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Los primeros años de la radio en México

Uno de nuestros expertos te presenta una mirada a aquellos tiempos en que los aparatos de radiodifusión -de donde comenzaron a emanar voces y canciones- llegaron para conquistar nuestro territorio.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


El México de 1920 fue tan impredecible como el Popocatépetl. Durante varios meses, el volcán esparció resquemores y espanto por ambos lados de la cordillera. Es muy probable que esto ocurriera cuando la voz de Paolo Tosti, manaba toscamente de los audífonos de los radiorreceptores.

Los hermanos Adolfo Enrique y Pedro Gómez Fernández habían podido efectuar aquel sencillo primer programa mexicano de radio trasmitido desde una cabina adaptada en una añosa taquilla ubicada en los bajos del desaparecido Teatro Ideal de la calle de Dolores número 5, próximo a la Alameda, en la Ciudad de México. 

La “emisora del doctor Gómez”, como se la conoció entre sus contemporáneos, tuvo corta vida. Apagó sus bobinas al iniciar 1922. Salió del aire cuando el disciplinado médico militar Adolfo Enrique Gómez Fernández y su familia tuvieron que emigrar, por razones de orden suprema, a Saltillo, Coahuila, en febrero de ese año.

Intocado hasta entonces, el aún transparente aire citadino, repentinamente se vio cruzado en todas direcciones por voces, música y pájaros de acero. Fue así como un miembro del Estado Mayor del presidente Obregón trepó el 28 de septiembre de 1921, al asiento extra del avión Farman del Grupo Folk de radioexperimentación del Ejército Mexicano, del que Fernando G. Proal era el piloto. El pájaro metálico sobrevoló aquella mañana los aires de Balbuena para permitir que desde tierra el presidente de la República y los operadores del radiorreceptor de Pachuca escucharan con claridad meridiana el diálogo que desde el aire sostenían aquellos osados aeronautas.   

Otro episodio similar tuvo lugar al siguiente día cuando un fonógrafo, colocado frente al trasmisor de Pachuca, ejecutó la popular canción La Adelita. Una semana después, se ha dicho quizá con cierta ligereza, la radiodifusión cundió por el norte del país. La noche del domingo 9 de octubre de 1921, el trasmisor Tárnava Notre Dame (TND) habría dado por terminada la primera emisión de su discutible existencia. El programa habría durado noventa minutos. El técnico y locutor bilingüe de esa noche habría sido el mismísimo ingeniero Constantino de Tárnava, a quien en 1971 la CNIR rindió honores por su trabajo en los campos de la radiofonía.

Asentado lo anterior es legítimo aseverar que no fue en el noreste, sino en el noroeste del país donde la radio se encendió en tercer término. El 21 de octubre de 1921 el diario Excélsior consignó: “En los últimos días y con la asistencia del señor J. P Maher, representante de la Radio Telephone Company, se han efectuado en presencia del gobernador del estado, y otros funcionarios, pruebas decisivas respecto a la eficacia del teléfono inalámbrico que se ha instalado en esta ciudad, con aparatos comprados por el gobierno local.

“En el curso de las pruebas se consiguió no solo ponerse al habla con Ciudad Juárez, sino escuchar conversaciones y piezas de música , que estaban tocando en Los Ángeles y en la isla Catalina, en la Alta California, a más de 3 mil kilómetros de esta ciudad.”   

Proliferan las antenas  

Ese mismo año, y desde la capital del país, salió al aire, la emisora X-1 del señor Jorge Peredo. En los meses por venir un fenómeno curioso empezó a delatar, en los más diversos puntos de la capital y del país, la presencia de radio-trasmisores y radiorreceptores. Incontables esqueletos de estructuras a base de madera o metal y alambre, mucho alambre, brotaron a manera de coronas esperpénticas, sobre las azoteas de incontables casas y edificios.

