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Chignahuapan, el pueblo de los colores y las esferas

Te contamos todo lo que puedes hacer en Chignahuapan, uno de los pueblos mágicos más coloridos de todo México.

05-08-2019, 3:42:12 PM
Chignahuapan, el pueblo de los colores y las esferas
Obed Palafox
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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.

Chignahuapan es el pueblo de casas de colores, con un quiosco de colores y artesanías de colores, donde el viento circula moviendo de aquí para allá las tonalidades más vibrantes y luego lo deja todo así: pigmentado y luminoso. Alguna vez fue territorio totonaca, fue también el Tetehuitic, en tiempos de Hernán Cortés, donde los chichimecas adoraron a Mixcóatl, dios de la lluvia. Ha sido y es todavía el sitio donde el agua fluye. Ahí están su laguna y sus ríos, su cascada y sus aguas termales para dar cuenta de la abundancia.

Alrededor del quiosco

El centro ha de girar siempre en torno de su colorido quiosco. Construido en 1871, de madera, con el delicado entramado que solamente el arte mudéjar consigue, el quiosco asiste todos los días al ir y venir de la Plaza de la Constitución. Debajo de él quedó una fuente que a veces se olvida. Muy cerca hay un par de bustos rindiendo sincero homenaje a Rafael Méndez e Ildefonso Illescas.

El primero enseñó al pueblo a hacer esferas, el segundo es el sacerdote que puso su empeño en levantar la Basílica de la Inmaculada Concepción. Hacia el suroeste de la plaza, una escultura de Gaspar Henaine, mejor conocido como “Capulina”, recuerda que el comediante nació aquí. El este de la plaza está marcado por la presencia del Palacio Municipal y la Parroquia de Santiago Apóstol.

Hay que detenerse en la entrada al palacio, pues un par de murales cuentan todo lo que es necesario saber de Chignahuapan: desde la leyenda prehispánica que narra su fundación o la danza que no olvida al patrón del pueblo, la de los santiagueros, hasta la ofrenda de las mil luces que se lleva a cabo en Día de Muertos.

La parroquia es otro universo al que acercarse lenta, curiosamente. Si bien la iglesia fue fundada en el siglo xvi, la fachada que ahora vemos, de argamasa, fue diseñada y retocada entre 1752 y 1822, y es el mejor ejemplo de ese barroco que los indígenas hicieron suyo, escondiendo a sus dioses entre la retahíla de imágenes cristianas. Si se busca, se encuentra; por ejemplo, Tláloc está oculto entre frutas y relieves. Las gárgolas son serpientes que en silencio guardan plegarias dirigidas a Quetzalcóatl.

Arriba, en el tercer cuerpo, aparece Santiago Apóstol en alto relieve, llevándose consigo toda la Edad Media: con su caballo y su espada desenfundada, con su bandera ondeando como si todas las luchas apenas comenzaran. En la torre del lado derecho se encuentra el primer reloj elaborado por la famosa fábrica Centenario de Zacatlán. Y en el interior de la iglesia aguarda, sobre un altar neoclásico, la Virgen de la Asunción. Está acompañada por un par de retablos barrocos a los lados, dedicados al Sagrado Corazón y la Inmaculada Concepción.

Muy cerca de la plaza principal, sobre la calle Romero Vargas, se halla el hogar de esta virgen. Se trata de la Basílica Menor de la Inmaculada Concepción y si existe es gracias a los esfuerzos del padre Ildefonso Illescas, quien en lugar de diezmos pidió a los fieles colaboraran con piedras para levantarla. Desmesurada en tamaño, con sus catorce metros de altura y su azulado manto al vuelo, la imagen de la Inmaculada parece acoger a todo aquel que a ella se acerca. Fueron José Luis y Carmen Silva quienes la hicieron en la década de los sesenta, toda en madera de cedro. Sobre sus brazos lleva la virgen a Jesús niño y él a su vez sostiene a la paloma del Espíritu Santo.

La Laguna de Chignahuapan

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Ubicada a unos pasos del centro, esta mítica laguna constituye una visita obligada. Es ella la que dio nombre al pueblo, pues sus nueve ojos de agua o manantiales son justamente lo que en náhuatl significa “Chignahuapan”. Aquí llega en noviembre la procesión de las antorchas para celebrar en el teatro adyacente el Festival de la Luz y de la Vida, y se recuerda entonces esa leyenda prehispánica que cuenta que toda alma debe pasar primero por nueve pasos (nueve ojos de agua) antes de llegar al Mictlán. Simbolismos aparte, la laguna demanda una prolongada mirada. Llena de brillos, de nubes que pasan reflejadas, es perfecta para andar en lancha o recibir a los entusiastas que en septiembre asisten al Torneo de Pesca de Trucha.

Archivo MD

Entre manos

Hubo un tiempo en que la madera lo era todo para Chignahuapan. Sus habitantes aprendieron que de los árboles podían vivir, así se dieron a la tarea de desarrollar bosques certificados, abrir aserraderos, crear muebles. Después llegaría al pueblo, venido de Pátzcuaro, el michoacano Rafael Méndez. Fue él quien enseñó a la gente de aquí a fabricar esferas navideñas. Poco imaginaba entonces el recién llegado que al primer taller por él establecido habrían de seguirle cientos, tres décadas después. Hechas de vidrio soplado y pintadas a mano, las esferas son el objeto de mayor estima en este Pueblo Mágico.

A quien el barro interese tendría que visitar el taller de la familia Castro Sosa (Manuel Ávila Camacho s/n, en el Corredor Educativo). Se trata de cuatro hermanos que de su padre aprendieron la forma de moldear el barro, y para hacerlo utilizan el que proviene de la región. Hacen macetas y jarros, platones, saleros, figuras dictadas por la imaginación. Utilizan un horno de tabique y cuecen sus piezas con leña. No sorprende que su apasionado trabajo esté certificado por fonart.

Entre árboles

En los límites con Zacatlán, a siete kilómetros de Chignahuapan, se encuentra el Salto de Quetzalapan y el centro turístico desarrollado en torno a esa abundante cascada de 200 metros de altura. Tiempo atrás, en 1930, se estableció aquí una planta hidroeléctrica que terminaría por ser poco funcional en los años setenta del siglo pasado. Queda, para dar cuenta de esa época, acumulando años y maleza, un viejo cuarto de máquinas oxidadas en el camino que desciende hasta el pie de la cascada.

El agua que cae es la del río Quetzalapan, ese que viene desde la Laguna de Chignahuapan. Y la gente hace aquí rapel a un lado de la cascada, pierde el miedo a las alturas en la tirolesa que pasa por encima de ella, permite que los niños hagan lo mismo en la tirolesa infantil que atraviesa el río, o camina por el cable de alta tensión dispuesto para regalar un poco de adrenalina a quien lo cruza. Hay, además, un área reservada para campamentos (Km 7 Carr. Chignahuapan-Zacatlán).

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