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Polvorillas, frontera entre la poesía y la ciencia (Chihuahua)

El Desierto Chihuahuense alberga incontables secretos: horizontes insondables, profundos abismos, ríos fantasmas y una flora que aniquila la aparente monotonía con audaces detonaciones de color.

Resguarda, además, uno de los contadísimos lugares en el mundo que desafían los límites de la imaginación humana: Polvorillas, o como dice la gente de ahí, “lugar de las piedras encimadas”.

Caminar entre estas piedras significa entrar en un laberinto donde el espacio se altera y el tiempo transcurre entre horas fugaces, minutos distendidos, e instantes eternos. Uno se percata de los elementos de la forma: la tierra que se mueve, el agua que escurre, el aire que abate y el calor de un sol incansable se unen con el frío de la noche a lo largo de los milenios, y juntos esculpen el círculo, el cuadrado, el triángulo, el rostro de una mujer, una pareja fusionada en un beso mineral, un desnudo de espaldas. Verdaderamente, en este lugar quedó plasmada la huella de lo divino: inasible, impalpable, indescifrable.

La expresión de las rocas relata la historia de nuestra tierra, como el rostro arrugado de un viejo da fe de su vida. Si nos pudieran hablar, una palabra suya duraría una década; una frase, un siglo. Y si fuéramos capaces de entenderlas, ¿de qué nos platicarían? Quizá nos relatarían una leyenda contada por sus bisabuelos hace 87 millones de años…

En la biblioteca de su casa en la ciudad de Chihuahua, el geólogo don Carlos García Gutiérrez, traductor experto del lenguaje de las piedras y recopilador de su historia, explica que durante el Cretácico superior la placa Farallón comenzó a introducirse por debajo del continente americano, levantando el inmenso mar que iba desde Canadá hasta el centro de nuestro país. El periodo Jurásico vio el inicio de un proceso de subducción en el que las masas de piedra más pesadas se metían bajo las piedras más livianas. (Por su peso, la piedra basáltica se encuentra en el fondo del mar y se introduce por debajo de la piedra riolítica, que es más liviana y forma el cuerpo de los continentes.) Estas colisiones cambiaron la fisonomía del planeta, crearon altísimas montañas como los Andes y los Himalaya, y produjeron sismos y erupciones volcánicas.

En Chihuahua, hace noventa millones de años, el encuentro entre la placa Farallón y nuestro continente obligó al llamado Mar Mexicano a retirarse hacia el Golfo de México, proceso que duraría varios millones de años. Hoy, el único recuerdo que tenemos de aquel mar es la cuenca del Río Bravo y los restos fósiles de la vida marítima: hermosos amonites, ostras primordiales y fragmentos de coral petrificado.

Estos movimientos tectónicos dieron origen a un periodo de intensa actividad volcánica que se extendió desde el sur hasta lo que es hoy el Río Bravo. Enormes calderas de hasta veinte kilómetros de diámetro dejaban escapar la energía producida por el choque de las placas, y la piedra incandescente encontraba su salida por fisuras de la corteza terrestre. Las calderas tenían una vida promedio de un millón de años, y al morir dejaban grandes cerros a su alrededor, conocidos como diques anulares porque rodeaban los cráteres como anillos e impedían que éstos se extendieran. En México, la temperatura de la piedra fundida era relativamente baja, alcanzando sólo 700 grados Celsius y no los 1 000 que se registran en los volcanes de Hawai. Esto le dio un carácter menos fluido y mucho más explosivo al vulcanismo mexicano, y las frecuentes detonaciones arrojaban grandes cantidades de ceniza a la atmósfera. Al descender de nuevo a la superficie terrestre la ceniza se fue acumulando en estratos y con el tiempo se endureció y se compactó. Cuando por fin se extinguieron las calderas y la actividad volcánica se apaciguó hace 22 millones de años, las capas de tobas se solidificaron.

Pero la tierra nunca descansa. Los nuevos movimientos tectónicos, menos violentos ya, fracturaban las tobas de norte a sur, y debido a la naturaleza granular de la roca se formaron cadenas de bloques cuadrados. Los bloques se encontraban encimados porque las tobas se habían formado en capas. Las lluvias, más abundantes en aquel entonces, afectaban la parte más vulnerable de los bloques, esto es, sus orillas filosas, y los iban redondeando con su insistente repiqueteo. En el lenguaje de las piedras, interpretado por el hombre, tal proceso tiene el nombre de meteorización esférica.

