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Travesía en bicicleta por la sierra de La Giganta

Continuando nuestra difícil expedición por las península bajacaliforniana, dejamos los burros y el recorrido a pie para seguir con la segunda parte en bicicleta de montaña, en busca de las rutas establecidas por aquellos audaces conquistadores espirituales, los misioneros jesuitas que sembraron la vida en este árido y majestuoso territorio.

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Fotógrafo especializado en deportes de aventura. ¡Ha trabajado para MD desde hace más de 10 años!


Continuando nuestra difícil expedición por las península bajacaliforniana, dejamos los burros y el recorrido a pie para seguir con la segunda parte en bicicleta de montaña, en busca de las rutas establecidas por aquellos audaces conquistadores espirituales, los misioneros jesuitas que sembraron la vida en este árido y majestuoso territorio.

Como recordará el lector, en nuestro artículo anterior concluimos la fase de caminata en el poblado pesquero de Agua Verde; ahí nos reencontramos con Tim Means, Diego e Iram, quienes se encargaron del apoyo y la logística de la expedición trasladando el equipo (bicicletas, herramientas, provisiones), a donde lo íbamos necesitando. A lo largo del recorrido en bicicleta de montaña llevamos un vehículo de apoyo con todo lo necesario para concentrarnos en el pedaleo y en las tomas fotográficas.

AGUA VERDE-LORETO

Este primer tramo es muy agradable, ya que el camino de terracería corre paralelo a la costa, subiendo y bajando por la sierra, desde donde se tienen unas vistas increíbles del Mar de Cortés y de sus islas, como la Montserrat y la Danzante. En el poblado de San Cosme da inicio una subida interminable, que pedaleada tras pedaleada fuimos escalando hasta el atardecer, alejándonos cada vez más de la costa; cuando llegamos al final de la subida fuimos recompensados con la vista de un magnífico paisaje. Finalmente llegamos a nuestra tan ansiada meta, la carretera transpeninsular, y de ahí a Loreto, donde concluimos nuestra primera jornada de bicicleta. Decidimos no pedalear los pocos kilómetros que cubren la intersección de la brecha con la carretera porque ahí los tráilers bajan a gran velocidad.

LORETO, CAPITAL DE LAS CALIFORNIAS

Cincuenta y dos fueron los misioneros de distintas nacionalidades que exploraron el territorio peninsular: Francisco Eusebio Kino de Alemania, Ugarte de Honduras, Link de Austria, Gonzag de Croacia, Piccolo de Sicilia y Juan María Salvatierra de Italia, entre ellos.

Corría el año de 1697 cuando el padre Salvatierra, acompañado de cinco soldados y tres indígenas, se hizo a la mar en una frágil galeota con el objetivo de conquistar un país que ni el mismo Cortés había logrado dominar.

El 19 de octubre de 1697 Salvatierra desembarcó en una playa donde fue bien recibido por alrededor de cincuenta indios que habitaban el lugar, al que llamabanConcho,que significa “mangle colorado”; ahí los expedicionarios levantaron un campamento, el cual sirvió de capilla, y el día 25 bajaron de la galeota la imagen de Nuestra Señora de Loreto, junto con una cruz bellamente adornada con flores. Desde entonces el campamento tomó el nombre de Loreto y el lugar se convirtió con el tiempo en la capital de las Californias.

LA REGIÓN DE LOS OASIS

Otro objetivo de nuestra expedición era recorrer la región de los oasis, formada por Loreto, San Miguel y san José de Comundú, La Purísima, San Ignacio y Mulegé, así que luego de los último preparativos partimos en nuestras bicicletas rumbo a la misión de San Javier, localizada en la majestuosa sierra de La Giganta.

Para llegar a ésta tomamos el camino de terracería que parte de Loreto.

Después de recorrer 42 km llegamos al oasis de San Javier, que es un pueblo muy pequeño cuya vida ha girado siempre en torno de la misión, la cual es una de las más bellas y mejor conservadas de las Californias. Este sitio fue descubierto por el padre Francisco María Piccolo en 1699. Posteriormente, en 1701, la misión fue asignada al padre Juan de Ugarte, quien durante 30 años enseñó a los indios varios oficios, así como a cultivar las tierras.

Retornando los polvosos caminos continuamos nuestro pedaleo y nos fuimos internando más y más en las entrañas de la sierra de La Giganta en busca del oasis más bello de la península. Avanzamos 20 km más hasta que cayó la noche, por lo que decidimos acampar a un costado del camino, entre cactus y mezquites, en un paraje conocido como Palo Chino.

Muy temprano empezamos de nuevo a pedalear con la idea de aprovechar las horas más frescas de la mañana. A fuerza de pedal, bajo un sol implacable, atravesamos mesetas y subimos y bajamos por los pedregosos caminos de la sierra, entre bosques de cactus y matorrales.

Y después de una larga subida siempre viene una larga y emocionante bajada, que descendimos a 50 km por hora y a veces a mayor velocidad. Con la adrenalina corriendo por nuestro cuerpo íbamos sorteando los obstáculos, piedras, hoyos, etcétera.

Después de esta cuesta, 24 km más adelante llegamos a lo alto de un impresionante cañón cuyo fondo está cubierto por una alfombra verde compuesta de palmas datileras, naranjos, olivos y fértiles huertos. Bajo esta cúpula verde ha transcurrido de forma fantástica la vida de plantas, animales y hombres gracias al agua que brota de unos manantiales.

Cubierto de tierra y polvo llegamos a los Comundús, San José y San Miguel, los dos pueblos más remotos y lejanos de la península, situados en el corazón de La Giganta.

