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Descubriendo México en bicicleta: el paso entre volcanes

Sigue el viaje en bicicleta de Annika y Roberto mientras pedalean a más de 3,600 metros sobre el nivel del mar a través del histórico e impresionante Pasó de Cortés en el Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl.

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Embajadores de México desconocido ¡en bicicleta! #mexicoendosllantas

Nuestras bicicletas finalmente nos habían traído hasta aquí. Habíamos llegado a Amecameca uno de los lugares más cercanos a los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl. Para nosotros llegar a éste lindo e histórico pueblo representaba un gran logró anímico. Llevábamos meses saboreándonos esta victoria, sobre todo por qué sabíamos lo que representaba.

Y es que todo comenzó desde Febrero cuando Annika descubrió que podíamos pedalear hacia Puebla cruzando uno de los parques nacionales más emblemáticos de nuestro país. Nos referimos ni más ni menos que al Parque Nacional Iztaccíhuatl – Popocatépetl.

Nuestro plan era pedalear a través del famoso Paso de Cortés a más de 3,600 metros de altitud por donde se cree que Hernán Cortés vio por primera vez el Valle de México. Nos ilusionaba mucho pedalear entre  estos volcanes llenos de historia, tradición y mito.

Llegamos a Amecameca por la tarde cuando aún quedaban varias horas de sol. Aprovechamos la bella tarde para realizar una caminata corta al Sacromonte, desde donde obtuvimos una hermosa vista panorámica de los dos volcanes. La luz del sol iluminaba el poblado y el parque nacional de una manera espléndida. El espectáculo sólo acrecentó nuestra emoción de pedalear hacia arriba.

 Roberto Gallegos

La noche llegó y con ella las luces del mercado nocturno que ofrecía golosinas al por mayor. Compramos un par para endulzar nuestra subida por el Paso de Cortés y de paso ingerir los carbohidratos que tanto hacen falta cuando uno tiene que hacer recorridos de subida. Cenamos un tamal con atole y nos fuimos a dormir temprano.

A paso lento

El día de la verdad había llegado. Antes de empezar a subir visitamos un puesto de atención al turista ubicado en la explanada central atendido por Alfonso y Claudia. Nos recomendaron visitar el albergue Tlamacas, y registrarnos en cuanto llegáramos.

Empezamos a subir. De donde nos ubicábamos a la cima nos separaban 28 kilómetros. Estábamos a 2,200 metros de altura y teníamos que subir a 3,689 metros. El día había amanecido un poco nublado pero eso no nos desanimaba en lo absoluto.

 Roberto Gallegos

Desde que iniciamos podíamos ver las fumarolas del Popocatépetl, un espectáculo que impone respeto y a la vez admiración. En varias etapas de la subida las nubes alcanzaron a encerrarnos. Hubo varias veces que perdí a Annika entre la niebla.

Subíamos muy lentos, pero seguros. Cada pedaleo requería mucha fuerza para mover nuestras bicicletas pesadas por nuestro equipaje sin embargo el olor a pino, que era una constante, nos hacía sonreír. Mientras que el pavimento gris brillaba por la humedad que dejaba la niebla, se veía limpio y liso.

Después de dos horas de pedalear habíamos llegado a la mitad del camino. Decidimos parar a descansar en un viejo puesto de comida que estaba vacío. Había tranquilidad total y de vez en cuando se escuchaban cánticos de las diversas especies de aves que nos rodeaban. También se lograba escuchar pequeñas cascadas de agua limpia y fresca de la cima.

Después de un breve receso continuamos pedaleando hacia arriba. Varios carros nos rebasaron con cautela, en varias ocasiones sentí celos de la facilidad con la que ellos subían. A unos 5 kilómetros antes de llegar el cielo azul se dejó ver por unos breves momentos y con ello se abrió una ventana al majestuoso Popocatépetl. Casi se me sale una lágrima de la belleza que estaba presenciando.

Nos acercábamos a la cima. A 2 kilómetros antes de llegar vimos el puesto antiguo de entrada al Parque Nacional. Sabíamos que la cima estaba muy cerca. Tomé varias fotos a lo largo del camino sin embargo ninguna de las que tomé le hacían justicia a lo que estaba viendo. ¿Han sentido esto?

A unos 200 metros antes de llegar por fin se veía la cima. Annika y yo nos aseguramos de llegar al mismo tiempo, compartir nuestro gran logro. En bicicleta lo más alto que habíamos pedaleando habían sido 3,200 metros en Kirguistán, y hoy rompíamos ese récord en el país de nuestro corazón.

 Roberto Gallegos

¡Habíamos llegado, lo logramos! Annika y yo nos abrazamos y pronto monté mi trípode para sacarnos la foto de la victoria.

Aquella noche acampamos en la zona permitida del Parque Nacional. Tenía todo lo que un ciclista desearía tener en un espacio para acampar: limpieza, mesas para sentarse, basurero, vista panorámica y sin pagar por el espacio para dormir.

Por la noche debo de confesar que no dormí muy bien. Seguramente habría sido la altura que afectó mi sueño. A la mitad de la noche escuché el poderío de ¨Don Goyo¨, sobrenombre que le han otorgado al Popocatépetl.

 Roberto Gallegos

Al siguiente día me desperté emocionado a pesar de la mala noche. Los policías que resguardan el parque natural nos ofrecieron té y galletas. Tomamos ese pequeño desayuno en el Albergue Tlamacas, que por cierto está lleno de información bastante interesante sobre el parque y sus distintas caminatas.

Después realizamos una pequeña caminata antes de bajar hacia Puebla. Las nubes se despejaron un poco y Annika y yo nos quedamos alrededor de media hora contemplando la grandeza del Iztaccíhuatl, el volcán que permanece dormido.

Rumbo a Puebla

Siempre he dicho que México es como un país con muchos países pequeños. Para nosotros el Parque Nacional Popocatépetl- Iztaccíhuatl era como nuestro pequeño Nueva Zelanda. Ni pensar que a tan sólo 80 kilómetros está una de las ciudades más grandes del mundo.

A medio día decidimos dejar atrás el parque, jurando ambos que regresaríamos a la brevedad posible. Nuestro rumbo nos llevaría hacia Puebla.

De bajada el camino contaba otra historia. El camino no estaba pavimentado lo que aumentaba el sentido de aventura en la naturaleza. Nos encantó. Bajar entre los árboles, el lodo y un ambiente más salvaje hizo de nuestra experiencia insuperable aún más encantadora. Me paré varias veces a tomar fotos de las plantas y los árboles que nos rodeaban.

Vimos un par de conejos y pájaros de colores muy llamativos. La bajada relajó mucho la pedaleada y aunque no podíamos agarrar mucha velocidad, no nos importaba. Nos tardamos varias horas en bajar, aunque en realidad lo pudimos haber hecho en una sola.

Llegamos al pueblo de Xalitzintla y supimos que el Parque Nacional había quedado atrás. En un par de horas ya estábamos de vuelta en las zonas urbanas del Estado de Puebla.

Al llegar a Cholula volteamos hacia atrás y vimos más o menos por donde habíamos cruzado. Sin lugar a duda el Paso de Cortés ha sido una de las experiencias más especiales a lo largo de éstos cinco años viajando sobre dos ruedas.

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