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Padilla: a la sombra de la muerte de un caudillo (Tamaulipas)

El carácter de un pueblo, las anécdotas de sus calles, sus casas y sus habitantes se han ido para jamás volver. Sin embargo, a varios kilómetros de ahí nace Nuevo Padilla, aunque bajo el estigma de un oscuro recuerdo.

“Cuando Iturbide fue fusilado, Padilla murió con él. El destino estaba escrito como una maldición que se cumplió”, nos dice don Eulalio, un hombre viejo que recuerda su ciudad natal con suma nostalgia. “La gente vivía feliz, pero el fantasma de un asesinato nunca la dejó descansar. Y luego nos cambiaron a Nuevo Padilla. Sí, casas nuevas, escuelas, calles bonitas y hasta una iglesia ansina de chaparrita, pero mucha gente no se acostumbró y mejor prefirió irse a otra parte; nomás los más viejos nos quedamos en el nuevo pueblo, pos ya no tenía caso irnos a otra parte. Pero la vida ya no es la mesma. Nuestro pueblo se acabó…”, concluye con un tono de resignación.

Donde estuvo Padilla se encuentra, desde 1971, la presa Vicente Guerrero, lugar vacacional y de pesca recreativa. Por un lado se ven las contadas ruinas de lo que fuera el centro de Padilla: la iglesia, la escuela, la plaza, unas pocas paredes y el quebrado puente que conducía a la hacienda de Dolores. Por el otro se encuentra la Villa Náutica –un club privado– y las modernas instalaciones del Centro Recreativo Tolchic, construido por el gobierno en 1985 como mísero pago a una deuda sin precio. Sin embargo, en fechas recientes algo ha sucedido: la Villa Náutica se ve abandonada, salvo por la presencia esporádica de algún socio que viene para no perder su propiedad. El centro Tolchic está cerrado, la reja y los candados lucen oxidados y no puede uno imaginarse el polvo del olvido que cubre su interior.

Esto es síntoma de cómo la vida en el antiguo Padilla va decayendo cada vez más. Acaso el último hito de revivir un pueblo que murió fueron estos centros sociales; pero el futuro luce sombrío, ya que restablecer la actividad, el movimiento, es una tarea casi imposible.

Más impresionante que esos modernos edificios en vías de convertirse en ruinas es caminar por lo que imaginamos fueron las calles, ahora tapizadas de maleza. Entrar a la iglesia, que estuvo dedicada a San Antonio de Padua, y a la escuela o pararse en el centro de la plaza imprime un sentimiento indescriptible; como si algo pugnara por salir, mas no encuentra el modo de hacerlo. Es como si el espíritu del pueblo buscara un punto de referencia que ya no existe. Adentro del templo no se observa ningún recuerdo o epitafio de la tumba de Agustín I; es de pensarse que fue trasladada a otra parte. Afuera de la escuela hay una placa conmemorativa reciente (7 de julio de 1999), cuando se festejó el 175 aniversario de la creación del estado de Tamaulipas. A la sazón, y previo a la presencia del gobernador, se limpió toda la zona y los ladrillos y sillares de las ruinosas paredes y techos fueron llevados a sitios alejados de los ojos de cualquier visitante.

Entrando en interrogaciones, quisiéramos saber: ¿dónde quedó el quiosco en el que la banda solía alegrar a la concurrencia? ¿Dónde quedaron las campanas, que resonando en cada rincón de la ciudad puntuales llamaban a misa? Y ¿a dónde se fueron los días aquellos, cuando los niños corriendo y gritando salían felices de la escuela? Ya no se ve el mercado ni el ajetreo diario de los marchantes. Los trazos de las calles se han borrado y no podemos imaginar por dónde transitaban los carruajes y caballos primero, y los pocos automóviles después. Y las casas, ¿dónde estaban todas ellas? Y desde la plaza, al ver hacia el sur los montones de escombro, surge la duda de dónde se ubicaba el palacio y cómo habría sido; seguramente el mismo palacio donde se dictó la última orden para fusilar al emperador. También nos preguntamos en dónde habrá quedado el monumento erigido en el preciso lugar donde Iturbide cayó muerto, el cual, de acuerdo a las crónicas, aún permanecía enhiesto antes de la inundación de los años setenta.

