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Los orígenes del Sarape de Saltillo

Conoce la historia de este emblemático textil de forma rectangular, decorado con coloridos motivos geométricos y fabricado por las hábiles manos de los artistas norteños. ¡Te sorprenderá!

Foto: México desconocido
México Desconocido

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El sarape es considerado uno de los elementos más representativos del México independiente. Su historia es la de una prenda de uso masculino que, de sus orígenes inciertos, pasó a convertirse en un verdadero emblema nacional, similar al rebozo femenino. Sin embargo, el surgimiento, entre 1750-1860 de los llamados “sarapes de Saltillo clásicos”, cuya finura en el hilado y el tejido rivaliza con los textiles más refinados del mundo, constituye hasta nuestros días una gran incógnita, pues se desconocen los lugares, fechas y circunstancias precisos en los cuales fueron por primera vez tejidos. Su huella fue tan amplia, que encontramos sarapes y tejidos que reflejan la influencia de los “saltillo” desde Totonicapán, Guatemala, hasta la región Río Grande de los hispanoamericanos de Nuevo México y los indios navajo de la misma región. 

¿Qué es un sarape de Saltillo clásico?

Se trata de un textil de forma rectangular tejido generalmente en dos lienzos unidos por el centro y que comparte varias características: sus medidas son de aproximadamente 1.20 m de ancho por 2.40 m de largo; puede tener o no una bocamanga o apertura, para ser usado como poncho o colocado sobre los hombros, con el diseño central a la espalda. Tiene un patrón de diseño tripartita que consta de un elemento central dominante -un diamante o un medallón- que abarca el área entre la espalda y el pecho, un marco de 5 a 10 cm alrededor del tejido en colores y diseños afines al motivo central y un fondo contrastante con pequeños diseños repetidos.

Los sarapes más reconocidos -y parece que también los más antiguos- tienen un fondo parecido a un mosaico con bandas verticales en zig-zag que alternan con diseños en forma de ojales. Sin embargo, también pueden tener pequeños motivos diagonales o en forma de chispas. Los motivos decorativos son pequeños elementos repetitivos de triángulos, rombos, óvalos y sus variantes, combinados en tonos matizados y contrastantes, logrando un efecto vibrante.

Entre los hablantes del náhuatl se les conoció como acocemalotic-tilmatli, manta arco-iris. La urdimbre es generalmente de algodón y la trama de lana, hilados a mano con malacate. La densidad del tejido, es decir la cuenta de hilos de la trama y la urdimbre por centímetro, fluctúa entre 32 y 63 hilos en la trama y 6 y 11 en la urdimbre, convirtiéndolo en una capa impermeable. En la segunda mitad del siglo XIX con la influencia francesa se agregaron hilos metálicos y de seda, así como los tonos matizados. La técnica de tejido utilizada en su elaboración es la de tapicería en la que los hilos de la trama cubren a los de la urdimbre y el diseño se va formando según el color y la figura.

El tejedor teje una pequeña sección con un color para seguir al lado con otra sección de otro color. Son tan finamente hilados y tejidos que se calcula que cada uno habría llevado por lo menos un año en su elaboración, lo cual hacía a este tipo de sarape un objeto suntuario de alto costo. Previo a la invención de los colorantes sintéticos en la década de 1860, los tintes utilizados eran naturales, por lo que a pesar de los siglos se ha conservado en los sarapes una gran firmeza de color. Los tintes más usados fueron el añil o índigo para los azules, la grana cochinilla para los rojos y rosados, el palo de Brasil y el palo de Campeche para los tonos naranja, café y morado, diversas plantas para los amarillos y la combinación de tintes amarillos con el añil para los verdes. Sin embargo, queda mucho por hacer para confirmar los colorantes mediante sofisticadas técnicas de laboratorio. 