Estas transformaciones geológicas han determinado aspectos fundamentales de nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, la actividad volcánica hizo desaparecer todos los depósitos de petróleo que había al sur del Río Bravo, y sólo sobrevivieron los abundantes yacimientos de Texas. A la vez, se concentraron ricas vetas de plomo y zinc en Chihuahua, que no existen al otro lado de la cuenca del Río Bravo.

La necromancia de las piedras nos revela un futuro inimaginable. Hace 12 millones de años se inició la distensión de la cuenca del Río Bravo. Cada año Ojinaga se va alejando del río unos cuantos milímetros. A este ritmo, dentro de 100 millones de años una gran parte del Desierto Chihuahuense volverá a ser mar, y todas las ciudades fronterizas, o sus vestigios, quedarán sumergidas. El hombre tendrá que construir puertos para transportar las mercancías del futuro. Para entonces es probable que las piedras de Polvorillas que aún permanezcan, vigilen extensas playas.

Hoy, las insólitas formaciones se extienden por toda la zona y es forzoso explorarlas con paciencia para dar con las concentraciones más impresionantes. Su magia se revela con toda la fuerza al amanecer, al anochecer, y a la luz de la luna, cuando las rocas adquieren una elocuencia inusitada. A veces uno se siente como si estuviera en el eje de una rueda cuyos rayos fueran corredores, lo que refleja la historia de su formación geológica. Al caminar en medio de este silencio, uno nunca se siente solo.

Polvorillas yace al pie de la Sierra del Virulento, en el municipio de Ojinaga. Viajando desde Camargo hacia Ojinaga, a unos sesenta kilómetros de La Perla, corta un camino de terracería hacia la derecha. La brecha atraviesa El Virulento y, después de un viaje de 45 kilómetros, se llega a un núcleo de casas, cerca de una escuela primaria. Los pocos habitantes de ahí se dedican a la ganadería y a la elaboración de queso ranchero tanto de cabra como de vaca (véase México desconocido núm. 268). Aunque hay algunos niños que juegan entre las piedras, la mayoría de los habitantes son personas mayores porque los jóvenes se van a los centros urbanos primero para estudiar la secundaria y luego para encontrar trabajo en las maquiladoras.

Hay varios caminos de terracería que comunican esta zona con la reserva del Cañón de Santa Elena. Los aventureros del desierto pueden trazar su ruta con la ayuda de un buen mapa del INEGI y con las indicaciones de los habitantes de la zona. Vehículos de doble tracción son necesarios, pero el mueble debe ser más o menos alto y el chofer no debe tener prisa, para que pueda ir adaptándose a las peripecias del bordo. El agua es esencial –el ser humano puede durar más de una semana sin comer, pero se muere después de dos o tres días sin agua–, y se mantiene más fresca cuando se pone a serenar en la noche y sela envuelve con cobijas para el viaje. La gasolina adquirida a la orilla de la carretera o en los núcleos poblacionales es cara, pero es recomendable entrar a la región con el tanque lleno si piensa hacer un recorrido largo. El chicle es bueno para sellar un pequeño agujero en el tanque de gasolina y conviene llevar buenas llantas de refacción y bomba de mano para inflar. Es aconsejable visitar estas zonas en primavera, otoño o invierno, porque los calores del verano son muy fuertes. Por último, cuando llegue a tener problemas, los pobladores son muy solidarios, ya que entienden que la ayuda mutua es lo que hace posible la vida en el desierto.

Por la extensión y singularidad de las piedras, este lugar es un patrimonio importante, digno de respeto y de mucho cuidado. En cuanto al desarrollo turístico, Polvorillas comparte la misma problemática de varios lugares del Desierto Chihuahuense: mala infraestructura, escasez de agua y falta de interés por desarrollar sistemas adecuados al medio desértico y proyectos compartidos en los ejidos. En 1998 se propuso un proyecto turístico, pero hasta la fecha todo ha quedado en dos letreros bilingües al lado de la carretera anunciando las Piedras Encimadas; el aislamiento y la falta de instalaciones hoteleras no han favorecido la llegada masiva de visitantes, lo cual puede ser positivo para la conservación del lugar.

El desierto es un ambiente severo, pero las personas que han aprendido a cambiar las comodidades del turismo convencional por una experiencia más rústica, han regresado a sus lugares de origen con un conocimiento más íntimo de lo elemental de la vida que les nutrirá por el resto de sus días.

Fuente: México desconocido No. 286 / diciembre 2000

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