La radioafición iba en aumento al concluir 1922. Era tanto el entusiasmo que ni siquiera menguó cuando el 1o. de diciembre, casi al concluir el año, los capitalinos escenificaron la primera gran guerra por el agua de su historia. Ocasión que dio oportunidad al jefe del ejecutivo, general Álvaro Obregón, de dar muestra, una vez más, de su ingeniosa crueldad.  En la alborada de 1923 la posesión de un radiorreceptor de válvula o de galena era todo un signo de distinción. Tanto que día tras día iba en ascenso el número de viviendas que destinaban un cuarto o un amplio rincón a tan estridente huésped.

Esto era lo que decía, el aviso 2447, publicado en la página X del Directorio general de la República Mexicana, que acompañó a la edición de El Universal del 1 de enero de ese año:

“Radiotelefonía inalámbrica. El gran invento del siglo XX. Puede usted oír todas las noches en su casa conciertos de los Estados Unidos. Francisco P. Cabrera. República y Francisco l. Madero. Apartado número 339.” 

Todo, incluido el cinematógrafo, otra maravilla de la técnica de la época, experimentó un fuerte impacto al aparecer el nuevo ingenio tecnológico. Aunque pudo por aquellas horas, el cine registró, por medio de la publicidad, la aparición del radioteléfono.

Con el paso de los días su presencia fue cada vez más notoria. La Secretaría de Relaciones Exteriores no tardó en contar con equipo de radiocomunicación. El ingeniero Salvador F. Domenzáin instaló un trasmisor con el que esa Secretaría entró en contacto de inmediato con las plantas trasmisoras de Fort Worth, Texas y varias otras que irradiaban desde el territorio nacional.

El éxito de las trasmisiones practicadas durante más de año y medio, hizo que los diarios capitalinos volvieran la vista con interés hacia los trastos radiofónicos. Poco a poco El Universal descubrió sus ventajas y no tardó en hacer uso de un radiorreceptor para incrementar sus fuentes de información. En su edición del 2 de enero de 1923 hizo notar a sus lectores que contaba con un aparato receptor que hacía posible obtener informaciones exclusivas. 

Fascinados por haber logrado descifrar algunas de las claves del aire, los mexicanos prosiguieron en su tarea de encontrar nuevas aplicaciones para los aparatos de la nueva época. Así, el 19 de febrero, apoyados en el teléfono, los redactores del vespertino El Mundo divulgaron en exclusiva, veinte minutos después de concluida, la reseña de la corrida de toros celebrada en la ciudad de Toluca.  Eran los días, además, en que el dueño de la Casa del Radio, señor Raul Azcárraga, hacía pruebas con una planta de 50 watts introducida al país de contrabando, auxiliado por los señores Gustavo Obregón y Jorge Marrón -locutores y técnicos de la emisora-Don Raúl Azcárraga, con mucha visión pero con magra suerte, intuía que el aparato con el que experimentaba indudablemente un enorme futuro.    

Nuevas emisoras  

El 4 de marzo, la Escuela de Ingenieros inscribió su nombre en la nómina de los precursores de la moderna radio de México. Ese día puso en el aire la señal de su trasmisor y su locutor lanzó a las ondas un telefonema aéreo. En dicho mensaje se habló de México; de su clima, de su producción vegetal, de su portentosa riqueza mineral y petrolera, de su agricultura y de sus industrias.

Una de las publicaciones de la capital que más temprano contó con un trasmisor en sus instalaciones fue el semanario El Universal Ilustrado. El 8 de mayo de 1923 a las 20 horas salió al aire, con una onda de trasmisión de 375 metros, la emisora de 50 watts que patrocinaban La Casa del Radio y dicha revista. 

En presencia de Carlos Noriega Hope y Raúl Azcárraga, director y gerente, respectivamente, de la revista literaria de El Universal y de La Casa del Radio, tuvo lugar la trasmisión de un selecto programa radiofónico en el que tomaron parte destacados artistas de la época. La emisión contó con la señalada participación del guitarrista Andrés Segovia, del gran compositor mexicano Manuel M. Ponce y del pianista Manuel Barajas, quienes bondadosamente se prestaron para desempeñar varios números de concierto. 

