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Memorias de la construcción del Museo Nacional de Antropología

A 51 años de la inauguración del “templo de las culturas de México” en el Bosque de Chapultepec (DF), recordamos las palabras de su creador, Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013), sobre la edificación del mismo.

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En el Congreso de Americanistas de 1962, celebrado en el Castillo de Chapultepec, el secretario de Educación Pública, previa consulta con el presidente de la República, asumió la responsabilidad de que México, al fin, construiría su Museo Nacional de Antropología “al fin “, porque en el Congreso de Americanistas realizado en 1910, Justo Sierra, entonces secretario de Educación, también ofreció que se haría el Museo, pero estalló la Revolución y la propuesta quedó en el olvido. Así, 51 años después se reanudó el compromiso y se realizó un viejo anhelo de México.

El museo se encontraba en la antigua Casa de Moneda en el centro de la Ciudad de México, un edificio bello sin duda, pero no el sitio más adecuado, pues desde aquella época, aun cuando la capital era más pequeña y tranquila, era una zona de gran actividad, lo que dificultaba la llegada a sus instalaciones que además eran insuficientes.

Estas circunstancias eran contrarias al fin de un Museo Nacional, concebido como institución de enseñanza dirigida no sólo a los jóvenes que cursan el ciclo escolar, sino al pueblo mexicano en general. Se planteó entonces la necesidad de ponerlo al alcance de la mayoría. El Bosque de Chapultepec ha sido desde hace mucho un gran centro de atracción: a principios de los años sesenta acudían en promedio 250 mil personas en un día festivo. Así que, naturalmente, pensamos en llevar el Museo al lugar más concurrido de la ciudad, tropezarían con él, no habría que hacer un gran esfuerzo de promoción y dio resultado: el primer domingo después de su inauguración acudieron 25 mil visitantes. Se ha dicho que el Museo le restó espacio al bosque y redujo sus posibilidades de disfrute. Creo que no es así, pues la recreación no sólo es pasear por las áreas verdes, es también la cultura, el conocimiento y el descubrimiento de nuestras raíces.

Cuando el presidente Adolfo López Mateos tomó la decisión de construir el Museo, me dijo: “Quisiera que los mexicanos, al salir de él, se sientan orgullosos de serlo”. Ese propósito fue en gran parte el principio rector en el diseño del Museo: un recinto digno de albergar y mostrar las realizaciones y obras logradas por las fecundas culturas que poblaron las diversas regiones del México antiguo.

El Museo cuenta con 45 mil m2 construidos, y únicamente 30 mil corresponden a las áreas de exhibición, lo cual representa un recorrido de 5.5 km. El resto de los espacios, es decir 15 mil m2, están destinados al área académica, biblioteca, áreas de investigación arqueológica y de etnografía, almacenes y bodegas, talleres de restauración, de conservación y otros servicios de apoyo. Pocos museos en el mundo tienen una proporción semejante entre sus áreas de exhibición y de apoyo. Es ante todo una institución educativa al servicio del pueblo de México, y no, como muchos suponen, un sitio de exclusivo interés turístico. La construcción del Museo se inició en febrero de 1963; diecinueve meses después, el 17 de septiembre de 1964, fue abierto al público con todas sus secciones plenamente instaladas y equipadas.

Debido a la amplitud del Museo, a su importancia educativa y, fundamentalmente, al plazo que teníamos para su realización, fue necesario crear una organización que consideraría selección de sistemas constructivos, la producción de materiales de construcción, el proceso de obra, la definición y ejecución de la museografía, todo integrado en un programa que debía cumplirse en una fecha límite. El criterio arquitectónico del Museo fue determinado fundamentalmente por la solución prevista para la circulación de los visitantes. Éstos pueden optar entre dos posibilidades: un recorrido continuo o bien una visita independiente a la sala de su interés. Los viejos museos de gran magnitud se caracterizan porque, en su mayor parte, el recorrido durante la visita debe ser continuo. Para visitar en forma aislada una sala, hay que cruzar otras, lo que implica una pérdida de tiempo e interrupciones innecesarias al público que se encuentra en las salas por las que sólo se transita.

Se optó entonces por crear un gran espacio central distribuidor que permitiera libremente la circulación. Un gran patio fue la solución adoptada para el Museo Nacional de Antropología, que coincide, además, con el tradicional uso de patios y plazas característicos, por razones de clima, de la arquitectura mexicana.

