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Tres días para descubrir Jalisco

Desde Tequila hasta Teuchitlán, la región de los Valles de Jalisco está salpicada de experiencias únicas. Para comprobarlo, basta trazar una ruta de fin de semana para descender cascadas; pasear por el casco de señoriales haciendas; celebrar a México a bordo de un tren y asomarse al pasado en busca de colosos de leyenda.

07-05-2018, 1:55:41 PM
Tres días para descubrir Jalisco

Arturo Torres Landa

 Día 1. La diversión de ser mexicanos

Estacionada a un lado del andén, la locomotora parece un coloso dormido. Emocionados, esperamos el momento en que las puertas del vagón se abran y se escuche el grito de “¡todos a bordo!”. De pronto, la máquina silba y se acelera el corazón. El primer “gigante” de los varios que nos toparíamos por este viaje a través de los Valles de Jalisco había despertado. Nos encontramos en la estación del tren de Mundo Cuervo, que parte de Guadalajara, atraviesa el paisaje agavero y tiene al Pueblo Mágico de Tequila como destino final. Nuestro recorrido ocurre en una fecha muy especial: el 15 de septiembre, y por ello, los festejos que nos esperan al concluir la vía serán particularmente memorables y divertidos. Llega el momento anhelado. Subimos a los vagones Premium Plus del tren de Mundo Cuervo y somos conducidos por sus mayordomos hacia nuestro asiento. Si en el exterior se palpaba expectativa, a bordo se siente de inmediato la algarabía de una fiesta mexicana: las notas del mariachi llenan de alegría el vagón; a la mesa llegan los primeros caballitos de tequila y en nuestras bocas sentimos la efervescencia de la sal y el limón antes de brindar por un viaje exitoso. ¡Allá vamos!

El Jose Cuervo Express arranca con un suave tirón, adquiere velocidad y el escenario de edificios y vías elevadas comienza a desaparecer a medida que avanzamos y dejamos atrás Guadalajara. El sol comienza a ponerse cuando los primeros agaves hacen su aparición en ambos lados de la vía. El paisaje agavero de Jalisco fue nombrado Patrimonio Mundial por la Unesco en 2006. Localizado a menos de 60 kilómetros de Guadalajara, esta extensión cubierta de millones de agaves azules luce como un tapiz azul oscuro contra el sol del atardecer. El orgullo de cruzar este bello y valioso paraje se percibe al interior del vagón, donde probamos botanas y preparaciones de la lujosa barra a bordo; sobre su superficie plateada desfilan cocteles elaborados con el tequila Maestro Tequilero de la centenaria casa Jose Cuervo. Así, con los sentidos complacidos por los sonidos, sabores, texturas y postales, el viaje de casi dos horas concluye en la estación de Tequila, Pueblo Mágico donde se destila la bebida que mejor representa a México. Sin embargo, la experiencia está lejos de terminar; de hecho apenas ha comenzado: en cuanto descendemos del tren, la energía del jarabe tapatío nos recibe a través de los giros y saltos de un grupo de ballet folclórico.

Cristóbal de Alba/MD

¿Siguiente parada?: Hacienda EL Centenario

En el corazón de Tequila esta bella finca ha recobrado el esplendor de sus patios, arcadas y salones, decorados con luces y papel picado para ambientar “¡Mexicanos al Grito de Fiesta!”, una celebración a México en uno de los pueblos más mexicanos. La alegría metálica del mariachi no cesa mientras ingresamos en los patios de la Hacienda El Centenario. Nos sorprende la magnitud de sus construcciones –gigantes de piedra blanca– y notamos que en el aire flota el aroma de los árboles frutales. Sin embargo, pronto el olor es opacado por la sensación picosita de las salsas y moles del buffette mexicano ofrecido para la cena. Todos nos miramos con cierta complicidad y recomendamos nuestro plato favorito. “Los chiles en nogada, buenísimos”, “la salsa de la torta ahogada, imperdible”, se escucha entre los asistentes. De pronto, un conteo: se acercan las once de la noche segundo a segundo y el momento de gritar “¡Viva México!” llega con un cielo envuelto en pirotecnia y un trago de tequila en el paladar. Recordamos a los hombres y mujeres de gran estatura histórica que nos dieron libertad.

Cristóbal de Alba/MD

Día 2. Gigantes de piedra, agua y leyenda

La fiesta termina pasada la media noche, por ello decidimos alojarnos en el hotel Solar de las Ánimas, justo frente a la plaza principal del pueblo. ¿El motivo principal? Descansar para acudir temprano al cañón Los Azules, kilómetro y medio del centro de la localidad. Esta peculiar formación rocosa tiene su origen en una caída de agua que se despeña a lo largo de tres paredes, la primera de las cuales tiene una altura de 50 metros. Sobre el borde de esta cascada nos colocan el equipo de seguridad pues descenderemos en rapel, caminando sobre la piedra y el agua. El vértigo se acumula en la boca del estómago cuando realizamos el primer lance hacia atrás; después, lo que sigue es acomodar el cuerpo de tal forma que las piernas queden flexionadas sobre el muro vertical. Bajamos, y el golpeteo del agua sobre el casco ensordece; las miles de gotas heladas empapan la cara y solo resta continuar el descenso con la mayor concentración. Al final, una charca de agua natural nos recibe y podemos relajar los músculos… por unos minutos: el siguiente descenso nos espera a pocos metros pero la corriente es calma y el muro más corto, así que podemos bajar con mayor facilidad. La última poza de Los Azules se asoma como un balcón hacia el paisaje verde de la sierra. Al fondo, el enorme volcán de Tequila se yergue para recordarnos que aquí, también, es tierra de gigantes…