Varias melodías de moda interpretó en su tumo la célebre cantante Celia Montalván. Enseguida, el sumo sacerdote de la poesía estridentista, Manuel Maples Arce, leyó ante los micrófonos las líneas de su TSH, el poema de la radiofonía. Por último, los señores Raúl Azcárraga Vidaurreta y Carlos Noriega Hope, respectivamente, hicieron uso de la palabra. Siete meses en el aire permaneció esa estación. Su lugar lo ocupó enseguida una planta más potente.

El mismo diario aprovechó las ventajas que le brindaba su sociedad con La Casa del Radio. La planta del Ilustrado hizo llegar a más de siete mil radioyentes, por primera vez en la historia del periodismo mexicano y hasta sus propios hogares, un compendio de las novedades que les ofrecería en su edición del 12 de mayo. 

Durante la Feria Nacional del Radio celebrada el 16 de junio de 1923, en el Palacio de Minería, se advirtió de inmediato que la palabra radio había permeado diversos campos de la vida cultural y económica de la capital. Prueba de ello era que la empleaban por igual los patrocinadores de la muestra, los embotelladores de aguas minerales, fabricantes de aparatos de trasmisión y recepción, autos y cigarrillos.   

Un fenómeno social  

La influencia de la radio en la sociedad alcanzó su clímax en 1923, año en el que se avecinaba el relevo en la presidencia de México. En ese momento, las palabras y siglas electrodo, audión, TSH y otras del mismo cuño adueñaron del ambiente junto con las que designaban a los diferentes tipos de antena en uso.

El espectro de una sociedad de masas rondaba ya todos los ámbitos de la vida mexicana. Las páginas de los diarios empezaron a promover deportes tales como el pugilismo y anuncios de ungüentos y remedios elaborados para los hombres del mundo deportivo.

Primogénita de la publicidad, la radio se transformó en breve, en medio promotor por excelencia de las más diversas mercancías. El primer aviso comercial de la radio mexicana fue, sin embargo, obra del agradecimiento. Jorge Marrón, el doctor IQ, y el empresario Raúl Azcárraga, quienes en ocasiones solían trasmitir ataviados a la usanza charra, trasmitían una noche en que los dueños de una casa de chufas de la avenida Salamanca les enviaron, deseándoles éxito en sus pruebas, un par de botellas de fresca y espumosa sidra y otro tanto de litros de exquisito helado.

Sorprendidos, Azcárraga y Marrón agradecieron, por medio de su micrófono, el envío de sus obsequiosos escuchas y gustosos repitieron ante el mismo la marca de las sidras recibidas. Diez años después aquel gesto habría sido tachado de locura o de herejía, solía comentar, entre risas, don Jorge Marrón. 

El aparato radiofónico llegó a tierras de San Luis Potosí semanas más tarde. El 11 de septiembre de 1923. Desde su casa en la capital potosina, el radioexperimentador Francisco P. Cabrera puso en los oídos de los radioadictos del país su primer gran programa destinado a divulgar entre los potosinos las maravillas de la radiotelefonía.

En dicha audición tomó parte el notable compositor Manuel M. Ponce. La emisión de Cabrera fue captada en las poblaciones potosinas y en las ciudades de Tampico, Guadalajara, Monterrey, Saltillo y Mérida. 

Tres días más tarde, el 14 de septiembre, con motivo de la primera emisión de la planta de El Buen Tono S. A., los técnicos de la JH ajustaron las partes del flamante emisor que esa cigarrera acababa de recibir de manos de don Raúl Azcárraga; y en punto de las 19:10 horas del 14 de septiembre pusieron en vilo a los radioescuchas citadinos cuando en torno a diferentes puntos de la urbe las multitudes se agolparon para seguir, puñetazo a puñetazo, los pormenores de la pelea histórica entre el pugilista estadounidense Jack Dempsey y el boxeador argentino Luis Ángel Firpo, el “Toro de las Pampas”.

