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San Javier y la penitenciaria. Bastiones históricos en Puebla

El doctor y maestro Sebastián Roldán y Maldonado, mediante testamento, cedió en 1735 su caudal de 26 mil pesos para misiones de los jesuitas en el mundo novohispano.

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Su hermana doña Ángela Roldán viuda de H. (O) rdeñana, años después, en 1743, determinó sumar 50 mil pesos al legado de su hermano con el mismo fin. Los superiores dispusieron entonces adquirir en Puebla los terrenos aledaños a la plazuela de Guadalupe para levantar la iglesia y colegio de San Francisco Javier, última obra importante de la Compañía de Jesús en esa ciudad y en México antes de su expulsión.

Entre el 1 y el 13 de diciembre de 1751 se realizó Ia apertura de la iglesia y colegio para, a semejanza deI de San Gregorio de México, impartir doctrina cristiana y primeras letras entre los indígenas, realizar labor misionera en barrios de la Angelópolis y en la sierra de Puebla, así como para preparar jesuitas en las lenguas naturales. En sus primeros años llegó a tener más de 200 alumnos.

Allí Iaboró como operario de lndias desde 1761, según registros, la más célebre de las personalidades de su tiempo: Francisco Javier Clavijero (1731-1787), importante y respetable jesuita en la historia de las ideas, precursor de nuestra mdependencia, iniciador y exaltador de nuestro recio legado cultural indígena, reformador de la filosofía moderna de México y de la enseñanza de Ia ciencia, debido a su “comprensión de la patria como realidad distinta de España” y por su permanente y sensible lección de amor a lo nuestro.

Clavijero ya había estado en Puebla y, años atrás, en San Jerónimo, San Ignacio, EI Espíritu Santo y San lldefonso, detenninantes en su formación humanística. Retornó a San Javier después de haber descubierto el maravilloso legado que Carlos de Sigüenza y Góngora había dejado en el Colegio de San Pablo de Ia vieja México-Tenochtitlan, seguramente atraído por Ia grandeza indígena, raíz cultural de México. Se supone que este jesuita aprendió el náhuatl en San Javier, lo cual le permitiría escribir en el exilio su fundamental Historia Antigua de México.

Es indudable que su estancia en Puebla contribuyó en Ia forja de esta notable personalidad que de Ia Angelópolis pasa a Valladolid (Morelia), donde más tarde sus enseñanzas influyeron en Ia formación de personajes nacionales como Miguel Hidalgo y Costilla.

La iglesia de San Javier, construida en el siglo XVIII, fue una de Ias más hermosas edificaciones de Ia orden ignaciana en Puebla, su adorno es de todo gusto, su cúpula arrogante tiene una sola torre, sus imágenes bellísimas de fachada de tres cuerpos de un dórico caprichoso, afirma Marco Díaz. Sus arcadas y el patio fueron transformados anárquicamente en 1949, quedando sólo un ingreso lateral de interesantes formas.

En el ábside había un retablo dorado de primorosa y exquisita factura, en cuyo centro estaba colocada, debajo de un hermoso pabellón de la misma talla, una bellísima efigie de san Francisco Javier. Según el doctor Efraín Castro, los autores de este retablo son los mismos que realizaron el de Tepozotlán: Miguel Cabrera e Higinio de Chávez.

El templo fue abandonado con la expulsión de los jesuitas en 1767; 28 años después, en 1795, se habla de su gran deterioro y al año siguiente Antonio de Santa María Inchaurregui comenta su reparación. Actualmente se desconoce el des tino final de sus riquezas artísticas, como son los retablos con las figuras de los santos José e Ignacio y notables piezas guatemaltecas. En la portada de San Javier, al realizar la limpieza de sus piedras, afloraron como mudos testigos los impactos de la metralla recibidos en el sitio de Puebla en 1863.

En virtud de una ley expedida por el Congreso de la Unión, el 13 de enero de 1834 San Javier pasa a ser propiedad del Gobierno del Estado de Puebla, y es entonces cuando se construye junto al templo y colegio la nueva Penitenciaría del Estado de acuerdo con los planos del gran arquitecto y renovador poblano José Manzo (1787-1860), a la manera del Penal de Cincinnati. Este proyecto, sumamente avanzado en su tiempo, incluía para la rehabilitación de los reclusos talleres de trabajo que los mantenía activos y les proporcionaba medios de sostenimento a sus familias.

