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Paseo de un día por la CDMX del escritor chileno Roberto Bolaño

Ciudad de México
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La CDMX fue para Roberto Bolaño, escritor chileno, su maestra, su cómplice, su amante. Agradecido, la retrató con devoción inédita. Con el narrador de Los detectives salvajes visitamos algunos de los barrios y sus personajes que en 1968 lo abrazaron y, con lágrimas de amor, en 1977, lo despidieron.

“Me llamo Juan García Madero, soy el narrador. Y en 1975…”. ¡Momento, momentito! Tú podrás ser el narrador de Los detectives salvajes, pero el narrador de esta historia que versa sobre la Ciudad de México, que en sus obras Roberto Bolaño retrató con ternura y originalidad, soy yo. Y estoy para servirte siempre y cuando no quieras usurpar mi lugar. Una cosa más, el que esto escribe tuvo vivencias en tiempo y forma anteriores a las que a ti te relacionan con la Ciudad de México de Bolaño. Permíteme decirte entonces que Bolaño y yo conocimos la Alameda Central en 1968 y ambos visitábamos la Librería de Cristal que estaba ubicada a un costado del Palacio de Bellas Artes y la Librería El Sótano, que sigue estando en el número 20 de la avenida Juárez. Así lo deja ver Roberto en El gusano, uno de sus mejores cuentos.

Los personajes son medulares para conocer los destinos / Foto: Carlos García

Besado en la Alameda

Y en El gusano, Bolaño también narra su encuentro casual con Jaqueline Andere que en nuestra Alameda filmaba la escena de una película. “Yo la he visto en la televisión…”, le dijo el aún adolescente Bolaño, y le pidió un autógrafo extendiéndole un libro de Albert Camus que traía consigo. En la primera página de La caída, la actriz escribió: “Para Arturo Belano (seudónimo que Bolaño utiliza en Los detectives salvajes) un estudiante liberado, con un beso de Jaqueline Andere”. Pero Jaqueline se arrepintió de “darle” el beso porque lo vio demasiado joven y entonces le dijo: “¿Y qué haces aquí en vez de estar en clase?”. Y ¿qué crees, señor Madero? Tú no estuviste allí… Así es que te repito, yo tengo el privilegio de ser el narrador de esta historia y cuando yo así lo convenga te “sacaré” de Los detectives salvajes para que nos narres alguno de los pasajes de dicha novela que a fines de los noventa trajo a Bolaño los premios de literatura Herralde y Rómulo Gallegos.

Y a ver, señor Madero, serías tan amable de contarnos algún pasaje de la novela donde eres narrador y personaje. Cómo ves algo sobre el Café La Habana que en las obras de Bolaño se llama Café Quito.

Café Habana, legendario punto de encuentro para algunas generaciones de intelectuales / Foto: Carlos García

Gandallas y guerreras

“OK. El Café Quito se encontraba en la esquina de las calles Bucareli y Morelos…”. Déjame interrumpir para informarte que el Café Habana —aunque remodelado— aún se encuentra allí. “Bueno, y allí, entre cervezas y cafés con leche, fundamos el Visceral Realismo (Infrarrealismo, en la realidad) que más que un movimiento o grupo literario era, a decir de Bolaño, una pandilla; término (el de pandilla) que a mí me encantó. “Y déjame agregar que por aquellos años la calle de Bucareli era del todo diferente de la avenida Guerrero a pesar de ser su continuación. Avenida que también le da nombre a la famosa colonia que vio nacer —entre otras celebridades— a Cantinflas.