José Domingo Ramírez, Guillermo Garza Ramos, José de la Herrán Pau y José María Velasco fueron los autores de esta histórica trasmisión indirecta desde la orilla del cuadrilátero montado en el Polo Graund de Nueva York.   

Aquello sucedió así: el cronista de la emisora WQD narraba al micrófono, los pormenores del combate. Estos eran captados, en la ciudad de Pachuca por el radioexperimentador hidalguense José María Velasco -hijo del pintor del mismo nombre- quien simultáneamente y por la vía telefónica traducía a los técnicos de la CYB lo poco que escuchaba a través de la estática.

Y éstos, de inmediato, valiéndose de la taquigrafía, tomaban nota de sus palabras. Seguido de lo cual ponían a la vista de don José Domingo Ramírez una versión legible de lo que escuchaban por el auricular.

Ramírez lo hacía llegar con acalorado énfasis hasta los azorados escuchas de la denominada pelea del siglo.   

Un instrumento político  

Al finalizar 1923 el país contaba ya con cinco radiodifusoras que en diferentes noches de la semana irradiaban atractivos programas. Varias de aquellas emisoras salieron definitivamente del aire por la represión derivada de la sublevación delahuertista. En ese lapso desapareció, junto con el periódico que la patrocinaba, la radio de El mundo, de Martín Luis Guzmán. Ese diario y sus animadores estaban en favor del bando delahuertista, que al final resultó derrotado considerándosele equivocado.

Vencidos los golpistas, Plutarco Elías Calles reanudó su campaña electoral y para tal efecto eligió un medio novedoso: la telefonía sin hilos. La emisora de El Universal y La Casa del Radio le facilitaron sus micrófonos. De manera casi simultánea, el Partido Liberal Constitucionalista, inauguró también una planta radiofónica difusora de los principios que animaban al candidato Calles.

En tanto esto ocurría, en Berna, Suiza, se adoptaron y distribuyeron las siglas de llamada para todas las emisoras del mundo. A México, país que no estuvo representado en el curso de esa reunión, le fueron otorgadas las siglas CYA a CZZ, y por todo el Distrito Federal las plantas de telefonía sin hilos brotaron como hongos. 

La gran emisora del año de 1924 fue la que instalaron los ingenieros Jorge Grajales y Francisco Javier Staboly para la Secretaría de Educación Pública. Concebida por el licenciado José Vasconcelos, quien desde el principio de su gestión vio en ella a un apoyo de enorme importancia para llevar adelante los programas educativos que reclamaba el país, la CYE fue inaugurada el día 30 de noviembre de 1924.

Dicha emisora llevó a los hogares de cientos de mexicanos los pormenores de la ceremonia de protesta como presidente de la República del general Plutarco Elías Calles, acto que tuvo lugar en un escenario concebido también por el genio de José Vasconcelos: el desaparecido Estadio Nacional de la colonia Roma. Días más tarde, cuando la escritora María Luisa Ross se hizo cargo de la emisora de la SEP, la estación cambió de siglas. En lo sucesivo se la conocería como la CZE.   

Loas a la tecnología  

Al ver y escuchar tanta maravilla, poetas y prosistas de esos días cantaron, ya no a la mujer ni a su entorno, sino a los frutos de la técnica. Los estridentistas primero y Enrique González Martínez y Francisco Monterde más tarde, tomaron por musa a la urbe, el automóvil, el avión y la radio. A esta última le cantaron Germán Lizt Arzubide, Manuel Maples Arce, Arqueles Vela, Francisco Monterde y Enrique González Martínez. Unos desde las volanderas hojas y manifiestos del movimiento estridentista, otros desde las páginas de la revista literaria Antena. 