Nada quedó, ni el camposanto siquiera. Ahora la hierba es tan alta que se ha vuelto imposible caminar en algunas partes. Todo es silencio, salvo el correr del viento que al mover las ramas las hace rechinar. Cuando el cielo está nublado, el escenario se torna aún más sombrío.

La escuela, al igual que la iglesia, muestra en sus paredes los trazos del nivel alcanzado por el agua cuando la presa tuvo sus mejores días. Pero las escasas lluvias en estos años sólo han dejado un páramo. A lo lejos se encuentra lo que fue el puente, ahora destrozado, y el espejo lacustre a su alrededor. Al cabo de un buen rato de silencio pasa alguien en su lancha y nuestras cavilaciones se ven interrumpidas. Junto al puente también nos topamos con un grupo de amigos disfrutando de unos buenos pescados a las brasas. Luego miramos de nuevo el paisaje y todo parece seguir igual, estático, pero se antoja distinto. Es como si de un momento a otro cambiáramos de realidades: primero lo lúgubre, lo palpable, después recrear episodios que, aunque no vivimos, sentimos que sucedieron y, finalmente, estar en el presente, junto a las aguas de una presa, entre el matorral, como pescadores o aventureros ajenos a la historia de esos lares.

Así es Padilla, la ciudad que dejó de ser, la ciudad que fue sacrificada por el progreso. Mientras caminamos de regreso, nos acompañan las palabras del viejo: “Cuando Iturbide fue fusilado, Padilla murió con él. Se cumplió la maldición…” Sin duda, tiene razón.

UN CAPÍTULO DE LA HISTORIA

Padilla, pueblo que como estrella fugaz en el límpido suelo tamaulipeco,tiene su orto y ocaso después de cumplir su misión histórica,convierte su tumba en puerta gigantescaque se abre al signo del progreso

No son éstas palabras proféticas; más bien se trata de una cita a guisa de verso que no parece tener significado alguno para quienes desconocen la historia de Padilla, o para los que jamás han pisado la yerma tierra de un pueblo otrora glorioso.

Corre el año de 1824, día 19 de julio. Los vecinos de Padilla, ciudad capital del ahora estado de Tamaulipas, se preparan para dar el último recibimiento a Agustín de Iturbide, ex presidente y emperador de México, en su retorno del exilio. La comitiva ha llegado proveniente de Soto la Marina. El célebre personaje, quien consumó la Independencia de México y a la postre fue tomado como traidor a la patria, es conducido al cuartel de la compañía volante del Nuevo Santander, donde ofrece su último discurso. “A ver, muchachos… daré al mundo la última vista”, dice con firmeza. Y mientras besa un Cristo, cae exánime entre un olor a pólvora. Son las 6 de la tarde. Sin suntuoso funeral, el general es sepultado en la vieja iglesia sin tejado. Así concluye un capítulo más de la escabrosa historia imperial de México. Un nuevo capítulo de la historia de Padilla se abre.

LEYENDA DE LA SERPIENTE

Una fresca noche estábamos sentados en el jardín del rancho de don Evaristo platicando sobre Quetzalcóatl, “la serpiente emplumada”. Luego de un largo silencio, don Evaristo dijo que una vez que fue a la presa Vicente Guerrero, en el antiguo Padilla, un pescador le contó que en una ocasión andaba con unos compañeros en su lancha, y para capturar peces grandes se dirigieron al centro de la presa. En eso andaban cuando uno de sus compañeros exclamó: “¡Miren allá! ¡Hay una víbora de cascabel en el agua!”

Obviamente se trataba de un evento muy extraño porque todo mundo sabe que las víboras de cascabel son terrestres. Sin embargo, luego de que los pescadores apagaron el motor para observar ese fenómeno, sin más ni más la víbora se irguió en el agua ¡hasta que quedó completamente vertical sobre su cola! Después de un rato, la víbora se dobló y se zambulló para desaparecer de la vista de los pescadores.

Cuando volvieron a sus casas le platicaron a medio mundo lo que habían visto, pero todos pensaron que era otra simple historia de pescadores. Sin embargo, un anciano pescador confesó que a él también le había tocado ver a esa misma víbora poco después de que se inundó la presa; y que la descripción era exactamente igual: una víbora de cascabel que se para sobre su cola en medio de la presa…

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