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El futbol llanero

Se juega más con el corazón que con la cabeza; se desborda el alma en la fibra del músculo que se ha entrenado no en gimnasios, sino en la dura jornada diaria de cargar, empujar, jalar, romper la piedra o abrir el surco.

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Dos piedras, dos pedazos de ladrillo, dos arbustos o un par de postes son suficientes para demarcar la portería. Los equipos se conforman ahí, en el momento. No importa cuántos sean los jugadores, ya que si quieren jugar ocho, se hacen dos equipos de cuatro; igualmente se dividen si son diez, quince o veinte. Cuando sobra alguno, puede esperar en la banca o ser el árbitro, más que todo para que se entretenga, porque no hay tarjetas ni expulsados. ¡Casi no hay reglas!

Los límites de la cancha, aunque se establecen de antemano, son más bien imaginarios y se necesitaría un juicio salomónico muchas veces para decretar cuándo sale el balón, cuándo es fuera de lugar o desde dónde se lanza un tiro de esquina. A este tipo de partidos improvisados, en México se le conoce como “cascarita”, la cual se juega a la salida de la escuela, de la fábrica, o en una tarde ociosa.

El lugar puede ser cualquier callejón o hasta media calle, sin importar que los vehículos interrumpan constantemente las jugadas o que hay riesgo de sufrir un accidente, pues lo que más cuenta en el juego es el entusiasmo y la diversión.

El futbol sóccer es, sin duda, una de las grandes pasiones de los mexicanos. Miles de fanáticos se reúnen en los diferentes estadios del país para apoyar a su equipo favorito, mientras otros millones más -menos afortunados pero definitivamente en forma más cómoda- disfrutan del partido frente al televisor.

De cualquier manera, todos los aficionados viven, sufren y gozan, gritando su enojo, su inconformidad y su alegría ante los encuentros de sus equipos predilectos. Con frecuencia, las apuestas, discusiones, espectativas y remembranzas de los triunfos y fracasos son de los temas preferidos en las reuniones familiares y de amigos. Las caravanas de automóviles ondeando el estandarte de sus favoritos después de un partido empiezan a ser una costumbre en nuestra ciudad a pesar de ocasionar embotellamientos, sobre todo cuando los encuentros son entre equipos tradicionalmente rivales o en copas internacionales, cuando el orgullo de la patria inflama más el espíritu de competencia.

Sin duda, ver los partidos es excitante, pero jugar el futbol ¡es otra cosa! ¡Es la ilusión de un gran porcentaje de la población masculina!

En México existen varios equipos y ligas estatales y nacionales organizadas en escuelas estatales y nacionales organizadas en escuelas y clubes deportivos. Pero hay otro futbol, el futbol llanero, cuyas características lo hacen representativo de nuestra idiosincrasia popular. Es el futbol que se juega en el baldío, en la cancha prestada de una escuela, en terrenos donados o prestados que se acondicionan con una buena portería y tratando de ajustarse a las dimensiones profesionales.

No es “jugar la cascarita”, pues se trata de un futbol serio, organizado, más “profesional” que juegan, más que todo, aquellos niños, jóvenes y adultos que viven esta pasión y respetan este deporte. Es el futbol de los que tal vez nunca pisarán un estadio aunque juegan con todas las de la ley y en donde, muchas veces, hay una calidad, un estilo y una entrega que muchos profesionales envidiarían.

Los equipos llaneros en ocasiones compran, con muchos sacrificios, el uniforme y un buen balón, pagan la foto del equipo con la mascota; ¡como los profesionales!, y que con legítimo orgullo cuelgan en la sala de su casa. Estos partidos llaneros se juegan más con el corazón que con la cabeza, en ellos se desborda el alma en la fibra del músculo que se ha entrenado no en gimnasios, sino en la dura jornada diaria de cargar, empujar, jalar, romper la piedra o abrir el surco.

En los encuentros sabatinos, a veces los jugadores llegan arrastrando la resaca del viernes, ¡casi dormidos!, pero con el corazón firme y el ánimo dispuesto. En ocasiones se ponen los tacos y realizan los ejercicios de calentamiento como verdaderos autómatas, pero ya una vez dentro y empezado el juego, la pasión despeja la mente y se da lo mejor que se tiene. Para la gran mayoría de los jugadores, estos partidos son sagrados y se cuidan para mantener su mejor condición física.

Algunos artistas, verdaderos maestros en el arte de mover el balón; otros luchan y esperan pertenecer a una buena liga y destacar; muchos ocupan el estilo de sus héroes y sueñan con llegar a jugar como Hugo Sánchez, Mohamed, Jorge Campos, Luis García… No obstante, se conforman con hacer su mejor esfuerzo, disfrutar el encuentro y cerrar la semana con la nota estremecedora y relajante de haber jugado un buen partido.

Ellos no necesitan público, ya que juegan por el amor al futbol y normalmente su público se reduce a algunos amigos, las novias o esposas y sus chiquillos, que tantito observan y tantito ensayan sus propios goles y sus propias paradas.

El arbitraje no es fácil cuando las reglas y los límites del terreno del juego son imprecisos y se juega con tanto ardor, pues los ánimos se caldean, las faltas aumenta, las discusiones se vuelven agresivas, empiezan las miradas retadoras, los insultos, los empujones y los golpes, que muchas veces obligan al árbitro a suspender el partido. Sin embargo, siempre triunfan las ganas de seguir jugando, se reconcilian las diferencias y el partido continúa como si nada.

Las condiciones en las que se desarrollan los partidos generalmente no son muy buenas, pero a los jugadores, como a todo buen deportista, no parece preocuparles. No importa jugar en el lodo, si se juega bajo la lluvia o si el calor es sofocante. No importa si al final del partido hay como saldo un chichón, una rodilla inflamada o un tobillo dislocado. Para ello lo que más vale es la entrega, el deseo de competir, de triunfar; elementos todos del espíritu humano, tan bello y tan noble cuando está bajo un desteñido uniforme de futbol lleno de sudor y de tierra.

Fuente: México desconocido No. 243 / mayo 1997

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