Y en la edición número 4 de la misma, correspondiente a agosto de 1924, Salvador Novo dejó para la posteridad su célebre Radioconferencia sobre el radio, texto en prosa donde puso de relieve que en lo sucesivo los niños, además de biberón, reclamarían audífonos para escuchar a sus mayores.  En los meses subsecuentes la radio mexicana llegó a otros puntos del país. En ese lapso llegó a Oaxaca y a Tampico. El diario El Mundo de ese puerto contó también con un difusora y otro tanto ocurrió con el cotidiano El Dictamen del Puerto de Veracruz, donde la SEP contó igualmente con otro emisor. Y la empresa General Electric inauguró también una emisora memorable, la XEN.

El 26 de abril de 1926, el gobierno del general Plutarco Elías Calles definió las bases legales sobre las que en lo sucesivo operarían los sistemas telegráfico, radiotelegráfico y telefónico del país. En esa fecha expidió la Ley de Comunicaciones Eléctricas, ordenamiento legal mediante el cual la nación mexicana amplió a los aires los alcances del artículo 27 constitucional, donde la nación tiene dominio imprescriptible e inalienable.   

Días de sangre  

Eran días de sangre. Así que al sonar las 14 horas con 25 minutos del martes 17 de julio de 1928 mucha fue la sorpresa para los radioescuchas que a esa hora seguían la programación de la emisora CZE, misma que luego de interrumpir la interpretación de una pieza musical dio paso a una voz entrecortada que repentinamente se adueñó de las ondas para informar: “amigos del aire: con profunda pena comunicamos a ustedes que hace cinco minutos fue asesinado el general Álvaro Obregón, presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos para el periodo 1928-1932. Un caricaturista cuyo nombre se desconoce le vació la carga de su pistola durante un banquete servido en su honor en el restaurante La Bombilla, de la lejana población de San Ángel, al sur de la capital”. 

Fue la primera vez en que la radio ganó a la prensa citadina la primicia de una noticia tan importante, lo que no impidió que los periódicos de ese día vendieran toneladas de ejemplares de sus diversas ediciones.

Semanas más tarde, cuando el proceso del homicida tuvo lugar, los micrófonos de la CZE llevaron a los escuchas, los pormenores del candente proceso judicial.

Para el 30 de noviembre de 1928 México contaba ya con 17 estaciones de radio; en 1930 casi se habían duplicado, pues eran 32. Y podían ser mas, pero ese año la emisora de La Casa del Radio y el diario El Universal abandonó el cuadrante.   

Radio Mundial  

En contraste con lo anterior, el periodista Félix F. Palavicini puso en el aire, el 5 de febrero de 1930, el primer diario hablado de la historia radiofónica de México. Ese día Radio Mundial trasmitió como parte del mismo, en emisión extraordinaria, el mensaje presidencial del ingeniero Ortiz Rubio.

Radio Mundial -hoy XEN- había salido al aire cinco años atrás, en 1925. Y don Félix F. Palavicini, quien siempre había sido un entusiasta de la radio, acababa de adquirirla para dar vida al periodismo radiofónico nacional.  Eso fue Radio Mundial bajo su dirección: el primer periódico radiofónico que conocieron los nacionales, mismo que funcionaba de forma ininterrumpida al trasmitir únicamente noticias que eran leídas y releídas una y otra vez. La idea de Palavicini, sin embargo, no alcanzó el éxito que esperaba. Pocos eran todavía los receptores en uso en el país y Palavicini rápido comprendió que debía arriar su bandera. Meses más tarde, y al igual que la emisora de Raúl Azcárraga, dejó los aires. 

Este doble apagar de trasmisores coincidió con la aparición en el cuadrante de la primera planta radiofónica de talla nacional: la XEW, de Emilio Azcárraga Vidaurreta.

Igual que la CYL de El Universal y La Casa del Radio, propiedad de su hermano Raúl Azcárraga Vidaurreta, la XEW salió al aire un 18 de septiembre. La emisora del hermano mayor había empezado a irradiar un día como ese, pero siete años antes, en 1923.

La radio de los años que reseñamos acuñó los lenguajes sonoros que en el porvenir harían de los nacionales hombres abismalmente distintos de aquellos que entre 1910 y 1920 dieron vida al México fruto de la Revolución Mexicana.   

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