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Las hijas del adiós: relato de un paseo por Chihuahua

Después de visitar Chihuahua, el escritor Armando Vega-Gil creó esta narración que, entre realidad y ficción, cuenta la historia de Mariana y de una imbrincada cadena de hombres y mujeres signados por abandonos, huidas y amores truncos en una ciudad que se antoja vital y moderna.

04-02-2017, 8:45:17 AM

Armando Vega Gil

Mariana llegó de noche a Chihuahua. Elvia, su joven vieja amiga, le había dicho, entre broma y verdad, que viajara a esa ciudad norteña, o muy tapada por aquello de los fríos quebrantahuesos de la madrugada, o muy de ropa ligera y clara por si las altas temperaturas del desierto la atrapaban como a los descuidados transeúntes del mediodía, turistas, por supuesto, que caían como moscas por los golpes secos de calor. “Exagerada”, le dijo entre risas. Pero la suerte había estado de su lado y, al salir a mirar las estrellas, una tibieza deliciosa acarició el pecho de Mariana, sus hombros desnudos y el rostro, esa tibieza que solo el abrazo de una bisabuela podría darle, y se echó a llorar quedito, feliz.          

Vista panorámica nocturna de Chihuahua / Armando Vega-Gil         

LA LLEGADA

Mariana decidió ir del aeropuerto directo al Sheraton Soberano, a 35 minutos de distancia, sin pasar por el centro de la ciudad, pues quería registrar la vida chihuahuense desde las primeras horas del sol, que despierta el ingenio de sus habitantes, y no cuando se disponen a dormir. Ya madrugaría, y eso la entusiasmaba. Encima, Elvia le había dicho que los desayunos allí eran geniales y, empezar el día con comida guisada en la propia Chihuahua, pensó Mariana, le abriría los ojos de un modo novedoso. Tortillas de harina como no se hacían en su casa desde hacía mucho (“ay, bisabuela”, suspiró), machaca, puntas de filete, jugo de tunas, frijoles refritos con manteca.
                    
Por supuesto, Mariana no pudo dormir y la pescó el amanecer de poderosos naranjas en su cuarto, mirando desde el ventanal cómo una enana roja coloreaba aquella zona aledaña a Chihuahua capital, que mostraba un brazo de la ciudad como un preámbulo presagioso.
                    
Tardó 20 minutos en llegar al centro, a una plaza abierta, donde revoloteaban decenas de niñas que habían participado en una acto público con coronas de flores, sillas y carpas para aislarlas de las radiaciones solares. Todo era un gritar sin freno, risas y regaños de maestras que querían hacerlas entrar en orden. Muchas de las jovencitas arrastraban la “ch” para quitarle a ese fonema la dureza y suavizarla, tal y cómo lo hacía la bisabuela que había conservado su acento chihuahuense como un emblema de orgullo, ella que, en las madrugadas, a pesar de la distancia, seguía tirando tortillas y preparando la comida del día como antaño. Las “mushashas de Shihuahua”.                   

CHIHUAHUA CERO

En el centro del Zócalo había una estatua de bronce con un hombre que señalaba un punto en el suelo. Este militar y gobernador había decidido, en un voto de calidad para romper un empate, que allí mismo se fundaría un Real de Minas como un punto de avanzada en la apropiación forzada, a sangre y fuego, del norte aciago de la Nueva España, a cambio de oro y plata a montones. ¿Allí había comenzado la historia Mariana, en la confluencia de los ríos Sacramento y Chuvíscar?, ¿o más atrás, en las caminatas de los nómadas chichimecas que buscaban agua y alimento entre peñas y matorrales apretados? Pero no, el punto exacto de Chihuahua Cero estaba en un si llar de la compleja fachada de la Catedral: un pulidísimo punto de bronce engastado en la cantera con un letrero casi desaparecido de tanto que los hombres y las mujeres de allí pasaban sus dedos por el inicio de su historia reciente.

