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Tzintzuntzan: Capital purépecha

Lee la crónica en que se narra la llegada de Cristóbal de Olid a la ciudad de Tzinzuntzan en 1522.

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Aquel 25 de julio de 1522, Cristóbal de Olid entraba pacíficamente a la ciudad de Tzintzuntzan, la orgullosa capital del reino de Michoacán. Una profunda emoción embargaba el corazón de nuestro personaje; si bien su templanza de carácter provenía de las múltiples escaramuzas con los nativos –algunas de las cuales fueron grandes victorias–, no dejaba de recordar incesantemente sus lecturas de los libros de caballería en los que se describían ciudades maravillosas, y Tzintzuntzan bien podía considerarse una de ellas.

El cazonci, Tzintzicha Tangaxoan, había ordenado a su hermano Cuinierángari que acompañara al intruso en todo momento para que así pudiera informarle de sus movimientos; debía atender sus peticiones tratando en lo posible de satisfacerlas. De Olid, junto con sus soldados, fue instalado en uno de los palacios, no muy lejos de la residencia del cazonci. Apenas hubo descansado, De Olid llamó a su convidante para decirle que deseaba conocer la ciudad de Tzintzuntzan.

Los preparativos para el recorrido fueron supervisados cuidadosamente por Cuinierángari; por cierto, el español había llevado consigo gente que hablaba náhuatl y purépecha, así como otra que ya para entonces había aprendido el castellano. Los diálogos seguían un riguroso protocolo: De Olid hacía las preguntas a sus traductores, quienes trasladaban al náhuatl y del náhuatl al armonioso idioma de los porhe; y así las preguntas llegaban a oídos del noble michoacano.

El príncipe indígena llevó a los españoles a la plaza ubicada casi en el centro del inmenso basamento en el que se asentaba un conjunto arquitectónico de carácter ritual, donde destacaban, por su singularidad, las yácatas. Cuinierángari relató el arduo trabajo que debieron soportar sus constructores, quienes tuvieron que transportar las pesadas piedras con las que poco a poco fueron levantando la enorme plataforma de planta rectangular que adosaron a las primeras estribaciones del cerro Yaharán o Yahuarato.

A la pregunta de De Olid sobre el origen de la ciudad, le explicaron que fue en tiempos del cazonci Tangaxoan (el primero que llevó este nombre en la dinastía real) cuando, siguiendo los designios del señor Tariácuri, se asentaron en esta parte del lago de Pátzcuaro, e iniciaron las primeras construcciones, las que después se ampliaron hasta darles el imponente aspecto que ahora tenían por la sucesiva intervención de los cazonci que le siguieron: Tzitzipandácuri y Zuanga. El anfitrión le indicó que todos sabían que Curicaueri y los otros dioses del panteón purepécha habían creado el universo, delimitando sus cuatro rumbos desde donde se levanta el Sol hasta donde se oculta; por gracia de las deidades, en el centro de la creación quedaba Tzintzuntzan, particularmente el espacio de sus templos donde les adoraban. Este argumento permitió al príncipe señalar hacia las cuatro direcciones, diciendo cómo las escalinatas de la gran plataforma estaban orientadas al noroeste, mientras que, desde el punto donde ellos se encontraban, podían observarse otras escalinatas que conducían a los templos construidos sobre las yácatas, cuyo acceso daba hacia el sureste.

Muy cerca del sitio donde estaban podían verse unas huellas en el piso que denotaban que, tiempo atrás, ahí se había encendido una gran fogata; al cuestionarlos sobre el propósito del lugar, explicaron al europeo que en ese lugar se hacía la gran hoguera ritual en la que se consumían los restos mortales de los cazonci. Al escuchar que los cazonci eran cremados junto con sus valiosas joyas –principalmente de oro–, para después ser enterrados con una buena parte de su tesoro real, de nueva cuenta se despertó la ambición de Cristóbal de Olid, quien ahora inquirió, con una voz ronca que acentuaba su rudeza, acerca de la ubicación precisa del sitio donde enterraban a los antiguos reyes, y muy particularmente donde se guardaban los tesoros del cazonci.

Nervioso, Cuinierángari trató de responder con evasivas, argumentando que en cada una de las ciudades principales que obedecían al señor de Michoacán había trojes, almacenes que resguardaban celosamente los tesoros. De nueva cuenta, el español exigió saber el lugar donde estaban esas trojes en Tzintzuntzan, a lo que el príncipe contestó que eso sólo el rey lo sabía. Cristóbal de Olid, aunque sospechó que algunas de las construcciones que rodeaban la plaza debían contener aquellos fabulosos tesoros, entendió que no lograría obtener más información, por lo que dejó el asunto para más tarde, cuando se hallara frente a frente con Tzintzicha Tangaxoan.