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“A la colonia Guerrero me llevó María Font (una de las hermanas Larrosa que en la realidad eran muy amigas de Roberto). Yo tenía 17 años y fuimos a visitar a las amigas de María, unas muy jóvenes prostitutas que lejos de saber lo que era un verso endecasílabo, se expresaban con ‘ixtles’ (afirmación) ‘nelson’ (negación) y orgullosas, se referían a sus respectivos proxenetas como a ‘gandallas de los de verdad’. María no tenía mucho que ver con ellas porque pertenecía a otra clase social (la familia Font vivía en la calle Colima de la colonia Roma), pero María era feminista y…”. A ver, a ver, señor Madero, ya nos salimos del tema para adentrarnos en los terrenos de la antropología social… “Disculpa. Preferirías que, por ejemplo, habláramos de las diferencias entre la calle Bucareli y la avenida Guerrero, ¿verdad? Así es que para empezar… El alumbrado público en Bucareli era blanco, en la avenida Guerrero era más bien de una tonalidad ambarina. Los automóviles: en Bucareli era raro encontrar un coche junto a la acera; en la Guerrero, abundaban. Los bares y las cafeterías en Bucareli eran abiertos y luminosos, en la Guerrero, pese a ser muchos, eran secretos o discretos. Para terminar, la música. En Bucareli no existía. En la Guerrero, a medida que uno se internaba en la colonia, sobre todo entre las esquinas de Violeta y Magnolia, la música se hacía dueña de la calle, salía de los bares y los coches estacionados, o caía de las ventanas iluminadas de los edificios de fachadas oscuras…”. Diferencias que quiero que sepas, perduran. Sí, ahora recuerdo que Bolaño visitaba esa colonia, y viene al caso un poema que dice: “En el corazón de hielo de la colonia Guerrero / (mis dulces amigas) me proporcionaban el alimento necesario / para apretar los dientes / y no llorar de miedo”. Lindo, ¿verdad? Pero, señor Madero, ¿cuáles otros barrios recorría Bolaño con los demás infrarrealistas?

Un escuadrón de ardillas

“Bueno, antes déjeme contarle que en una entrevista reciente hecha por la BBC al también infrarrealista Rubén Medina, este comentó: ‘Bolaño era un tipo gracioso. Medio pesado, hay que reconocerlo. Siempre creyó en sí mismo. Si bien estaba dentro de la marginalidad, no era autodestructivo como su íntimo amigo Mario Santiago Papasquiaro que dormía en las calles del centro de la Ciudad de México y que murió atropellado por un auto justo un día antes de que Roberto Bolaño le pusiera el punto final a Los detectives…’”.

Efectivamente, yo también sé que Roberto no dormía en las calles como Papasquiaro, y que cuando llegó de Chile vivió con sus padres en la colonia Guadalupe Tepeyac donde, por cierto, vendió lámparas con la imagen de la Virgen de Guadalupe; las mismas que hoy ( 2017 ) se siguen vendiendo en los alrededores de la Basílica de Guadalupe. Además, sé que era un estudioso de la literatura e iba al taller de cuento de Tito Monterroso en la Facultad de Filosofía y Letras (CU). Pero no nos confundamos, Bolaño no era un académico; no concluyó la secundaria, y fue precisamente su autodidactismo lo que le dio una voz singular y fuerte. Pero cuéntanos, señor Madero, algo sobre las actividades de Bolaño en la Casa del Lago.

Los espacios propicios para la lectura abundan en Ciudad Universitaria / Foto: Carlos García

“Claro, don Hugo Gutiérrez Vega, director de la Casa del Lago entre 1975 y 1977, le conseguía conferencias y pláticas. Una ocasión ocurrió algo curioso, Bolaño olvidó el tema a desarrollar (poesía chilena) y terminó hablando de películas de terror, un tema que le fascinaba.

“La verdad es que Hugo siempre nos dio mucho chance a pesar de que nosotros no nos portábamos muy bien con el círculo de mediocres que rodeaba a Octavio Paz. Paz, decíamos nosotros era ‘nuestro gran enemigo’, aunque seguramente, él ni enterado estaba. ‘Somos jóvenes, maleducados y valientes –decía Bolaño–. Y tenemos como tareas leer mucho, escribir mucho y hacer el amor’”.

Y ya nos volvimos a apartar de nuestro tema… “Porque tú me obligaste”. Está bien. Recapitulemos: la Alameda Central, el Café La Habana donde en la placa que da cuenta de sus ilustres visitantes (Fidel Castro, el Che, Octavio Paz, Gabriel García Márquez…) se lee el nombre de Roberto Bolaño. También hablamos de la casa de las gemelas Larrosa, en la Roma, de la colonia Guerrero, de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Casa del Lago donde este verano ( 2017 ) se exhiben obras de Shakespeare y Cervantes que murieron hace cuatro siglos. ¿Y…?

