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La Conquista de México: el combate final

Por: Eduardo Matos Moctezuma

El reconocido investigador Eduardo Matos Moctezuma nos ofrece una mirada al último asalto que sufrió México-Tenochtitlan y su gemela Tlatelolco en manos del capitán Hernán Cortés el 13 de agosto de 1521.

La conquista de México enfrentó dos formas diferentes de concebir el universo. Fue el encuentro de dos intenciones, de dos distintos modos de pensar, de dos sociedades que tenían su particular manera de entender el mundo que los rodeaba. Si, por un lado, España estaba en plena expansión después del descubrimiento de América, lo que llevaba a muchos a tratar de encontrar el oro y la gloria valiéndose de la espada y la cruz, América también descubría a España, sufriendo en carne propia la destrucción de sus milenarias costumbres y la imposición de nuevas formas de vida que le eran ajenas. Así, en el caso de México, a la imposición militar siguió la lucha ideológica, que derribó ídolos y destruyó templos en su afán de desterrar lo que por cientos, y quizá miles de años había predominado en Mesoamérica.

Estas palabras las escribí hace ya varios años y pienso que no han perdido su validez. Después de las peripecias sufridas por ambos bandos llegaba el momento del enfrentamiento final. Cortés representaba para muchos grupos indígenas la posibilidad de liberarse del yugo azteca, que les imponía un tributo periódico en materias primas o en mano de obra, o en ambas. Los españoles se habían allegado así fuerzas guerreras de los grupos descontentos.

El capitán español planeó entonces el cerco de las ciudades de Tenochtitlan y Tlatelolco, que como sabemos estaban asentadas en medio del lago y unidas a tierra firme por grandes calzadas. Esta posición que podría resultar estratégica también tenía su lado vulnerable... y Cortés lo entendió así. Dividió a su ejército en cuatro grandes grupos y los colocó a la entrada de las calzadas para de esta manera aislar a los aztecas. La ciudad de Tacuba, al poniente, representaba el acceso por la calzada del mismo nombre a Tenochtitlan. Este grupo quedó al mando de Pedro de Alvarado, quien contaba con 150 soldados de espada y rodela, 30 jinetes y 18 escopeteros y ballesteros, además de casi 25 mil guerreros tlaxcaltecas. Por el sur estaba Cristóbal de Olid, asentado en Coyoacán, lo que permitía controlar esa zona. De Olid se apoyaba en 175 hombres de infantería, 33 de a caballo y 20 escopeteros y ballesteros, aparte de 20 mil tlaxcaltecas. Gonzalo de Sandoval tenía sus fuerzas por el rumbo de Iztapalapa, formadas por 150 soldados de infantería, 24 jinetes y 14 escopeteros y ballesteros, además de 30 mil guerreros provenientes de Chalco, Cholula y Huejotzingo. Por su parte, Cortés dirigía el ataque por agua al mando de 13 bergantines que habían sido construidos para tal fin. Además de ser el capitán general del ejército, comandaba a cerca de 300 hombres diestros en cosas del mar. Esta última fuerza se encontraba por el rumbo de Tacubaya, tal como se ve en el plano de Tenochtitlan de 1524, en el que se indica el sitio donde se estableció el cuartel general por medio de la bandera con el águila bicéfala.

Asalto a México-Tenochtitlan / Códice Florentino

Una de las primeras estrategias que siguió Cortés fue la de mandar cortar el agua potable que iba de Chapultepec a Tenochtitlan. Así lo relata el mismo Cortés:

Otro día de mañana los dos capitanes acordaron, como yo les había mandado, de ir a quitar el agua dulce que por caños entraba a la ciudad de Temixtitán; y el uno de ellos, con veinte de caballo y ciertos escopeteros y ballesteros, fue al nacimiento de la fuente, que estaba un cuarto de legua de allí, y cortó y quebró los caños, que eran de madera y de cal y canto, y peleó reciamente con los de la ciudad, que se le defendían por la mar y por la tierra; y al fin los desbarató, y dio conclusión a lo que iba, que era quitarles el agua dulce que entraba a la ciudad, que fue muy grande ardid.

El asedio a Tenochtitlan y Tlatelolco duró alrededor de 75 días. Los combates eran encarnizados y había muertos por doquier. A veces ocurría que los españoles avanzaban y tomaban ciertas posiciones, pero al día siguiente los aztecas volvían a recuperarlas. El ataque y la defensa eran implacables: “a la continua nos daban guerra, así de día como de noche”, dice Bernal Díaz. Por lo menos en una ocasión Cortés fue capturado, pero sus soldados pudieron liberarlo. Relata Bernal Díaz cómo los aztecas usaban la estrategia de fingir que huían para que los persiguieran, y entonces cercar al enemigo y arremeter en contra de él. En una de estas escaramuzas Cortés perdió varias decenas de hombres, que fueron capturados y sacrificados a los dioses. Los aztecas también recurrían a la estrategia de mostrar las cabezas ensangrentadas de los españoles, diciéndoles a las fuerzas enemigas que vieran aquellas cabezas que pertenecían a Cortés y a otros capitanes, para hacer decaer su ánimo. Al respecto, Bernal Díaz nos dice:

Estando de aquella manera, bien angustiados y heridos, no sabíamos de Cortés, ni de Sandoval, ni de sus ejércitos, si les habían muerto o desbaratado, como los mexicanos nos decían cuando nos arrojaron las cinco cabezas que traían asidas por los cabellos y de las barbas, y no podíamos saber de ellos porque batallábamos los unos de los otros obra de media legua...