El guía continuó con la descripción de aquellas construcciones que fungían como altares, donde se realizaban los diversos ritos del ceremonial dedicado a Curicaueri y a otras deidades a lo largo del año. El recorrido los condujo al Osario y al sitio donde se exhibían calaveras humanas. De Olid, quien repudiaba los sacrificios humanos que había observado entre los diversos pueblos desde Yucatán hasta esta zona del occidente de México, no quiso saber más al respecto y avanzó apresuradamente.

Otros edificios fueron identificados como las habitaciones en donde residía el sacerdocio que atendía devotamente el ritual, y una vez más el español se refirió a ellas de manera despectiva, diciendo que seguramente ahí era donde vivían los “papas”, palabra que entonces no entendió su interlocutor indígena, sino hasta mucho tiempo después, cuando fue bautizado bajo la religión cristiana y le explicaron que a la cabeza de la Iglesia católica estaba el Papa, y entonces comprendió que éste equivaldría al supremo petamuti de sus antepasados.

De mayor interés fue para De Olid la descripción de la llamada “Casa de las Águilas”, que de inmediato asoció con los feroces guerreros contra quienes había batallado por todo el territorio durante su empresa de conquista. Bien sabía que estos hábiles militares indígenas almacenaban ahí sus armas, como arcos, flechas, mazos, etcétera, conocimiento muy importante para prevenir ataques traicioneros en el futuro.

El conjunto arquitectónico más importante eran los cinco edificios, muy parecidos entre sí, que llamaban yácatas, ubicados a lo largo de la gran plataforma y muy cercanos a su límite noroccidental. Al cuestionar sobre el curioso nombre de estas construcciones, el capitán español supo que éste hacía referencia al amontonamiento de piedras que les sirvió originalmente como núcleo. El grupo se acercó a ellas y De Olid observó que su forma le recordaba aquel terrible templo de Ehécatl-Quetzalcóatl del recinto de México-Tenochtitlan. El capitán y sus compañeros se horrorizaron cuando vieron que una figura de serpiente rodeaba el templo de aquel dios y que su espantosa cabeza con las fauces abiertas marcaba la entrada al mismo, invitando a ingresar a un mundo terrible, y entonces preguntó la razón de este templo, a lo que se le dijo que se trataba de la casa de Curicaueri, su dios supremo.

De Olid recorrió por fuera las cinco yácatas y confirmó su gran semejanza con aquel edifico que ya conocía: al frente, los basamentos rectangulares de angostos cuerpos escalonados, cada uno con sus escalinatas de ascenso; en la parte posterior, unidas a los basamentos rectangulares, estaban otras plataformas también escalonadas, pero en este caso de planta circular, construcciones que sustentaban cada una un templo, cuya habitación de paredes curvas semejaba un enorme cilindro cubierto con techo de madera y paja de forma cónica. Poco pareció interesarle al europeo el fino acabado de las losas bien cortadas que cubrían los muros de las yácatas, ocultando la crudeza de su relleno original de piedra y lodo –por cierto, los constructores de Tzintzuntzan utilizaban aplanados de lodo para dar el acabado final a sus edificios–, y es que en su mente seguía retumbando el relato del entierro de los restos cremados de los cazonci, acompañados de sus fabulosos tesoros. Ya soñaba con el momento de apoderarse de ellos.

Hacia los extremos de la plataforma se levantaba el palacio del cazonci, y no obstante la enorme curiosidad que le despertaba el recorrer su interior, se conformó con las explicaciones de Cuinierángari, quien describió las diversas habitaciones que integraban el edificio, todas recubiertas con finos acabados de lodo. De Olid supo del salón donde el gobernante, sentado en su trono, recibía el respeto de la nobleza, y que en otros cuartos vivían los miembros de su familia; en otras secciones trabajaban los orfebres bajo la cuidadosa supervisión de los encargados del tesoro; aparte estaban las mujeres que tejían la ropa y otros textiles que usaba el gobernante. El español comprendió que las numerosas personas que atendían el palacio real vivían ahí o acudían a él para realizar sus labores. Desde donde se encontraba, De Olid alcanzó a ver a los diligentes hombres que repellaban con cuidado los muros externos de la construcción, así como a los que barrían los pisos del conjunto. Desde ahí, el Palacio se veía imponente, una sólida mole de paredes de piedra cubiertas de lodo, con techos de madera y paja, custodiada por guardias de aspecto feroz, quienes vigilaban sus entradas.

Como buen estratega, Cristóbal de Olid descubrió la diferencia entre Tzintzuntzan y las otras poblaciones indígenas que había conocido, principalmente Tenochtitlan, que era una ciudad-isla con calzadas que la comunicaban con tierra firme, y cuyas calles y barrios se orientaban siguiendo una retícula, mientras que la capital purépecha daba la idea de un gran núcleo en cuyo centro estaba la enorme plataforma con sus templos y palacios, y alrededor, sin ningún patrón reconocible, los numerosos barrios con casas de madera y paja, y aunque había caminos, éstos serpenteaban por toda la población desde las orillas del lago de Pátzcuaro.

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