Catedral de Chihuahua / Armando Vega-Gil
                    
Elvia había pedido a Miguel Anguiano, cronista meticuloso de la ciudad, que paseara a Mariana por el centro en lo que ella terminaba un quehacer. Mientras, Miguel terminaba de un bocado gustoso un burrito callejero de frijoles con queso asadero montado, paseaba a Mariana por el interior de la catedral y la llevaba a una estampa de la Guadalupana firmada por León Toral; sí, el mismo que asesinara a Obregón en el parque de la Bombilla en la Ciudad de México. Y es que la catedral está conectada a sitios retirados con una red de túneles que horadó el suelo para uso de parejas enamoradas y muy conservadoras que, pese a la guerra cristera y la política anticlerical de ese mismo Álvaro Obregón, se escurrían hasta el presbiterio de la iglesia para casarse en secreto en las madrugadas.
                    
Muchas historias de matrimonios y amores desmembrados en el radio de la Chihuahua Cero. Mariana siente el mareo de reconocerse en los fragmentos de aquellas anécdotas.
                    
Hacia el frente, cruzando el Zócalo, atravesando nubes de palomas, está el Palacio de Gobierno; y, allí dentro, el lugar exacto donde fusilaran a Miguel Hidalgo y Costilla. ¿Qué sería de su batallón de hijos fiesteros e hijas amadas, de su esposa “ilegal”, entre comillas porque para el amor romántico no existe legalidad? ¿Qué dirían los huérfanos y la viuda cuando supieran que el cuerpo de su padre y hombre amado yacía en Chihuahua y su cabeza pendía como una colmena podrida y aterradora en una esquina de la Alhóndiga de Granaditas?                   

¡AY, MIS HIJOS!                   

A 10 minutos de allí están por igual las oficinas de Benito Juárez, instaladas en una sobria mansión, cuando él y su gabinete huían del enemigo franchute y de los conservadores entre el olor de la pólvora y las amenazas de cárcel y ejecución. Juárez no podía abandonar territorio nacional para no perder su investidura; pero estar allí con sus cuatro hijos equivalía a tenerlos en vilo sobre las mandíbulas de la muerte, y se decidió que fueran con su madre a Nueva York: allí estarían más seguros.

Museo Casa de Juárez de Chihuahua / Armando Vega-Gil
                    
La despedida fue de llanto y miedo. Pero Nueva York no era un lugar seguro. No. Murieron allí dos de sus pequeños. Si se hubieran quedado en Chihuahua, sin duda habrían sobrevivido, pensaría Benito, mirando con el alma quebrada el techo de manta de su cama vacía, vacía de la compañía de su esposa, de sus hijos, de su propia alma. Mariana tomó una foto del escritorio de Benito y una sombra cruzó por allí. ¿Habrán regresado a esa casa los fantasmas de sus muertos?                   

POSIBILIDAD MARCHITA                 

También en Nueva York murió, años más tarde, Lerdo de Tejada, secretario particular de Juárez, quien había dejado una enamorada en Chihuahua y con la cual no pudo casarse. La mujer, reponiéndose al amor fenecido del futuro presidente de la nación, se casó y engendró a un pequeño. Lerdo, en cambio, jamás pudo hacerse de una esposa, jamás pudo dejar descendencia. Al final del relato, los restos de este desterrado pasaron en su cortejo fúnebre por Chihuahua capital, y se cuenta que la exenamorada salió a la calle de mano de su primogénito y le dijo en voz alta, para que todos se enteraran: “Mira, allí va el hombre que pudo ser tu padre”.
                
Amor suspendido, posibilidad marchita. Como el de la bis de Mariana, por eso ella está nerviosa, todos estos relatos se embrollan con su propio origen. Anguiano nota la ansiedad de esta chica fuereña con acento incierto, ¿de dónde eres?, quiere preguntarle, pero posterga la entrevista. “Cuéntame todas las historias de amor perdido que recuerdes”, lo urge Mariana, quien agrega en voz de silencio, “sé que yo vengo de una de ellas”.
                    
