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Hotel Encuentro Guadalupe, duerme en las nubes de Baja California

Ubicado en lo alto de uno de los cerros que rodea al fantástico Valle de Guadalupe, este hotel busca conquistar al viajero con su original propuesta arquitectónico-sustentable que mira hacia los viñedos. ¡Conócelo!

Con un clima ideal que permite al campo florecer en su generosidad y una larga tradición de trabajo de la tierra, el Valle de Guadalupe, quizá la más privilegiada región vinícola de México, prometía, desde hace algunos años, en convertirse en un destino único dentro del país. Con la llegada del peculiar hotel Encuentro Guadalupe, esa promesa parece más bien, una certeza.

El océano, brumoso y uniforme, se deslizaba paralelo a la carretera. Cuando entramos al valle, algunos kilómetros después, me sobresalté por el brusco cambio en el terreno; frente a mí yacían montañas salpicadas con enormes rocas redondas y blancas, como si fueran los huevos petrificados de antiguas y fantásticas bestias.

Bienvenido al desierto

Con esta sensación aún fresca en mi mente, llegamos a Encuentro Guadalupe, donde la inusual forma de las habitaciones arrebató mi atención inmediatamente. Erguidas sobre pilotes y repartidas en el cerro, dan la impresión de haber sido depositadas en la tierra sin haber movido ningún elemento del entorno.

La impresión es paradójica; al tiempo que sus rígidas y modernas siluetas contrastan con el paisaje, logran una armonía descomunal con el hermoso desierto rojizo de sus alrededores, de ahí que endémico fuese un adjetivo certero para convertirse en el nombre del hotel, otorgando así su principal atractivo y valor estético: la arquitectura se adapta al entorno y no viceversa. El hotel Encuentro Guadalupe, es un ambicioso complejo arquitectónico que reúne varios proyectos en cuanto a gastronomía, enología y hotelería y que, por su concepto, pronto estará dando mucho de que hablar y será un destino en sí mismo, dentro de la ya de por sí nutrida oferta de la región.

Hotel Endémico, Baja California / Foto: Ilán Rabchinskey

Saliendo de la recepción, me invitaron a subir a un pequeño vehículo todoterreno e instantes después recorría velozmente las veredas de esta especie de “campamento de lujo”. En lo alto del cerro paré en seco para contemplar la vista en silencio; los últimos rayos del sol pintaban de ocre las montañas a la distancia y, abajo, el Valle de Guadalupe respiraba en su verdor, mientras el cielo se transformaba en tonos de morado. Aunque enajenado por la abrupta belleza de la vista que se desplegaba ante mí, logré abrir una botella de merlot local: había llegado a mi destino.

El valle y sus frutos

Después de haber pasado una de las noches más placenteras de mi vida en mi ecoloft, la cálida mañana, de luz clarísima, era ideal para bajar al valle y explorar algunas de sus casas vinícolas, según la recomendación certera de mis nuevos amigos de Endémico, quienes me facilitaron un guía.

La primera parada fue Quinta Monasterio, donde Reynaldo Rodríguez, enólogo y orgulloso portador de la tradición vinícola de su familia, me platicó que la historia de la uva en el valle empieza a mediados del siglo XIX con los misioneros jesuitas que sembraron las primeras cosechas. Hoy en día hay alrededor de sesenta vinícolas en el valle, desde operaciones familiares y artesanales a las grandes marcas industriales. El recorrido arrojaría que son precisamente las pequeñas o medianas casas las que logran los mejores vinos, reflejo de su pasión y trabajo con la tierra y los elementos. Antes de continuar, caminé un rato entre las uvas, mientras cataba un profundo y bien balanceado Cabernet-Merlot 2009.

La siguiente visita resultó ser un verdadero ejemplo de lo que se puede lograr cuando una comunidad se junta. La Estación de Oficios el Porvenir, abierta hace diez años por Hugo D’ Acosta —enólogo estrella y personaje recurrente en la historia reciente del valle— es una escuela comunitaria gratuita de oficios relacionados al vino y el olivo (el otro producto principal de la región) y se enfoca en rescatar la producción del vino desde la raíz. De esta singular incubadora han salido decenas de etiquetas, estimulando la economía local, dando su lugar a la comunidad y generando cohesión social. Víctor Moreno, enólogo relacionado al proyecto, me dijo que simplemente “se trata de devolverle al valle un poco de lo que nos da”.   