Secos, aún con adrenalina en las venas, volvemos al centro de Tequila para comer un poco y partir sin dilación hacia el suroeste de los Valles de Jalisco, con dirección a Teuchitlán. Sin embargo, tras poco más de una hora de recorrido, decidimos seguir los señalamientos que desvían hacia la población de Tala para divisar el templo de San Francisco de Asís, joya arquitectónica que nos recomiendan conocer. Su fachada, orientada hacia el parque central de la población, es blanca y adusta en concordancia con la arquitectura franciscana, sin embargo la esbelta del campanario se distingue por los elaborados remates de sus columnas y los tonos dorados de la cúpula que la remata. Las palmeras a los costados se columpian somnolientas y brindan un poco de sombra a la gente que, en la explanada, conversan. Allí nos cuentan del paso por la región de Fray Antonio Tello, religioso español que mientras acompañaba al conquistador Nuño de Guzmán plasmó en relatos los hechos, gentes y lugares que hallaba a su paso por estas tierras cubiertas de bosque. En sus relatos, el fraile habla de unos misteriosos habitantes que los indígenas de la zona llamaban quinametin, hombres de gran altura que el europeo identificó como gigantes… de nuevo, la enormidad. En la narración, Tello asume que los montículos artificiales que salpican la región fueron levantados por estos antiguos gigantes que –creyó– poblaron Jalisco en tiempos inmemoriales. La promesa de conocer la obra en pie de estos colosos se mantiene cuando salimos de Tala y nos acercamos al municipio de Teuchitlán. La noche nos alcanza y obliga a detenernos en la Hacienda Labor de Rivera, fundada en 1560 y convertida en hotel boutique. Llegamos a tiempo para cenar bajo los arcos que rodean su jardín central, donde una antigua fuente emite un arrullo de agua que nos acompaña en tranquilos sueños.

Cristóbal de Alba/MD

Día 3. Los enigmas del tiempo

Los sonidos del campo (las aves, los gallos, el relinche de los caballos) nos despiertan justo a tiempo: el final del viaje se acerca pero aún nos queda tiempo para recorrer los jardines de la hacienda Labor de Rivera en bicicleta. Atravesamos los jardines (que se desperezan) y nos detenemos a contemplar la piezas de arte sacro virreinal al interior de su capilla. Luego del tour, empacamos todo; nos untamos bloqueador solar, nos ponemos sombrero y activamos la actitud de explorador para disfrutar al máximo Guachimontones, un enigmático sitio arqueológico localizado a kilómetro y medio del centro de la población de Teuchitlán.El acceso obligado se hace a través del Centro Interpretativo Phil Weigand, un museo que resguarda el valioso legado de la llama Tradición Teuchitlán, la cultura constructora del sitio. A través de sus bellas pinturas murales, podemos obtener una idea de la magnitud que tuvieron las construcciones que dan nombre a la zona arqueológica, además de poder imaginar la vibrante vida cotidiana de sus pobladores.

En sus vitrinas se resguardan delicadas piezas de alfarería que nos muestran cómo lucía este peculiar centro urbano que vio su esplendor alrededor del año 350 a.C.  Además, su cuidada museografía recrea las impresionantes tumbas de tiro, un sistema de construcción funeraria que caracteriza a toda la región. Una vez obtenido un panorama histórico y social de la cultura Teuchitlán, salimos a recorrer el sitio en sí mismo. Entonces los vemos, los famosos Guachimontones: altas terrazas circulares que, a diferencia de otros montículos de Mesoamérica, no son basamentos de templos, sino estructuras en cuyo rededor se alzaban adoratorios para ancestros familiares. Cubiertos por una alfombrilla de pasto verde, y topados por frondosos árboles de guaje, los Guachimontones poseen una singular belleza pues parecen pequeños montes modelados por colosales manos. Entonces, los gigantes y su presencia legendaria se hace presente de nuevo… Y si bien queda claro que esta antigua ciudad fue levantada por hombres y mujeres normales, resulta emocionante pensar que la huella que dejaron en los Valles de Jalisco es enorme.

Cristóbal de Alba/MD

Cinco sentidos

  • Mira la simetría monumental de los Guachimontones.
  • Prueba los moles en la Hacienda Labor de Rivera.
  • Huele el aroma dulce de las piñas de agave tatemadas.
  • Escucha las vibrantes notas del mariachi.
  • Siente el agua refrescante de las cascadas de Los Azules

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