Retrata ella palomas borrosas, y bajan por la traspuerta de catedral. Por allí deambula, en las madrugadas sangrientas, Pascualita con su vestido de novia. En 1930, la joven iba a contraer nupcias, y, ya emperifollada y de blanco, ya tan nerviosa, no se dio cuenta de que en su tiara, confundida con perlas y pedrería, había un alacrán güero. Ponzoña en la cabeza. Muerte.
                    
Del novio no hubo noticias (¿se autoexiliaría?). Su madre, dueña de una tienda de vestidos de novia de la que había salido el que al final sería la mortaja de su hija, trajo de Francia un maniquí que más bien parecía un cadáver bella y aterradoramente embalsamado.
                    
Los chismes dicen que quizá se parecía demasiado a la difunta. Mariana pide a Miguel que la lleve a la Popular, tienda de trajes de novia. Ella quiere (¿necesita?) retratar de cerca el rostro de Pascualita, pero un dependiente la corre de mala manera, pues solo se permite fotografiar a la momia desde la calle.        

EL VÍNCULO

“No te preocupes”, le dice su guía, “te voy a llevar al corazón de una historia de amor que sí se volvió real, aunque sus nervaduras se hayan roto. Vamos a la casona de Luis Terrazas”. Pregunta Mariana desorientada: “Don Luis. ¿Ese hombre al que le preguntaban que si era de Chihuahua y contestaba que no, que Chihuahua era de él?”. Miguel, que no aguanta más la curiosidad, pregunta a Mariana por su apellido, y ella contesta con firmeza, al borde del desafío: “Terrazas, me apellido Terrazas por parte de madre”.

Anguiano, discreto, finge que no ha pasado nada y habla sobre este hombre que había acuñado sobre una red de complicidades y corrupción, olfato para el negocio y las alianzas y desmesurada riqueza, cuando apenas Chihuahua capital era un villorrio pequeño, gracias al comercio, la banca, la ganadería y las minas, en una época en que las oligarquías se cerraban sobre sí mismas, pactándose matrimonios solo entre algunas familias, incluso entre primos, tíos y sobrinas, acercándose peligrosamente al incesto y sus efectos trágicos sobre los hijos: la locura, el suicido y la muerte temprana.
                    
A esta mezquina costumbre se le conocía como cuota de sangre. Todos los solteros acomodados de la época le echaban el ojo a las hijas de Terrazas para emparentar con quien los pudiera catapultar hacia el mundo de la riqueza.
                    
Bastaba ver la casa de Luis Terrazas para tener una idea del poder que chorreaba su dinero. La casona, de un estilo afrancesado, muy porfiriano por lo recargado, es hoy en día un restaurante que se asume como el más caro de la capital. ¿Cómo superar esta pieza arquitectónica?, o mejor dicho, ¿por qué ir más allá?
                    
El ingeniero Gameros, un hombre poderoso que ambicionaba más, pretendió a una hija de Terrazas, Elisa, recientemente enviudada. Don Luis le respondió que su décimo primera cría era una princesa y que una princesa requería de un palacio. Gameros, un vejete ampuloso y feo, aceptó el reto y mandó a su arquitecto de mayor confianza al sur de Francia a que visitara una mansión que había sido la admiración de don Luis para que de allí se inspirara y realizara el proyecto de una quinta reservada para Elisa. El arquitecto era un colombiano guapo, joven y lleno de futuro.
                    
La Quinta Gameros por fin estuvó lista el 20 de noviembre de 1910, el mismo día que estalló la Revolución. Luego entonces, la fastuosa casa, se dice, jamás fue habitada por el ingeniero ni Elisa, pues, en la rebatinga, temerosos de la llegada de Pancho Villa y la salvaje División del Norte, la burguesía chihuahuense escapó trabajosamente hacia Estados Unidos, por el camino de Ojinaga, en lo que se llamó La Caravana de la Muerte. Terrazas y Gameros ya habían pactado la boda; pero en la confusión del escape, Elisa subió a un carruaje no programado; dentro estaba el arquitecto colombiano esperándola para embarcarse hacia Veracruz, rumbo a Colombia. A la mujer la acompañaba, antes que la nana o el ama de llaves, su cocinera: Antonia. Y ella, a su vez, cargaba en su vientre un hijo natural que, gracias a un acuerdo harto de retruécanos, llevará el apellido Terrazas.