La situación de los sitiados era cada día más difícil. No había agua potable y las canoas que llevaban víveres a la ciudad eran atacadas por los bergantines. En ocasiones hasta mil canoas dieron combate al enemigo. Sin embargo, los españoles lograban avanzar poco a poco. En cada tramo que tomaban cegaban los canales y las acequias para que fuera más fácil el avance. Llegó un momento en que Cortés decidió hacer las paces con Cuauhtémoc, en quien había recaído el mando del ejército tenochca después de la muerte de Cuitláhuac a causa de la viruela. La respuesta del joven tlatoani no se hizo esperar, según refiere Bernal Díaz del Castillo:

Entonces Guatemuz, medio enojado, dijo: ”Pues que así queréis que sea, guardad mucho el maíz y bastimento que tenemos, y muramos todos peleando, y desde aquí adelante ninguno sea osado a demandarme paces. Si no, yo le mandaré matar”. Y allí todos prometieron pelear noches y días o morir en defensa de su ciudad.

Las siguientes palabras de Bernal Díaz son elocuentes en relación con la manera de combatir de ambos bandos:

Como ya estábamos acostumbrados a los encuentros, aunque cada día herían y mataban de nosotros, teníamos con ellos pie con pie. De esta manera pelearon seis o siete días arreo, y nosotros les matábamos y heríamos muchos de ellos, y con todo esto no se les daba nada por morir. Acuérdome que nos decían: “¡En qué se anda Malinche [Cortés] cada día que tengamos paces con vosotros! Ya nuestros ídolos nos han prometido victoria, y tenemos mucho bastimento y agua, y ninguno de vosotros hemos de dejar con vida. ¡Por eso no tornen a hablar sobre paces, pues las palabras son para las mujeres y las armas para los hombres!”.

Enfermos de viruela / Códice Florentino

Pese a estos actos heroicos, la defensa de la ciudad era ya insostenible. Escaseaban el agua y la comida. El Anónimo de Tlatelolco, escrito en nahua en 1528, nos relata cómo las mujeres de Tlatelolco también entraron en combate:

Fue cuando también lucharon y batallaron las mujeres de Tlatelolco lanzando sus dardos. Dieron golpes a los invasores; llevaban puestas insignias de guerra; las tenían puestas. Sus faldellines llevaban arremangados, los alzaron para arriba de sus piernas para poder perseguir a los enemigos.

Los combates continúan. El hedor de los cuerpos resulta insoportable y la cantidad de muertos de uno y otro bando es enorme. Bernal Díaz lo compara con la destrucción de Jerusalén:

Yo he leído la destrucción de Jerusalén; mas si fue más mortandad que ésta, no lo sé cierto, porque faltaron en esta ciudad tantas gentes, guerreros de todas las provincias y pueblos sujetos a México que allí se habían acogido, y todos los más murieron; y, como ya he dicho, así el suelo y laguna y barbacanas todo estaba lleno de cuerpos muertos, y hedía tanto que no había hombre que lo pudiese sufrir.

El 13 de agosto de 1521 cae Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. El tlatoani se aprestaba a retirarse en canoas con su familia y sus capitanes cuando fue alcanzado por el bergantín de García Holguín, quien lo hizo prisionero. Llevado ante Cortés, el joven Cuauhtémoc se dirige al capitán español y le dice: “Señor Malinche, ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cintura y mátame luego con él”.

Varias veces me he referido a este encuentro entre Cuauhtémoc y Cortés para ponerlo como ejemplo de la incomprensión entre una y otra culturas. Las palabras que le son traducidas a Cortés por parte de Jerónimo de Aguilar y Marina no son entendidas en todo su significado. Lo que Cuauhtémoc quiere decir no es que lo maten, sino que lo sacrifiquen abriéndole el pecho, como corresponde a un guerrero capturado en combate, ya que su destino es morir así para acompañar al Sol en su diario recorrido. Nada sabe Cortés de esto y lo deja con vida. ¡Terrible destino para el capitán de las fuerzas aztecas, pues se le impide que, como guerrero, complete su ciclo y acompañe al Sol...!

En Tlatelolco se sella el destino de los dos pueblos. De esto he dicho en otra ocasión:

Cortés no entiende esto... y le perdona. El joven prisionero deseaba más profundamente la muerte -como se la deparaban sus propias costumbres– que la existencia a la que se le condenaba a vivir. Son dos intenciones, dos formas de pensar y de ser diferentes. Es la incomprensión que determinará de ahí en adelante el destino de cada uno de los contendientes: el indio, sometido y sujeto de explotación; el español, inquisidor y esclavista. Se consumaba así la conquista militar de la ciudad para dar paso a una lucha más ardua aún: la conquista ideológica a través de la Iglesia. La destrucción de la ciudad y de los templos indígenas fue sistemática, y hubo un fraile que la comparó con la séptima plaga de Egipto. Comenzaba la muerte de los dioses prehispánicos. Era el 13 de agosto de 1521...

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