En estos pueblos el tiempo se quedó atrapado, no hay nada relacionado con la ciudad o con los pueblos grandes; aquí todo es naturaleza y vida de campo, sus habitantes viven de sus fértiles huertos, que les proporcionan frutas y verduras, y de su ganado obtienen la leche para elaborar exquisitos quesos; son prácticamente autosuficientes. La gente sale de vez en cuando a vender sus productos; los jóvenes son los que más salen a estudiar y a conocer el mundo exterior, pero los ancianos y los adultos que ahí se han criado prefieren vivir bajo la sombra de los árboles, en completa paz.

MISIÓN DE SAN JOSÉ DE COMONDÚ

En sus diversos viajes por la península, buscando lugares donde fundar misiones, los religiosos hallaron el de Comundú, distante de Loreto treinta leguas al noroeste, y situado en el centro de las montañas, casi a igual distancia de ambos mares.

En San José están los restos de la misión que fundara el padre Mayorga en 170, quien llegó en ese año acompañado de los padres Salvatierra y Ugarte. El padre Mayorga trabajó arduamente en la misión, convirtió a todos aquellos indios al cristianismo y levantó tres edificios. Actualmente lo único que queda es una capilla y algunos muros derruidos.

Para cerrar el día nos internamos en la espesura de las palmas datileras y visitamos el pueblo de San Miguel de Comondú, ubicado a 4 km de San José. Este pintoresco pueblo casi fantasma fue fundado por el padre Ugarte en 1714 con el objetivo de proveer de insumos a la vecina misión de San Javier.

LA PURÍSIMA

Al día siguiente continuamos nuestra travesía por la sierra de La Giganta, con dirección al poblado de La Purísima. Dejando atrás el frescor del oasis pedaleamos fuera del pueblo y nos volvimos a incorporar a los increíbles paisajes desérticos habitados por numerosas especies de cactáceas (saguaros, choyas, biznagas, pitaharas) y retorcidos arbustos de extraños colores (torotes, mezquites y palo fierros).

Después de 30 km llegamos al poblado de San Isidro, el cual se caracteriza por sus artesanías de palma, y 5 km más adelante arribamos a nuestro siguiente oasis, La Purísima, donde, una vez más, el agua refresca y da vida al inhóspito desierto. El espectacular cerro El Pilo atrajo nuestra atención por su forma caprichosa que le da aspecto de volcán, aunque no lo es.

Este sitio también surgió con una misión, la de la Purísima Concepción, fundada por el jesuita Nicolás Tamaral en 1717, y de la cual apenas quedan algunas piedras.

Recorriendo el poblado descubrimos la bugambilia más grande que jamás hayamos visto; era realmente impresionante, con sus ramas llenas de flores moradas.

QUINTO DÍA DE EXPEDICIÓN

Ahora si venía lo bueno. Habíamos llegado al punto donde los caminos desaparecen de los mapas, devorados por las dunas del desierto, las mareas y los salitrales; sólo los vehículos 4 x 4 y los autos de carreras de la Baja 1000 pueden superar estos difíciles y tormentosos caminos dominados por la naturaleza y el Desierto El Vizcaíno. Las brechas de la costa del Pacífico son casi imposibles de pedalear gracias al famoso permanente, en donde el tránsito de las camionetas sobre el suelo arenoso forma una sucesión de topes que al pedalear se aflojan hasta los dientes, por lo que decidimos viajar en el vehículo 24 km hasta el rancho La Ballena, donde bajamos nuestras bicicletas y seguimos adelante. Durante este día pedaleamos horas y horas siguiendo el aburrido lecho de un arroyo, el cual fue una verdadera tortura; en tramos pedaleábamos en arena sumamente floja en la que se atascaban las bicicletas, y donde no había arena había piedras de río, lo que dificultaba aún más nuestro avance.

Así fuimos pedaleando hasta que nos cayó la noche. Levantamos el campamento y mientras cenábamos revisamos los mapas: habíamos atravesado 58 km de arena y piedras, sin duda la jornada más difícil.

EL FINAL

A la mañana siguiente volvimos a montar en nuestras bicicletas, y después de unos cuantos kilómetros el paisaje cambió radicalmente, con subidas y bajadas que zigzagueaban por la escabrosa serranía de La Trinidad; en algunas partes el camino se volvía más técnico, con bajadas muy pronunciadas y curvas muy cerradas, donde teníamos que acostar la bicicleta para no salirnos del camino y caer en uno de los tantos cañones que atravesamos. Del otro lado de la sierra el camino era plano con largas rectas y el fastidioso permanente que nos hacía ir de un extremo del camino al otro, buscando las partes más planas y duras, pero la promesa de alcanzar nuestra meta se adueñó de nosotros y finalmente, después de 48 km, llegamos al entronque con la carretera transpeninsular, la cual ya habíamos atravesado días antes en Loreto. Pedaleamos unos cuantos kilómetros más por la carretera hasta alcanzar la hermosa misión de Mulegé, donde disfrutamos de la maravillosa vista del fantástico oasis y dimos por terminada la segunda etapa de esta emocionante expedición, a la cual le faltaba mucho, pero cada vez menos, para concluirla.

En nuestra siguiente etapa dejaríamos atrás la tierra para navegar en nuestros kayaks, al igual que las galeotas y los balandros perleros que antaño recorrían el Mar de Cortés, en busca de nuestra meta final, Loreto.

Fuente: México desconocido No. 274 / diciembre 1999

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