro como en muchos pueblos ribereños la cocina es un lugar íntimamente ligado al patio, ya sea por que su única puerta se abre hacia él o porque el patio y la cocina son un solo espacio, combinándose la belleza y utilidad de las plantas con el arte culinario. 

No cabe duda de que los patios floridos de Pátzcuaro son una expresión de vida en ese hermoso rincón de México, donde se combina el buen gusto, el conocimiento hortícola y la constancia para lograr ambientes de gran belleza; también son una pequeña muestra de que es posible tener contacto con la naturaleza en reducidos espacios citadinos, contando tan solo con un patio o azotea, algunas macetas, trabajo y el deseo de hacer de nuestra casa una verdadera fiesta de color. 

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