El patio ofrecía la posibilidad de circular libremente para entrar a cualquiera de las salas. El único obstáculo para la libertad de movimiento era la lluvia; había que protegerlo de ella. Un recurso podría haber sido techar de edificio a edificio para obtener una superficie totalmente cubierta, pero el espacio hubiera quedado cerrado y yo lo que buscaba era la amplitud que brinda la vista del cielo. Entonces pensé: si el problema es la lluvia y de ella nos resguardamos con un paraguas, la solución es obvia, infantil: dotemos al patio de un paraguas. El resultado no es en realidad un espacio abierto ni totalmente cubierto, sino “protegido”, con lo cual en su interior se siente toda la dimensión del lugar, su conexión con la atmósfera. La amplitud de este paraguas permite cubrir una superficie de 54 por 82m; es una enorme estructura aparentemente con un solo apoyo, pero en realidad tiene 80 cables que se sustentan en el mástil central. Como el Museo se encuentra dentro del Bosque de Chapultepec, era de temerse que el desagüe pluvial sobre la cubierta pudiera obstruirse por la abundancia de hojarasca y que, en un momento dado, tuviese un peso no previsto. Para evitar este riesgo, se abrió una superficie concéntrica que permitiera el libre escurrimiento de la lluvia. Con la idea de enfatizaría y volverla ornamental, se dotó a la columna de una corriente continua de agua que la convirtió en una fuente invertida. Todo el tratamiento del patio es de carácter horizontal, pavimento pétreo y el gran estanque central de agua con vegetación lacustre que además sirve para señalaría entrada a la Sala Mexica, que es la principal del Museo.

El Museo consta de dos grandes construcciones. La primera aloja los servicios generales, el vestíbulo, el auditorio, la sala de exposiciones temporales, las oficinas y los servicios al público. En la planta alta se encuentran la biblioteca y las áreas de investigación y difusión. En el centro del vestíbulo, a medio nivel, se ubica una sala ceremonial para la exposición de piezas de gran valor. A partir del patio central se accede a la otra ala del Museo, en la planta baja se localizan las salas de antropología, de las diversas culturas y regiones mesoamericanas; las de etnografía están en el piso superior. La circulación obliga, en la planta baja, a que después del recorrido por dos salas, el visitante se salga al patio antes de entrar a cualquier otra, con lo que éste descansa aun cuando no se lo proponga. Así, el espacio arquitectónico conduce, manipula, induce a la gente a buscar el reposo y a relajarse. En la planta alta, mientras se transita por las diversas salas, el efecto se consigue visualmente, pues hay una permanente posibilidad de contemplar el patio y alcanzar con la vista el Bosque de Chapultepec.

Una decisión prioritaria en la construcción del Museo fue concluir el área de exhibición en forma inmediata, pues la mudanza y el montaje de la museografía requerían mayor tiempo, por lo que se hizo con estructura de concreto. En cambio el cuerpo frontal, que aloja los servicios generales, se proyectó en estructura de acero, pues podía iniciarse en fábrica y armarse después en el sitio; era indispensable tener un acceso fácil, rápido y fluido, por la maquinaría necesaria para armar la estructura del gran paraguas. Ese acceso facilitaba también el transporte y la colocación, en el interior de las salas, de grandes piezas como el Calendario Azteca y la Coatlicue, entre otras. Ésta es la razón por la que se utilizaron dos sistemas constructivos, uno de concreto y otro de acero.

La construcción e instalación museográfica del Museo fue una experiencia extraordinaria en la que se aprovecharon al máximo todos los recursos técnicos y humanos. Así, junto con las técnicas más avanzadas de la ingeniería y de la arquitectura contemporánea, se aplicó también en la construcción y el montaje de las salas la tradicional destreza manual del artesano mexicano. Por ejemplo, enormes superficies de pisos y muros de revestimiento, recibieron un tratamiento artesanal; en las salas etnográficas, indígenas procedentes de diversas regiones del país crearon con sus propias manos reproducciones exactas de sus viviendas, utensilios y demás elementos de su vida cotidiana. En la museografía dominó la intención de ofrecer conocimientos estrictamente científicos pero que, al mismo tiempo, resultasen tan atractivos visualmente que una visita fuese considerada como un verdadero espectáculo.

Entre mis preocupaciones principales estuvo llevar el mensaje del Museo a todos sus visitantes, acrecentar su interés y suscitar su emoción ante la presencia de la reliquia o de la obra de arte, y no sólo crear un espacio con los recursos tradicionales de la arquitectura que permitiesen admirar las piezas y conservar las en forma adecuada. Han transcurrido 30 años (1994) desde su inauguración; pienso que el tiempo ha sido el mejor juez de esta obra; sé y espero que el Museo habrá de actualizarse en un futuro cercano.

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