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Camino real de tierra adentro

Conoce la historia del surgimiento de diversas rutas en la Nueva España que tuvieron como centro el llamado Camino de la Plata…

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Senderos y caminos, en toda la historia de la humanidad, siempre han sido un medio fundamental para construir una cultura, cualquiera que ésta sea.

A través de las huellas identificables que permiten recorrer un territorio con la certeza de no perderse, se trasladan individuos y grupos y, con ellos, su cultura material, sus instituciones, sus múltiples acciones culturales que van desde la tradición y religiosidad populares hasta el arte y las ciencias. Pero en ese proceso surgen nuevas formas de vida, proyectos distintos y retos que antes no se habían enfrentado y, en consecuencia, la singularidad aparece para dar origen a una nueva manera de percibir la realidad que se ha construido. 

EL SURGIMIENTO DE LOS CAMINOS     

Los caminos adquieren personalidad, tanto por los sitios y condiciones que se encuentran a lo largo de su trayectoria, como por sus funciones y puntos de destino. Recordemos que en Asia las rutas de la seda y de las especias, así como en Europa la ruta de las cruzadas y el camino de Santiago, eran trayectos célebres por su importancia económica, militar o religiosa. Por otra parte, los pueblos y ciudades asentados a lo largo de una ruta tenían relevancia por ser puntos de tránsito que ofrecían seguridad y descanso a los viajeros.  En ocasiones, cada uno de estos sitios llegaba a distinguirse por motivos especiales, bien por los productos materiales que podía ofrecer, bien por algún elemento de la religiosidad que había trascendido sus límites locales.  El México prehispánico ya conocía ese profundo movimiento que conectaba a diversas áreas.

Piedras preciosas, sal, conchas, plumas, pieles, cerámica, obsidiana tallada, y hasta dioses fueron algunos de los objetos y elementos que circulaban por esos caminos, creando enclaves regionales desde los cuales volvía a producirse una nueva red de distribución y relaciones.  Los comerciantes, los guerreros y aun los sacerdotes –además de diversas migraciones registradas en los códices del siglo XVI y en la tradición oral recogida a través de religiosos y funcionarios coloniales, como fueron las crónicas y las relaciones geográficas–, llegaron a cubrir un inmenso territorio, generando y recibiendo influencias culturales muy marcadas.

Quizás esa comunicación sea uno de los elementos que explica la gran homogeneidad de los elementos culturales mesoamericanos, no obstante la diversidad e identidad específicas a la que llegaron los grupos en sus diferentes etapas de vida.  No es casual que el proceso de expansión hispánica en el actual territorio mexicano fuera tan rápido durante el siglo XVI –prácticamente en esa centuria quedaron establecidas las principales rutas de comunicación terrestre que sobreviven hasta nuestros días–, pues las huestes españolas, en principio, demandaban información sobre los grupos indígenas, los caminos, los aguajes y las formas de alimentación que podían aprovechar, buscando las mejores condiciones para continuar su expansión y dominio en los nuevos territorios. Pero también formaban parte de sus indagaciones los yacimientos de piedras y metales preciosos, perlas, así como cualquier otro producto de la naturaleza que pudiera proporcionar la riqueza que demandaban los valores de esa época.   

LEYENDAS Y FUROR EXPLORATORIO     

Siguiendo las leyendas que hablaban de lugares fabulosos donde el oro recubría casas, calles y personas, se internaron diversas expediciones en el desconocido territorio americano hasta terminar, la inmensa mayoría de ellas, no sólo en el fracaso de su búsqueda sino en el desastre total. El regreso de Cabeza de Vaca a la Nueva España, acompañado de otros dos españoles y el Negro Estebanillo, después de varios años de peregrinaje en el sur de los actuales Estados Unidos, con noticias de muchos grupos indígenas y pueblos hasta ese momento desconocidos, provocaron un nuevo furor exploratorio entre muchos españoles que buscaban fama y gloria. Hacia 1540 la Nueva España conoció una nueva agitación provocada por el informe de fray Marcos de Niza, fraile franciscano, acerca de las ciudades de Cíbola y Quivira, ubicadas en lo más profundo y desconocido del septentrión novohispano. El virrey Antonio de Mendoza organizó una expedición que fuera en su búsqueda, bajo el mando de Francisco Vázquez de Coronado, entonces gobernador de Nueva Galicia. Así comenzó a cobrar forma la ruta del occidente novohispano hacia el norte. 