El mérito inicial de esta obra corresponde al general Felipe Codallos, gobernador del estado entre 1837-1841, quien colocó la primera piedra el 11 de diciembre de 1840. El avance de la construcción fue notable hasta 1847, cuando fue interrumpida y afectada gravemente con motivo de la intervención americana. En 1849, con el gobernador Juan Mújica y Osorio, se reanudaron los trabajos, pero una nueva intervención, ahora la francesa, volvió a suspender la construcción.

Tras la victoria sublime deI 5 de mayo de 1862, y de su ocupación como cuartel, el poblano Joaquín Colombres convirtió la Penitenciaría en Fuerte Iturbide para la defensa de la ciudad, llegando éste a ser el heroico sitio de 1863. San Javier, por su parte, del 18 al 29 de marzo de ese año fue un bastión muy importante en donde las tropas mexicanas escribieron una de sus mejores epopeyas, aunque el edificio se destruyó casi totalmente a causa deI bombardeo.

Un año después, en 1864, un fuerte sismo dañó de manera significativa el conjunto penitenciario y el edificio de San Javier, deI cual cayó su única torre.

EI 13 de diciembre de 1879, un grupo de poblanos se dio a la tarea de continuar y concluir la gran obra, formando una junta reconstructora que el general Juan Crisóstomo Bonilla (gobernador de 1878 a 1880), auspició por decreto del Congreso deI Estado. Los trabajos se iniciaron el 5 de febrero de 1880, bajo la dirección del arquitecto poblano Eduardo Tamariz y de Juan Calva y Zamudio, quienes respetaron los lineamientos originales de José Manzo.

Con los posteriores gobernadores de la entidad (generales Juan N. Méndez que gobernó en 1880 y Rosendo Márquez que lo hizo entre 1881 y 1892) se concluyó Ia interminable obra. La reconstrucción fue casi total: departamentos de hombres y mujeres, bóvedas, escaleras, oficinas, 36 pabellones y medio millar de celdas.

El 1 de abril de 1891 se abolió la pena de muerte en el estado -primero en el país-, se creó la Junta Protectora de Presos y se realizaron diversas reformas al Código Penal de la entidad, y al día siguiente Porfirio Díaz, presidente de Ia República, puso en servicio la Penitenciaría.

Acerca de los gastos de su construcción, vale la pena mencionar los siguientes datos: en 1840, se estableció una contribución especial del 2.5 % sobre venta de licores, y en 1848 a las pulquerías se les fijó una cuota de 2 reales se manarios, “impuestos ” que nunca fueron suficientes para Ia gran obra. De 1847 a 1863 se invirtieron 119 540.42 pesos y de 1880 a 1891 se erogaron 182 085.14.

Los ayuntamientos cubrían mensualmente la manutención de los presos provenientes de su región. El gasto anual de la Penitenciaría en los primeros años era de más de 40 mil pesos. En 1903, los doctores Gregorio Vergara y Francisco Martínez Baca establecieron en la institución un laboratorio antropométrico y criminalístico, al igual que un museo con más de 60 cráneos de reclusos fallecidos en el penal, actualmente bajo Ia custodia del INAH.

El edificio de San Javier tuvo diversos usos: cuartel, bodega, hospital militar, hospital para epidémicos, cuartel de bomberos, departamento eléctrico municipal y comedor de la Penitenciaría, por lo cual fue destruyéndose paulatinamente. En 1948 se instaló en el patio y arcadas de San Javier un colegio estatal que deterioró seriamente el conjunto arquitectónico, y en 1973 y años recientes sus bóvedas fueron gravemente afectadas.

La Penitenciaría de Puebla estuvo funcionando hasta 1984, año en que el gobernador deI estado, licenciado Guillermo Jiménez Morales, realizó una consulta popular para dejar en manos de los poblanos Ia decisión deI uso y destino de esos históricos inmuebles, en uno de los cuales brilló el talento de Francisco Javier Clavijero, se difundieron nuestras lenguas indígenas y se realizó labor educativa importante, además de que en ambos se defendió bizarramente la integridad nacional, por lo menos en dos ocasiones. Por unanimidad, los poblanos pidieron al Ejecutivo se remodelara la Penitenciaría y se rescatara San Javier para dedicarlos a actividades culturales y como ricos testimonios, indispensables para mantener viva la memoria histórica poblana.

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