Los enigmas. El origen: de aquí y de allá

Antes del arribo de los europeos, los antiguos mexicanos ya habían logrado un gran desarrollo de sus artes textiles, tanto por los materiales y diseños utilizados, como por las técnicas de teñido y de tejido. El mestizaje cultural que dio identidad a la nación mexicana, en el cual predominaron la influencia española -que a su vez había recibido durante 800 años influencias árabes- y la indígena, matizadas por la presencia de esclavos africanos y mercaderes asiáticos -filipinos y chinos mayoritariamente, aunque también hindúes y persas-, enriqueció estas técnicas y diseños. De igual forma llegarían fibras nuevas como la lana y la seda, y la tecnología más avanzada de la Europa renacentista, como la rueca para hilar, las devanadoras y el telar de pedales de marco fijo, lo cual estaba más en manos de hombres. En la época prehispánica, la indumentaria masculina consistía en dos prendas básicas: el maxtlatl y el tilmatli.

La primera era un largo lienzo rectangular que servía para tapar “las partes nobles”. Por su parte, el tilmatli (o tilma), una especie de capa o toga rectangular formada por la unión de dos lienzos rectangulares, cuyo largo llegaba debajo de la cintura y hasta los tobillos y que se anudaba alrededor del cuello o sobre uno de los hombros, dejando al descubierto parte del torso, era una prenda que reflejaba el estatus del portador, dependiendo de los materiales y colores utilizados. Algunas crónicas nos informan, por ejemplo, que los gobernantes y nobles aztecas eran los únicos autorizados para vestir tilma de algodón, la cual debía teñirse de azul (probablemente con añil) y llegar hasta el piso; además el gobernante Moctezuma Xocoyotzin era el único en poder usar la combinación de azul y blanco. La tilma usada por el pueblo era de fibra de maguey -ixtle- o de yuca -izotl-, hilada tan finamente que se parecía al lino europeo. 

Después de la Conquista, la indumentaria indígena masculina cambió tempranamente por prendas de origen español. El maxtlatl fue sustituido por calzones cortos o zaragüelles; se adoptó el uso de una camisa; en lugar del tilmatli se utilizaron prendas de lana (sayos) o una capa de algodón o de lana y algodón. Así, fueron surgiendo numerosas referencias a una prenda en particular con características similares y cuyos apelativos diferentes pueden haberse referido a variantes regionales. Todas ellas hacen alusión a una cobija diseñada para cubrirse, que se colocaba sobre los hombros y que podía o no tener una apertura para meter la cabeza. En códices post-hispánicos las palabras fresada y tilmatli se usan indistintamente y, con variantes, encontramos también los términos manga, poncho, cotón, gabán, jorongo, capa y capote. 

¿Qué hay en un término?

Existe un gran enigma en torno al origen geográfico del sarape, no es seguro que haya sido propiamente en Saltillo, hoy capital del estado norteño de Coahuila, donde se hayan tejido los primeros. Los censos económicos de los siglos XVII y XVIII mencionan sólo unos cuantos telares y tejedores de Saltillo. Lo que sí se sabe es que cada mes de septiembre a partir del siglo XVII, se realizaba una gran feria anual para honrar a San Mateo, y que mucha gente acudía a Saltillo a comprar sarapes finos. Así creció su fama y le quedó el nombre de “saltillo” al sarape. Durante el período colonial los más importantes centros productores de textiles de lana y de lana con algodón fueron Puebla, Texcoco, Querétaro, San Miguel de Allende y Tlaxcala. 

Una de las claves de este rompecabezas es la gran diáspora de 400 familias de Tlaxcala en 1591, que decidieron acompañar a los españoles en la conquista y pacificación de la llamada Gran Chichimeca, el macizo del altiplano centro-norte de México dominado por valientes y belicosos grupos como los chichimecas y los guachichiles. En San Esteban de la Nueva Tlaxcala, el barrio tlaxcalteca de la población de Saltillo, unas 80 familias tlaxcaltecas hicieron florecer el semi-desierto con huertas y multiplicaron las ovejas entregadas por los españoles, lo que hace suponer que ahí se establecieron talleres textiles. Existe una referencia del envío, en 1650, de dos maestros tejedores tlaxcaltecas a San Esteban de la Nueva Tlaxcala. 

