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A la conquista de La Rumorosa y La Bufadora

Uno de nuestros expertos se lanzó a Baja California para emprender una emocionante aventura que le permitiría explorar estos dos portentos de la naturaleza practicando kayak y rappel. ¡Esta es su historia!

Sentado en la terraza de mi hotel con uno de esos atardeceres de invierno que son multicolores y espectaculares a estas alturas del Pacífico, reflexionaba sobre mis dos expediciones de los próximos días, repasaba mis contactos, mapas, rutas, equipo, y enriquecía mi conocimiento sobre estas dos regiones en la Sierra Juárez y en Punta Banda.

Un poco de Ensenada

Una vez terminadas mis cavilaciones, fui a dar un pequeño paseo nocturno por la ciudad para regalarme una cena con mejillones, langosta y vino blanco del Valle de Guadalupe en El Rey Sol, para después -en un ritual casi místico- dirigirme a la simbólica Cantina Hussongs que atiende a los parroquianos desde hace más de cien años.

Reto en La Rumorosa

Temprano por la mañana tomé la carretera libre (3) hacia Tecate, crucé el Valle de Guadalupe con sus campos de viñas y olivos hasta llegar a Tecate; una vez allí, tomé la carretera libre (2) que me llevó hasta La Rumorosa, el trayecto de poco más de una hora me tuvo a las puertas de una de las regiones más impresionantes del país, con gigantescas rocas ígneas de composición granítica del periodo Paleozoico y Cuaternario. Desde lo alto de una roca podía divisar todo el escenario hasta la Laguna Salada y más allá. Mi ensimismamiento se vio interrumpido por unos gritos que venían de lejos, eran mis compañeros de expedición.

El reto era descender por algunos de los cañones más pronunciados y extremos para finalmente llegar al Vallecito, donde hay varios conjuntos de pinturas rupestres, antecedentes directos de los kumiai, etnia original de esta región.

El descenso inició por uno de los cerros más altos, a poco más de 1,300 m de altura, entre los cañones cuyas paredes alguna vez fueron parte del lecho marino durante el Jurásico. Soplaba el viento -su rumor le da nombre a la región- y los chaparrales con cactáceas espinosas dificultaban la marcha. La escalada era ordenada con cuerdas, poleas y cascos. El primer descenso fue sobre una roca de más de 70 m y después otra más alta, donde las vistas eran espectaculares, los colores naranjas y amarillos contrastaban con el azul del cielo, millones de rocas y cuevas en una secuencia interminable nos remitían a un paisaje casi extraterrestre; todos estábamos en silencio, extasiados, pero muy concentrados para no dar un mal paso.

Finalmente, después de cuatro horas, llegamos a un pequeño valle. En uno de sus extremos vimos una enorme roca redonda partida en dos que forma una cueva, al exterior de ésta fuimos descubriendo decenas de morteros tallados en las piedras que, sin duda, evidencian la existencia de una antigua comunidad de la zona; en el interior, en las paredes aledañas, se nos fueron revelando ejemplos pictográficos donde predominan los colores blanco, rojo y negro. Los espirales y figuras humanas representadas son signos de ritos de iniciación o de carácter mágico religiosos. En esta zona de Vallecitos existen -según uno de nuestros guías- varios ejemplos de pinturas rupestres, todas ellas de difícil acceso. Los vestigios de los ancestros de los kumiais están bien resguardados en la profundidad de los cañones, entre los enormes monolitos ígneos que abrigan celosamente los secretos de sus antiguos habitantes.

La tarde caía y el regreso fue a la sombra de las brechas entre los enormes cañones. Una vez en los vehículos, fuimos ya de salida al pueblo, también llamado La Rumorosa, para visitar el Museo de Sitio Campo Alaska enclavado en la Sierra de Picachos. El edificio fue construido en los años veinte del siglo pasado como cuartel militar, hoy ha sido remozado y resguarda muestras de la historia de la región con interesantes fotografías, pinturas y enseres de época. La noche cayó y retomé mi camino de regreso a Ensenada, volví a cruzar el Valle de Guadalupe con sus aromas de vid y olivos.

Encuentro con La Bufadora

Temprano me preparé para mi segunda aventura. Salí hacia Punta Banda, que está a unos 30 km de Ensenada, el camino regala estupendas vistas de mar, acantilados y caletas. Finalmente llegué a la playa donde me esperaban los que serían mis guías por ese día con kayaks y otros compañeros de expedición. Los kayaks para dos remeros me permitían de vez en cuando desenfundar mi cámara de su bolsa impermeable para llevarme conmigo imágenes de las insólitas formaciones rocosas de los farallones y acantilados; impresionantes también resultan las cuevas que reciben el lujuriante oleaje hasta el fondo de sus obscuras gargantas. En algunos momentos la resaca y la corriente arreciaban y tenía que salir a flote la pericia y concentración de los remeros, por fin, a lo lejos observamos la “joya de la corona“: La Bufadora.

Acompañados por algunos delfines y lobos marinos, nos fuimos acercando al impresionante géiser marino. El sonido que emite el fenómeno natural es imponente y la vista desde el mar es fastuosa. El portento natural se origina por una rara combinación de factores difíciles de reunir. Primero, una grieta en la montaña que forma una cueva parcialmente sumergida; segundo, la llegada de una ola que bloquea la boca de la cueva atrapando el aire que está dentro, conforme la cueva se llena de agua, el aire se comprime y sale violentamente por otro orificio que está en la parte superior, remolcando el líquido en ocasiones a más de 30 m de altura. Al pie del géiser el ronquido se volvió estruendoso, ensordecedor… la marea subía, el oleaje crecía y “la ducha” era para todos, hasta para los más precavidos que se mantenían a prudente distancia.

Conforme nos retirábamos impactados por la experiencia, el ruido amainaba aunque el oleaje se intensificaba. Finalmente un último esfuerzo nos dejó en Punta Banda, en donde intercambiamos impresiones y preparamos a la usanza local una carne asada y camarones con cerveza. En el poblado los vendedores ofrecen aceitunas verdes, un excelente aceite de oliva y verduras en escabeche; en los restaurantes los músicos entretienen a los comensales y las vistas de roca y mar son excepcionales.

Al caer la tarde regresé a mi “cuartel general” de Ensenada a repasar y aquilatar mis experiencias. De lo que no cabe duda es que este rincón del noroeste le ofrece a los amantes de la aventura y actividades extremas alternativas interesantes en un marco natural excepcional. ¡Baja California y sus fascinantes destinos de naturaleza tienen mucho que dar!

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