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Rarajipuami: la carrera de bola (Chihuahua)

Los primeros días del verano es la mejor época para organizar las carreras de bola.

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En esa temporada la Mesa de Payeguachi, cerca de Guachochi, luce un paisaje donde predomina el verde y aparecen los majestuosos madroños de corteza color rojo intenso, que contrasta drásticamente con su entorno. La presencia de este árbol les recuerda a los tarahumaras, que la bola con la que juegan está hecha de la dura madera de ese gigante. El encuentro se había concertado hacía casi un mes y elchoaqueame(organizador) había indicado cuál sería el punto de reunión.

Esa vez, como en algunas otras, la radiodifusora XETAR “La voz de la Tarahumara” había anunciado la carrera que se llevaría a cabo en la Mesa de Payeguachi.  El día de la carrera, en las grises horas antes del alba, los tarahumaras caminaban sigilosos por escondidas veredas, dirigiéndose al sitio acordado. Muchos solitarios, otros con sus familias, alguien más con sus chivos y cabras para aprovechar el momento y pastorear por ese rumbo.  Los atuendos eran diversos, entre los hombres predominaban las camisas de franela y los pantalones de gabardina y mezclilla; las mujeres lucían, en su mayoría, telas floreadas de vivos colores.  Los corredores se acercaron. Los asistentes entusiasmados volteaban a verlos y los gritos de¡huerica! ¡huerica! ¡huerica!, animaban a los participantes. La carrera se había pactado a quince vueltas y durante el trayecto, de poco más de 6 km de largo, había que cruzar riachuelos, pequeñas barrancas, suaves pendientes y largos planos, siempre entre árboles frondosos. 

La bola describió una parábola en el aire viajando poco más de 30 m. Aniceto Mares, quien juega como pateador, corrió tras ella escoltado por sus otros tres compañeros, con los que alternó cada 5 o 6 m el acarreo de la pelota. Al alcanzar la bola (de 10 cm) colocó junto a ella su pie protegido únicamente por un huarache de tres puntas; a veces la proyectaba tan alto que sobrepasaba la copa de los árboles. Aniceto trató de lanzarla lo más lejos posible a fin de alcanzar a los corredores de Cobarachi, quienes les aventajaban unos 500 m.  La carrera apenas lleva dos horas; están a punto de cruzar por primera vez la línea de salida.  Neria María vació un poco dekobishi(pinole) en una vasija de plástico y lentamente le añadió agua; con una vara agitó los ingredientes hasta lograr una mezcla pastosa. Ella le dio el pinole a su hermano cuando pasó el grupo junto a ella. Aniceto Mares tomó elkobishicon sus manos, lo comió rápidamente y pidió un poco más. Todos los corredores recibieron un abastecimiento similar.   

Eran más de 100 las personas que corrieron junto a ellos un tramo de alrededor de medio kilómetro. El paso de los corredores levantó los ánimos, el juez retiró una piedra más de las quince que representaban las vueltas que debían correrse. Ahora sólo sobraban once.  Las apuestas que habían estado un poco frías comenzaron a animarse. Por allá se equipara una cabra por tres cobijas gruesas; otros prefieren ofrecer costales de maíz por ropa; los menos apuestan dinero. No era una carrera tan importante como para apostar la casa o el ejido. Antaño se acostumbraba, jugarse a la mujer o los hijos, pero ahora ya no.  Habían pasado casi nueve horas desde el inicio de la carrera y el equipo de Guachochi iba al frente; faltaban sólo 3 km para concluir la vuelta número quince y ganar la prueba. Atrás habían quedado los conjuros de los respectivosowiruame(brujo). Eran más de las 7:30 de la noche, la oscuridad había caído y era cada vez más difícil distinguir la bola. Muchas fogatas se prendieron a lo largo de la ruta, y al paso de los corredores se escuchaba:¡huerica! ¡huerica!o les daban agua conkobishi. 

Francisco Rosencio, Epifanio Valenzuela y Ramón Pacheco ya habían pateado la bola y este último tramo le correspondía a Aniceto Mares. A pesar del esfuerzo no estaba agotado. Mientras corre piensa en las muchas veces que ha perseguido al venado, quizá más rápido que él pero no tan resistente; lo sigue y lo acosa incluso más de dos días seguidos, hasta que el animal cae, muchas veces muerto, rendido por el cansancio.  Con el cuerpo mojado por la persistente lluvia, se acercó a la pelota que estaba en un charco de agua, dentro del lodo; no obstante la proyectó varios metros adelante. Entonces alcanzó a percibir las luces de las hogueras que le anunciaron que se acercaba a la meta. La multitud recibió con algarabía a los ganadores y los acompañó corriendo los metros finales. Al concluir, sus amigos les ofrecieron un pocillo con atole. ¡Ganaron los de la casa! Después llegaron los adversarios de Cobarachi, sus rostros eran de tristeza. 

En tanto, las apuestas se hicieron efectivas y todos prepararon sus cosas para el regreso; largas horas hacia Guachochi y los ejidos aledaños; en cambio los visitantes dormirán en el pueblo. Al término de la carrera el camino será largo, pero hay júbilo por el encuentro, unos tomaronbatari(bebida embriagante de maíz), otros jugaron “quince”, los niños practicaronnajarapuami(un tipo de lucha) y se habló mucho sobre la próxima reunión. Los ganadores celebraron su triunfo esa noche, ya que al día siguiente debían continuar su vida cotidiana.   

EN PLENA SIERRA ESTÁ GUACHOCHI   

Para poder llegar al pueblo de Guachochi hay que viajar varias horas por una abrupta carretera de terracería desde Creel o desde Parral, según convenga, o volar desde Chihuahua en las frágiles alas de pequeñas avionetas; al final de la pista de aterrizaje -de tierra por supuesto- hay una barranca de 30 o 40 m de profundidad.   

 En este lugar viven máschabochis(gente no tarahumara) que indígenas. En sus calles sin pavimento encontramos casas de buena factura coronadas muchas de ellas con antenas parabólicas.  Entre sus habitantes es posible reconocer a mucha gente de diferentes regiones, que llegó a trabajar en los aserraderos desde varias generaciones atrás. Abundan aquí los Bustillo y los Chaparro; hay ojos verdes y cabelleras rubias; sin embargo, la presencia indígena es innegable. 

El Instituto Nacional Indigenista tiene un albergue bilingüe y varias escuelas de las mismas características; y fuera del centro hay viviendas de los primeros pobladores del lugar.  Alrededor del pueblo se extiende el municipio al que da nombre. En él, numerosos ejidos indígenas dedican sus tierras a una agricultura muy primitiva y varios de ellos al pastoreo.  Cerca de ahí está la barranca de La Sinforosa, tan profunda como las barrancas del Cobre, pero poco accesible al turista común. En otra dirección se encuentra la Mesa de Payeguachi, una planicie ubicada a varios kilómetros de la cabecera municipal. 

Por el camino a la mesa se encuentran increíbles formaciones rocosas, en particular las denominadas Piedras Agujeradas, colosales rocas cuyas cuevas fueron habitadas hasta hace algunos años, y que hoy funcionan como corrales de cabras.  También se pasa por Casa Quemada, que según la leyenda, incendiaron las mujeres del pueblo por ser un “lugar malo” que frecuentaban los hombres. Se cruza además el denominado río Mariquita y varios arroyuelos que con una ligera lluvia se transforman en pocos minutos en corrientes importantes capaces de impedir el paso durante varias horas e incluso días. Al final del camino, entre pinos, fresnos, madroños y táscates está la Mesa de Payehuachi.   

 Fuente:   México desconocido No. 242 / abril 1997

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