El surgimiento y auge de los sarapes fueron seguramente favorecidos por el hecho de que las agrestes tierras del Gran Altiplano resultaron adecuadas para el llamado “ganado menor” (ovejas y cabras), así como por la consolidación de esas regiones, hacia 1750, de enormes latifundios con hasta 200 mil cabezas de ovejas, cuya lana se vendía hacia el sur del país. La primera referencia documentada del término “sarape” aparece en el diario de fray Agustín de Morfi quien, en 1777, narra su visita a la Hacienda de San Francisco de los Patos cerca de Parras, Coahuila, propiedad de un descendiente de Francisco de Urdiñola, marqués de San Miguel de Aguayo, uno de los conquistadores del norte. 

La huella. Orgullo y trofeo

Nuestro rastreo histórico nos lleva al siglo XIX, cuando en los albores de la lucha por la independencia de México, algunos hacendados se unen al movimiento financiando parte de la campaña militar, a la vez que muchos vaqueros y pequeños propietarios hacen lo propio pero como combatientes; son los llamados “chinacos”, famosospor su indumentaria de chaqueta corta y sarape y por su valentía en el campo de batalla. Luego, durante las invasiones americana (1847-1848) y francesa (1863-1867) a México, se habrían de borrar las diferencias de clase entre hacendado y vaquero, y fue precisamente el sarape el símbolo que unificó su orgullo e identidad en la lucha por la soberanía mexicana. Y si de trofeos hablamos, se dice que Antonio López de Santa Anna, presidente de México, regaló un sarape a Sam Houston, comandante del ejército texano y primer presidente de la República de Texas, cuando firmaron el Tratado de Guadalupe Hidalgo; que los emperadores Maximiliano y Carlota enviaron un sarape como obsequio a Napoleón III, que el mismo Maximiliano utilizaba sarapes con frecuencia y que fue fusilado vestido con traje charro de gran gala. 

Viajeros y litógrafos: evidencias gráficas del siglo XIX

Al consumarse la Independencia en 1821 y abrirse la nación al mundo (los españoles habían mantenido un férreo control sobre la presencia extranjera), un numeroso y sucesivo grupo de litógrafos extranjeros viajaron por diversas regiones de nuestro territorio, registrando el uso de los bellos sarapes multicolores que hoy conocemos como “sarapes de Saltillo”. El italiano Claudio Linati, quién en 1826 introdujo la litografía a México, publicó en Bruselas, dos años después, la obra Trajes civiles, militares y religiosos de México. A su vez el alemán Carlos Nebel publicó en 1836, Viaje pintoresco y arqueológico sobre la parte más interesante de la República mexicana, entre los años de 1829 a 1836, reflejando con gran belleza el colorido y sentido social del sarape. En la década siguiente Julio Michaud, en su exitoso Álbum pintoresco de la República mexicana, se dedicó a copiar paisajes y personajes de Nebel y fusionarlos con paisajes de Pedro Gualdi, en los cuales también retrata el uso del sarape. Por sus páginas desfilan tanto caballerangos y caporales a caballo como apuestos jóvenes del pueblo cortejando o acompañando a mujeres, ataviados con el sarape, una prenda de sorprendente versatilidad pues servía de impermeable, cobija y lujo.

Óleos y acuarelas fueron también legados por Juan Mauricio Rugendas, Thomas Egerton y Edouard Pingret. Hacia las últimas décadas del siglo XIX, si bien existían diferencias notables entre hacendados y vaqueros, los primeros, ya sin sus latifundios pero conservando sus títulos nobiliarios, habrían de crear la figura del charro y el deporte de la charrería, una forma elegante para rememorar los viejos tiempos de las épocas del marcaje del ganado, las artes del jaripeo y el “paseo” con el traje de gala. Para entonces el sarape había también recibido influencia francesa, evidente en la utilización de hilos metálicos y de hilos de colorombré, es decir matizados. El sarape, ahora más pequeño, se colocaba doblado sobre el hombro. Surgieron entonces los sarapes con rayas multicolores matizados y también aquellos con figuras y retratos nacionalistas.

En su larga historia el sarape llamó poderosamente la atención de propios y extraños y se convirtió en un objeto codiciado por los visitantes y en excelso obsequio de los gobernantes mexicanos. La armonía de los “sarapes de Saltillo”, la sensibilidad y la maestría en el hilado, tejido, diseño y color que les dieron vida, se convirtieron en legado y testimonio duradero de los tejedores anónimos de nuestro país, cuyo secreto esperamos algún día poder descubrir.

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