En 1546 se descubrieron las minas de Zacatecas y cuatro años más tarde la extracción de plata empezó a ser tan importante que llamó la atención de los pobladores novohispanos y la autoridades coloniales. Pocos años después se explotan las minas de Guanajuato y a partir de 1556, cuando se descubren las minas de San Martín en el norte de Nueva Galicia, nuevas expediciones fundarían los yacimientos que a lo largo del siglo XVI fijarían la ruta del Camino de la Plata: Fresnillo, Sombrerete, Chalchihuites, San Andrés, Mazapil, Nombre de Dios, Durango, Indehé, Mapimí, Avino, Santa Bárbara, San Pedro del Potosí y Pinos, por mencionar los más importantes, hasta concluir con la expedición que en 1598, dirigida por Juan de Oñate con el cargo de Adelantado, fundó el reino de Nuevo México.   

En síntesis, en un período de poco más de 50 años, las vías principales hacia el norte de México quedaron firmemente establecidas, teniendo como centro el Camino de la Plata, al grado que su trazo a lo largo de los siglos siguientes fue empleado para establecer las rutas contemporáneas.  Bajo el gobierno de Felipe II se abrió el septentrión novohispano, buscando la plata que demandaban la sociedad y los proyectos de la Corona. Pero las iniciativas políticas iban más allá de una simple ocupación del territorio para extraer metales preciosos, pues al mismo tiempo que buscaban extender la jurisdicción real en los territorios que formaban parte de los reinos españoles, otros muchos factores fueron configurando un desarrollo distinto de la vida a lo largo del Camino de la Plata y dando un rostro propio e identidad a los asentamientos que lo formaron.   

LOS CHICHIMECAS, FEROCES GUERREROS     

Para empezar, los chichimecas fueron el principal obstáculo que enfrentaron los españoles en su avance hacia el norte durante el siglo XVI. Cazadores-colectores, nómadas temporales, recorrían grandes extensiones en busca de los alimentos que aseguraban su subsistencia. No sólo resultaba difícil identificar sus campamentos y sus características culturales, sino además fue imposible reducirlos rápidamente, como ocurrió con los indígenas en el Valle de México o en el sur.

Eran hábiles y feroces guerreros que dominaban con gran maestría el arco y la flecha, con un conocimiento profundo de los territorios donde habitaban y, sobre todo, habían desarrollado una impresionante capacidad para sobrevivir en las condiciones más difíciles que ofrecía la naturaleza.  Las noticias que recorren las villas y ciudades de toda la Nueva España, sobre todo a partir de 1550, son los continuos ataques de los chichimecas a los viajeros que transitaban por los escasos y desprotegidos caminos. Muy pronto se inició una guerra “a fuego y a sangre” para combatirlos, además de dotar de soldados a las caravanas –formadas por comerciantes, mineros, pobladores españoles e indígenas, esclavos– cuando su destino eran los yacimientos mineros que se iban descubriendo o ya estaban en plena actividad. Durante esa etapa, las autoridades coloniales recurrieron a la fundación de presidios y misiones, tanto para enfrentar a los indígenas y proteger a los viajeros y los envíos de la plata a las cajas reales de la Ciudad de México, como para convertir al cristianismo a los chichimecas. Pero los resultados fueron poco exitosos: se trataba de una guerra de subsistencia que no admitía soluciones intermedias precisamente por la naturaleza y peculiaridades de estos grupos. 

