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Peñón Blanco, tierra de haciendas y fábricas textiles (Durango)

Por la carretera de Durango a Gómez Palacio, la libre o de cuota, a la altura del poblado de Luis Moya y al final de una cordillera, aparece un enorme cerro de cima blanquecina, desprovisto de vegetación.

Si queremos investigar, por Yerbanís hay un camino secundario de 23 km que conduce a las inmediaciones de Peñón Blanco. Lo primero que se percibe a la distancia es una torre solitaria de cantera café que sobresale hacia el norte; entramos a la población y buscamos el trayecto hasta la torre. Nos dicen que se trata de una hacienda y es necesario tomar una terracería. Después de tres km de polvo arribamos a un rancho particular, donde a la entrada persiste un antiguo silo circular y ninguna casa a la vista, salvo la enigmática torre. A pie, y tras pasar una especie de lago artificial llegamos a las ruinas de la hacienda.

La hermosa torre de la iglesia, cuyas campanas aún se conservan, muestra unas inscripciones labradas en la cantera que indican que está consagrada a la Santísima Virgen del Refugio. Encontramos al señor Juan Lozano Vargas, quien nos cuenta que esta hacienda de Peñón Blanco tiene más de 150 años y su dueño actual es un minero radicado en Durango. Los propietarios han sido varios y la mayoría no le tuvo cariño a la finca, por lo que se vino abajo, aunque el desplome ocurrió durante la Revolución, cuando la casa fue abandonada. Según don Juan, fue construida por Juan Nepomuceno Flores, benefactor y cacique de toda la región. Su poder y riqueza era tal que llegó a tener 99 haciendas y sólo le faltó una para recibir el título de conde. Según los intereses de sus dueños, la hacienda ha sido ganadera, de cultivo de pastizales y su giro actual es el cultivo de nueces. Cuenta con unas 40 ha, alrededor de 18 mil nogales, la mayoría cáscara de papel y los menos de nuez criolla; en los azarosos tiempos de la Revolución y la Cristiada sirvió como refugio de bandidos y cuartel de militares. Fue cuando perdió la mayor parte de su antiguo mobiliario y recibió toda suerte de maltratos. 

LA CURIOSIDAD NOS LLEVA DE RECORRIDO 

Recorrer el interior de la casa es meternos un tanto en el olvido del pasado. En el exterior la restauración va poco a poco, pero el interior muestra el desgaste del tiempo: arcos resquebrajados, escaleras y techos colapsados, patios de maleza, árboles marchitos, ventanales sin herrería ni madera, habitaciones desprovistas de puertas. Aún se aprecian residuos y colores de afrancesada tapicería o pintura al fresco, y en los pisos no se discierne el mosaico, si lo hubo, por las gruesas capas de escombro y estiércol. La iglesia está cerrada, pero en su austero remate se lee la siguiente leyenda: En 1850 fue edificada por disposición del señor don Juan Nepomuceno Flores. Dios de Bondad protégenos.

Por una fisura de la puerta podemos columbrar algo de su interior en malas condiciones y el altar con la imagen de la virgen. La torre es lo único que se ha conservado íntegro, aunque desapareció su escalera de caracol.  Concluimos esta breve visita y es hora de decidir la próxima. Ya don Juan Lozano nos habló de otra hacienda, La Covadonga, en completa ruina y en otro rancho privado, a unos 20 km sobre la misma terracería. Nos dijo que no lejos de ahí, en los dominios del blanco peñón, hay algunas cuevas con muestras de arte rupestre, pero que se necesita guía y muchas horas de caminata. La otra opción mencionada es el balneario La Concha, a 15 minutos por una ruta asfaltada partiendo desde el centro del pueblo. 

RUMBO A LOS BALNEARIOS 

Sin detenernos en Peñón Blanco, tomamos el camino a La Concha, rumbo al poniente. Un km después está el acceso al primer balneario, El Belem, y dos km adelante llegamos a nuestro destino, La Concha. El lugar se antoja que fue una hacienda nada suntuosa y al primer vistazo entendemos que es un sitio turístico; un hotel es también parte del balneario, además de que hay tienditas y algunas casas. La Concha es interesante por sus aguas termales –la temperatura se mantiene estable en 37°C– y su ubicación, justo en la boca de un cañón donde se forma una pequeña cascada. El agua del río es fría, pero algunos metros más abajo se mezcla con las termales que brotan de un venero junto a la alberca mayor.

Sólo hay una alberca, aunque cuenta con dos pozas naturales que fueron contenidas con un dique en tiempos anteriores al balneario, cuando la fábrica de hilados y tejidos, porque más que hacienda este lugar sirvió para otros propósitos. Después de una caminata por los alrededores regresamos a la carretera para dirigirnos a El Belem, que también fue una fábrica de hilados y tejidos, según alude una placa de cantera que dice: Esta presa fue parte de la fábrica de textil Belem, quemada en 1912 y abandonada hasta el 28 de abril de 1981, en que su propietario, el señor Salvador Magallanes Aguilar ordenó su reparación y remodelación para fines turísticos. Aquí el entorno es más agradable. La presa deviene una caída de agua que forma albercas rodeadas de frondosos árboles y coloridas bugambilias. Similar a La Concha, todavía se aprecian algunos muros de las vetustas construcciones de la fábrica. 

TOCA EL TURNO A LAS RUINAS DE FÁBRICAS 

Llega el momento de merodear entre las enigmáticas ruinas que vimos hace un rato a un lado del camino. Se trata de las bodegas de las fábricas y se localizan dentro de los predios de El Belem. Caminamos por una plaza desolada y tupida de hierba; las bancas de hierro forjado aún conservan su color blanco y la fecha de 1981; cerca se “exhiben” algunos objetos decorativos relacionados con la industria textil. Arriba del pórtico, de entrada vemos dos esculturas de leones de hierro en color verde; más atrás, junto a la barranca del río, están los restos de las bodegas construidas con adobe. Todavía se pueden observar los tiros donde caía el agua que movía el molino, también desaparecido. Platicando con unos trabajadores nos enteramos que estas fábricas de hilados y tejidos traían la materia prima, el algodón, de La Laguna –Durango-Coahuila– en convoyes de carretas de yunta y después el producto terminado se llevaba a la capital duranguense para enviarlo en tren a Chihuahua o México. Como punto final al paseo por Peñón Blanco paramos en el centro de la pequeña ciudad, que no tiene nada de pintoresca.

Entramos al Palacio Municipal, también construido por el magnánimo Juan Nepomuceno Flores, y luego a la parroquia erigida en 1851, la cual ya no presenta su estilo antiguo porque fue remozada en fechas recientes. La plaza es muy austera, al igual que las casas en los alrededores. Concluimos así el recorrido por una tierra que nos ofreció muchas maravillas en pocas horas; atractiva región que muestra un resurgir después de los abandonos. Estamos seguros de no haber visitado todas las riquezas de las cercanías de Peñón Blanco, lo cual le tocará al explorador que picado por la curiosidad entre aquí y platique con los lugareños, que le darán otras referencias para descubrir otros puntos aún desconocidos. 

SI VA A PEÑÓN BLANCO 

Entre Durango y Gómez Palacio desvíese en Yerbanís y siga las indicaciones del camino estatal de 23 km. Peñón Blanco cuenta con todos los servicios, gasolinera, tiendas de básicos, un par de restaurantes modestos, talleres mecánicos, etc. Hospedaje sólo lo halla en La Concha o El Belem. 

Fuente: México desconocido No. 334 / diciembre 2004

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