Quinta Gameros / Armando Vega-Gil
                    
De golpe, Miguel Anguiano, reconoce el acento de Mariana. “Eres colombiana, ¿verdad?”. Mariana sonríe cuando una sombra cruza por delante de uno de los vitrales de la Quinta Gameros. Esa casa ha sido hospital, cuartel general, palacio de justicia, estación de radio, rectoría universitaria. Hoy es una galería en la planta alta. En el primer piso hay muebles fastuosos de estilo art decó que al parecer nadie ha tocado. Aquí se pelearon casi a muerte Carranza y Pancho Villa. Incluso Villa se robó una yegua (no caballo) de Gameros, la Siete Leguas, lo que pudo haberle costado la vida, por fusilamiento; pero Doroteo no murió aquí, sino que fue asesinado en Parral, dejando 34 viudas documentadas (más las que aparezcan). La más querida, sin duda, Lucecita, terminó rodeada de 300 hijos e hijas huérfanas que había adoptado Pancho al verlos dormir en las calles de la Ciudad de México: los hijos e hijas del adiós que habían perdido a sus padres en las carnicerías revolucionarias. Un mausoleo erigido a Pancho Villa en el parque Urueta, por las noches, parece el cuerpo anguloso de un fantasma que invocaba esos 300 hijos de Pancho. Un gobernador loco quiso trasladar el mausoleo a la Plaza de la Grandeza, pero los chihuahuenses se opusieron, pues a los muertos hay que dejarlos en paz.         

Mausoleo a Pancho Villa / Armando Vega-Gil           

¡AY, MIS HIJAS!                   

De la Gameros, tras veinte minutos de caminata (ahora el sol sí que arrecia), se llega a Quinta Luz, la casa de la mujer de Villa. En el camino Miguel Anguiano se queda a refrescarse con una fantástica cerveza artesanal de la región con esencia de chilaca en la galería Las Ánimas, bajo el grafitti de un venado azul, en una sala al aire libre.
                    
Se acerca el final del viaje. Atardece.“Ya va por ti Elvia”, le dice Anguiano. Y se encuentran las viejas jóvenes amigas a las puertas de la casa de doña Luz, y se dan un abrazo. Se habían conocido en Barranquilla hacía un par de años. Entonces planearon este viaje, este encuentro con el pasado y el espacio presente y salen de prisa a la Quinta Carolina, la casa de campo que Luis Terrazas construyera a su esposa Carolina. A finales del siglo XIX se hacían seis horas en carreta de la casona de Terrazas a la Quinta Carolina, pero ahora son solo veinte minutos en carro, media hora en camión de pasajeros.
                    
En el camino, Mariana reconoce la voz de su bisabuela en el acento de Elvia, dicharachera y hermosa muchacha de rancho hecha a la urbe y sus secretos. Ese acento que Elisa y su cocinera trataron de resguardar en las lejanas tierras de Colombia, había desaparecido en la longeva bisabuela de Mariana, doña Antonia, acento shihuahuense trabajosamente resguardado como el apellido Terrazas, que corrió a cargo del hijo de la cocinera, el abuelo de Mariana, quien ya hablaba como un barranquillero hecho y derecho. Mariana se hecha a llorar, en ella terminará el apellido Terrazas de los de Colombia. “No te pongas triste”, le dice su amiga, “hoy en la noche va a tocar Celso Piña en el Festival Internacional de Chihuahua, así que fortalécete para regresar y bailar cumbia regia. Verás cómo la música resuena hasta la base misma de la victoria alada, el Ángel de la Libertad, que gira sobre su base hecha de una columna jónica”, señalando el cielo de Chihuahua con un rayo láser, en el bailoteo de las fuentes que chisporrotean coloridas en la Plaza de la Grandeza, dejando pasar entre sus aguas los fantasmas de muchas hijas del adiós.
                    