Hubo voces que reclamaron al rey un cambio en la política seguida en las zonas mineras recién pobladas, como fue el caso de los franciscanos de Nueva Galicia, encabezados por fray Ángel de Valencia, o de los agustinos de Michoacán, a través del Tratado de la Guerra de los Chichimecas, escrito por fray Guillermo de Santa María. Ambos frailes afirmaban que la captura de esclavos y la ocupación española de los territorios de estos grupos habían desencadenado la guerra y no había causa justa para combatirlos. Sus razones fueron escuchadas casi a finales del siglo XVI, cuando Felipe II ordenó el uso de métodos distintos y pacíficos para congregar y convertir a los chichimecas.  La larguísima, sangrienta y costosa guerra chichimeca llegó casi a su fin. Al mismo tiempo que se redujeron las expediciones militares y se prohibió el pago por las cabelleras de los indígenas –como prueba de que habían muerto–, o su captura como esclavos, por el Camino de la Plata salieron 400 familias tlaxcaltecas a poblar siete puntos dentro del arco de frontera para servir de ejemplo y enlace con los chichimecas. San Luis Potosí, Saltillo, Chalchihuites y Colotlán fueron los principales asentamientos surgidos de esas medidas, y quedaron bajo la custodia de una nueva figura militar que recorrió esos caminos: el protector de frontera, encargado de cuidar la paz en esas poblaciones y las rutas que las comunicaban. 

Todavía hacia 1587, un español que viajaba por el Camino de la Plata y llegó hasta Chiametla, en la actual Sinaloa, escribió a su mujer que “desde que salí de México hasta entrar en Zacatecas no se me cayeron las armas a mí y a mi caballo de a cuesta, y las armas de pies a cabeza yo y el caballo, porque hierve la tierra de chichimecas, una generación del demonio, y otras muchas generaciones, que, por no ser largo, no digo, y a todo esto ningún poblado, y agua de ocho a ocho leguas, y poca y mala, durmiendo en el suelo y con mucha nieve… y cada noche tocándonos arma, y de día matándome los amigos”.   

MERCANCÍAS Y MERCADERES     

Otro elemento que acompañó la riqueza minera fue el tránsito de mercancías y mercaderes. Aunque en el siglo XVI muchas de las tierras del norte eran enormes bosques antes de la presencia hispánica, con pequeñísimas zonas de agricultura temporal que practicaban algunos grupos chichimecas, el consumo de madera y carbón para fundir la plata rápidamente dejó en la aridez el entorno inmediato de todos los reales de minas. Si agregamos las enormes cantidades de mineral de desecho que eran arrojadas y lavadas cuando se introdujo el sistema de patio, contaminando la tierra, el resultado fue la dificultad para tener centros de abastecimiento cercanos, sobre todo agrícolas.  Las recuas, los carros y las espaldas de los mercaderes indígenas transportaron miles de toneladas de alimentos, ropas, herramientas, objetos suntuarios, libros, medicinas, etc., para mantener las poblaciones que en las minas tenían explosivos crecimientos y descensos, como fenómenos migratorios, según fuera la calidad y la cantidad de plata extraída de las vetas. Con el desarrollo de regiones agrícolas próximas a las zonas mineras, fue más importante la demanda de los productos requeridos para la dieta y vida cotidiana de los españoles que, a pesar de la distancia, seguían trayéndose a cualquier precio aceite de oliva, especias, quesos de oveja, embutidos, así como telas finas (holandas y terciopelos), perfumes, joyas labradas e instrumentos musicales. 

De regreso a la Ciudad de México, arrieros y mercaderes transportaban la plata quintada que por derecho recibía la Corona, así como la del pago de las mercancías vendidas y los envíos de particulares a sus parientes o socios en las ciudades novohispanas o en España. También eran el medio para remitir la plata obtenida de los procesos judiciales, especialmente de los remates de los “bienes de difuntos”. Aunque hay pocos estudios sobre la producción de plata a lo largo del período colonial, de las cifras registradas por Alejandro de Humboldt en el período de 1785 a 1789, los ingresos de las cajas reales de las intendencias mineras de la Nueva España ascendieron a 9,730,000 marcos de plata, siendo cada marco equivalente a ocho pesos y medio. Casi desde finales del siglo XVII hasta mediados del siglo XIX, la producción de plata en la Nueva España aportó al menos la tercera parte de la producción mundial y, en ocasiones, llegó a superar el 60 por ciento.   