Un poco después y con muy buen sabor de boca, llegué a Hacienda La Lomita, una de las vinícolas más nuevas de la región que, junto con Quinta Monasterio y otras como Alximia, conforman la nueva ola del valle, inyectando nueva sangre y propuestas modernas en la creación de esta bebida milenaria. Ahí me esperaba Fernando, el propietario de este negocio familiar, quien me compartió un fresco chardonnay mientras me platicaba de los procesos de cuidado y selección rigurosa de la materia prima desde el campo hasta la botella.

Vinícola Hacienda La Lomita / Foto: Ilán Rabchinskey

Antes de despedirnos, Fernando se detuvo frente al viñedo y dijo: “El trabajo del enólogo es proveer un entorno limpio para que la uva pueda expresarse”. Me pareció que, al final, ésa es la esencia misma de la vinificación: dejar que la naturaleza nos hable.

El horizonte de fuego

Antes de regresar a disfrutar del antes conocido como Hotel Endémico, paré en un clásico gastronómico local, El Mesón de Mustafá, donde probé una de las especialidades de la casa: el cordero marroquí con gravy de almendras, miel y cous cous, fusión deliciosa e insospechada; seguido por quizá el mejor pay de manzana casero de Baja California.

De regreso fui directamente a mi habitación para dejar la cámara y tomar un respiro. Los interiores blancos y minimalistas, el diseño atractivo y cálido de los muebles, me sugerían quedarme entre cuatro paredes a disfrutar de la tranquilidad, pero el atardecer, afuera, tenía otros planes para mí. El cielo comenzó a exhibir una inverosímil sucesión de colores que por momentos parecían arder el horizonte, junto con el desierto mismo. Salí a mi terraza privada y encendí la chimenea exterior como queriendo añadir aún un poco más de fuego a la escena.

Hotel Endémico, Baja California / Foto: Ilán Rabchinskey

Hotel Endémico, Baja California / Foto: Ilán Rabchinskey

Permanecí ahí un buen rato, hasta que las luces en el valle se encendieron poco a poco y el viento de la noche me trajo los últimos murmullos del día. En mi boca permanecía el sabor del vino y en mi conciencia, el de la tierra prodigiosa que lo permite.

Dónde dormir

• Encuentro Guadalupe Carretera Tecate-Ensenada, Km 75. Valle de Guadalupe, Ensenada.
Tel. 01 800 123 3454.        
res@designhotels.com    
www.grupohabita.mx

Dónde comer

• El Mesón de Mustafá
Carretera Tecate-Ensenada, Km 93.

• Laja
Carretera Tecate-Ensenada,     Km 83.

• Silvestre
Carretera Tecate-Ensenada,     Km 73.

Vinícolas

• Quinta Monasterio
www.quintamonasterio.com

Hacienda La Lomita
www.haciendalalomita.com.mx

Alximia
www.alximia.com

• Estación de Oficios el Porvenir
www.estacionporvenir.org

Cómo llegar

Desde Tijuana, tomar la Carretera Federal 1D, 100 km hasta el entronque con la carretera 3 (Ensenada Tecate), ahí dar vuelta a la izquierda y continuar 30 km hasta llegar al valle.

Datos complementarios

– A principios del siglo pasado, poco más de 100 familias rusas se establecieron en el Valle de Guadalupe. Muchas de ellas retomaron la producción de los viñedos que en años anteriores había quedado casi en el olvido; ayudando a rescatar la industria del vino en toda la zona. Una de las pocas casas vinícolas rusas que permanecen hasta hoy es Bibayoff.

– Las características climáticas del valle lo hacen único. Su altitud (420 msnm), distancia con el mar (25 km), temperatura y tipo de suelo se conjugan para crear un ambiente mediterráneo donde el vid y el olivo se desarrollan generosamente. La temperatura puede subir mucho durante el día, pero por las noches el aire húmedo de la costa entra para regular las condiciones.

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