Pero Mariana, en realidad, lo reconoce ahora, no llora por la extinción del apellido, sino porque un chico que toca el trombón la recibe a las puertas de la Quinta Carolina, entre los aromas de un jardín fresco, lejos de las polvaredas y los charcos que reflejan una capilla en la que ya nadie jamás se casará, ni oirá misa. Pero música sí que se oye y oirá: lo que fuera el boliche de la mansión, es una sala de ensayo para una orquesta infantil, y la música de aliento le abre las puertas del recuerdo no vivido. La mansión campirana acaba de ser restaurada, y las enormes habitaciones son más bien salas vacías, tristes, de una belleza exultantes y pisos relucientes.              

Quinta Carolina / Armando Vega-Gil     

ADIÓS A LOS FANTASMAS                   

“Por allí deambulan fantasmas”, dice don Heberto, el velador de la quinta, y mira hacia el horizonte con ojos tristes, con algo parecido a una sonrisa muy contenida o, más bien, antigua:
                    
“Allá en la cochera y las ruinas de la hilandería, con sus carnes peladas de adobe, vagan fantasmas. Eso dicen, ¿verdad…? Pero no haga caso, señorita. Ahora allí duermen los sin casa y, a veces, alguien va por la noche a cavar agujeros en busca de tesoros enterrados de doña Carolina Cuilty, la mujer de Luis Terrazas; pero lo único que ella dejó, regresando de la Caravana de la Muerte, fue a una hija atormentada por la locura y el abandono de un señor que se acercó a los Terrazas para ganar nombre. Nombre como la cantera que levantó esta Quinta. Porque así se llama la mina de plata y piedra para construir, de donde vino la cantera, allá, en las grutas de Nombre de Dios”.

Grutas Nombre de Dios / Armando Vega-Gil
                    
Y ya van a la carrera allá, para ver de dónde vino también la riqueza de ese lejano Luis Terrazas, padre de aquella Elisa que escapara tras el amor. Las bóvedas erizadas de columnas de estalagmitas fundidas en estalactitas les recuerdan que la noche está a punto de estallar.
                    
“Te voy a llevar a un lugar donde el agua, sabia como siempre, ha sepultado embarcaderos, asaderos y pasillos, hundido los afanes de los hombres por sobrevivir, volviendo fantasmal lo que quería ser una zona artificial de recreo. Así es esta ciudad de Chihuahua, amiga Mariana: memoria que sepulta y hace de todo un fantasma apacible que ya se pondrá de pie”.
                
Elvia guarda silencio, y toma de la mano a su amiga. La enana anaranjada es ahora un poderoso dios Sol que muere tras las aguas de la presa del Rejón. Una escultura recorta con belleza sobria el crepúsculo. Es una familia unida indisolublemente. Mariana la fotografía y no aparecen más fantasmas frente al objetivo de su cámara.

Presa del Rejón / Armando Vega-Gil
                    
Es de noche. Su mirada se cruza con los ojos de un hombre solo que bebe cerveza en la cantina La Antigua Paz, la más vieja de Chihuahua, entre cantos de trío norteño, y le confiesa a Elvia:“Me quedaré a vivir aquí a aprender a echar tortillas de harina”.
                    
Mariana sabe que ha regresado a la ciudad de Chihuahua para sacar del fondo de la tierra y del agua, del vacío de las salas abandonadas, de los agujeros cavados por los buscadores de tesoros, del punto cero de la ciudad, la voz de las hijas del adiós, con esa “ch” vuelta “sh”.                       

Sobre nuestro autor

Armando Vega-Gil es bajista y fundador de Botellita de Jerez, escritor, performero, cortometrajista, escalador de montañas nevadas y buzo de aguas saladas…

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