INDIGENCIA Y EPIDEMIAS     

 Siguiendo las huellas y el sonido de la riqueza, como en toda cultura, las múltiples manifestaciones de la indigencia siguieron también el Camino de la Plata, esperando resolver sus carencias o como “viajeros” involuntarios. Por una parte, españoles empobrecidos, indígenas desplazados de sus comunidades o huidos del control de sus encomenderos y autoridades, vagabundos, charlatanes, tahúres, clérigos que decidían abandonar su estado y hasta ingleses sobrevivientes de naufragios, trataron de encontrar en los asentamientos mineros una forma de ganarse la vida. Esas figuras trashumantes fueron tan habituales en los caminos y en las ciudades populosas que pronto se dictaron medidas para erradicar su presencia, a veces peligrosa. Por otra, enfermedades y epidemias tuvieron en el Camino de la Plata un medio para difundirse a gran velocidad y enormes distancias. Las epidemias que comienzan a extenderse en todo el territorio novohispano aparecen en 1544, y se repetirán con una fuerza inusitada en sus efectos destructivos en 1576, matando a más de dos terceras partes de la población indígena que laboraba en las minas. Los viajeros y sus pertenencias fueron portadores de esa terrible amenaza que a lo largo de los siglos XVII y XVIII siguió manifestándose. Las crisis agrícolas provocadas por los fenómenos naturales, el exceso de trabajo en las minas y la carestía hacían de los pobladores presa fácil cuando las epidemias atacaban.   

FUSIÓN CULTURAL     

Pero hay otro elemento que siguió el Camino de la Plata: la cultura y la fusión cultural que produjo el contacto entre diversos grupos humanos. Además de las pocas presencias indígenas que sobrevivieron a la guerra chichimeca, la plata atrajo indígenas mexicanos, tlaxcaltecas, otomíes, tonaltecas y mayas. De Europa, si bien es cierto que la presencia dominante y mayoritaria fue la española –procedentes de los reinos de la península ibérica–, también vinieron portugueses, flamencos, franceses, italianos, ingleses y alemanes. De Asia, sobre todo de Japón, hubo algunos personajes que llegaron y se establecieron durante cierto tiempo en algún punto del camino. Los negros, procedentes de África, llegan a formar casi una tercera parte de la población de los asentamientos mineros a finales del siglo XVIII. Esas presencias, además de las condiciones de frontera que durante muchos años vivió el septentrión, propiciaron un mestizaje acelerado, tanto en lo cultural como en lo biológico.  Los espacios urbanos creados por la riqueza minera proyectaron su presencia en claro intento de competir con las ciudades que servían de sede a los poderes temporales y espirituales.

Clara Bargellini acertadamente ha bautizado con el nombre de “La arquitectura de la plata” a tantas iglesias parroquiales de las ciudades mineras, cuya traza fue terminada en el siglo XVIII, erigidas con pretensiones catedralicias. Sus clérigos, religiosos e intelectuales, formados bajo la influencia del barroco, concibieron en sus sermones y sus libros un espacio imaginario que concebían semejante a las grandes epopeyas de la antigüedad.  A cielo abierto, acompañados del sonido de las carretas, las voces de españoles, indígenas y negros, los viajeros del Camino de la Plata abrieron una de las rutas más grandes de América. Camino de ida y vuelta, de riqueza material y espiritual, dejó un legado que forma parte fundamental de la identidad de México. El patrimonio histórico cultural creado a lo largo de esta ruta enfrenta múltiples retos para su conservación y disfrute por todos los mexicanos, pero no la indiferencia que ha llevado a la pérdida de esas manifestaciones culturales en otros países.

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