“Bueno, Bolaño se sentía tan cerca de la Casa del Lago que llegó a tomar la siesta en el Bosque de Chapultepec aunque como a Papasquiaro, le daban pánico los escuadrones de ardillas asesinas que allí habitaban…”. ¿Habitaban, señor Madero? Ja. Ja. Habitan hasta el día de hoy…

Con los clásicos de Donceles y tan lejos de Monsiváis

“Prosigo… A Bolaño y a todos los visceral realistas nos encantaba vagar. ¿Con qué fin? Pues la idea era que ‘solo caminando llegaríamos a toparnos con algo interesante si es que lo había’. Creo que el único lugar que Roberto Bolaño no conoció en la Ciudad de México fue la casa de Carlos Monsiváis, personaje de Los detectives… que aparece con su nombre real. Monsiváis fue muy claro: ‘No puedo invitarlos a mi casa (en la colonia Portales) porque con esos pelos tan largos asustarían a mi mamá’”.

Aunque con seguridad, Bolaño se lo llegó a encontrar en las librerías de viejo de la calle de Donceles que eran para el chileno como un segundo hogar. Una de sus favoritas era la Librería Selecta que hasta el día de hoy se encuentra en el número 75 de Donceles y es administrada por los López Casillas, la familia que la fundó en 1968.

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Hay que conocer el universo de letras que guardan las librerías de viejo en Donceles / Foto: Carlos García

Sí, tengo entendido que en la vida literaria de Bolaño dichas librerías jugaron un papel formativo y determinante. Y es tan frecuente su aparición en sus cuentos y novelas que deberíamos hacerles justicia viéndolas como personajes bolañistas y no solo como escenarios. Imagínate, señor Madero, cuántas voces magistrales escuchó Roberto en estas librerías de viejo.

“Tantas voces como libros hay en ellas. Y de la atmósfera de las librerías de viejo se enamoró. Y te aseguro que en Europa sintió nostalgia por estas y tantas otras atmósferas de nuestra Ciudad de México. Lo ilustro con un poema en el que Bolaño utiliza la tercera voz: ‘Cuando hayan pasado muchos años / y estés lejos de México y de mí. / Cuando más lo necesites lo descubrirás / y ese no será / el fi nal feliz / pero sí un instante de vacío y de felicidad. / Y tal vez entonces te acuerdes de mí…’”. Y bueno, señor García, dígame por qué Roberto Bolaño decidió partir de la Ciudad de México en 1977 si la quería tanto.

Resulta inconfundible el olor que despiden las páginas de los libros viejos en el Centro Histórico de la Ciudad de México / Foto: Carlos García

Atardeceres con magia capital

“Esa era una meta que él se había fijado. Sin embargo, también influyó que su padre formó aquí otra familia, y la madre de Roberto se fue a vivir a Barcelona donde también Bolaño vivió y murió en 2003”.

Retomando el tema de su nostalgia por la Ciudad de México, déjame citar unos versos de Roberto en los que honra sus atardeceres: “Noche patialba del DF / es una noche que se anuncia hasta el cansancio, / que vengo, que vengo, pero que tarda en llegar, / como si también ella, / la méndiga / se quedara a contemplar los atardeceres, / los atardeceres privilegiados de México’”.

Y esos atardeceres de la Ciudad de México siguen aquí… Y no me queda más que agradecer tus comentarios que me han parecido sumamente enriquecedores. Gracias, señor Juan García Madero.

Finalmente, compartimos el siguiente fragmento de Devoción de Roberto Bolaño, nuestro mejor escritor mexicano nacido en Chile. Lo escribió en Europa, durante los años noventa, cuando se sentía solo y ya empezaba a tener algunos síntomas de la enfermedad que lo llevaría a la muerte mientras esperaba un trasplante de hígado:

“Esa era la pura verdad: estaba solo y jodido / y solía pensar que me quedaba poco tiempo. / Pero los sueños, ajenos a la enfermedad, / acudían cada noche / con una fidelidad que conseguía asombrarme. / Los sueños que me trasladaban a ese país mágico / que yo y nadie más llama México, D.F.”.

El más chilango de los chilenos, Robereto Bolaño / Cortesía

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autor Alejandro Acevedo Valenzuela
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