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Los secretos del Totonacapan

Visita algunos de los lugares cercanos al Pueblo Mágico de Papantla y descubre más de la cultura Totonaca y sus voladores.

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En el norte del estado de Veracruz, entre el río Cazones y hasta las poblaciones de Gutiérrez Zamora y Tecolutla al sur, se encuentra la región milenaria del Totonacapan. La cultura Totonaca se fue gestando desde tiempos prehispánicos sobre todo alrededor de la ciudad sagrada de Tajín y más adelante Cempoala. Posteriormente, ya en la época colonial y hasta la actualidad, la principal referencia del mundo totonaca es el Pueblo Mágico de Papantla.
 
Al llegar a este poblado, lo primero que llama la atención es el enorme Monumento al Volador que se yergue a lo alto de una colina. Cuando se está al pie de este y se contempla la estupenda vista que desde aquí se tiene, queda en el aire la pregunta: ¿De dónde viene y en que consiste puntualmente esta danza aérea exótica y ancestral?
 
Esta región del Totonacapan, guarda este y muchos otros secretos del mundo de los totonacos, y a muy poca distancia de Papantla se puede ir desentrañando parte de esta sabiduría que descansa silenciosa en la noche de los tiempos.

 
La danza de los voladores de Papantla
 
La danza de los voladores es también conocida en Papantla como el “Vuelo de los Muertos” y su origen se remonta al Periodo Preclásico Medio Mesoamericano, es decir entre el 1500 y 1 000 a.C. En 2009 la danza fue declarada por la UNESCO como Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad.
 
Este es un ritual asociado a la fertilidad que tuvo tal trascendencia que fue incluso incorporado por los aztecas a sus propios rituales. La fertilidad se representa mediante el descenso de los voladores, que simbolizan la caída de la lluvia.

 
La Danza de los Voladores se ha transmitido por miles de años y de generación en generación, actualmente en el Totonacapan existen alrededor de 500 voladores. El ritual inicia desde la ubicación del árbol que fungirá como el palo volador, por supuesto el ejemplar debe ser fuerte, muy resistente y muy recto, aunque esto último es de cierta manera relativo. Una vez hecha la elección viene el momento de pedir permiso al “dios del monte” para cortar el árbol; inmediatamente después es derribado y llevado al lugar donde fungirá como el gran palo volador. En el lugar asignado para “sembrar” el enorme tronco, específicamente en el orificio donde este se entierra, se ofrendan: tabaco, pan, velas, aguardiente, flores y un guajolote.

En esta danza aérea participan cinco danzantes, cuatro voladores que representan a los cuatro puntos cardinales y un caporal que es el que toca la flauta de carrizo y el pequeño tambor en lo alto del poste durante el descenso de los voladores. El enorme madero mide, dependiendo de la zona de 15 hasta 30 metros de alto. Al principio del ritual el caporal entona una serie de melodías dedicadas al sol y a los cuatro puntos cardinales. Una vez terminado este acto de invocación, los danzantes se lanzan al vacío desde lo alto de la pequeña plataforma que corona el mástil, durante la danza darán 13 vueltas que multiplicadas por los 4 voladores da la cifra de 52, que es exactamente la cuenta del Ciclo Mesoamericano.
 
La zona arqueológica de Cuyuxquihui y la Montaña Sagrada
 
Una vez presenciados los vuelos rituales en Papantla y después de degustar algunos de los secretos gastronómicos del Totonacapan como: el atole de maíz morado, el atole dulce con chile, el atole de tortilla quemada, el tamal de puerco con cilantro, los frijoles en guatape, la flor de ortiga frita, el pipián de flor de izote, las jaibas en chileajo, y las enchiladas de semillas de mamey; llega el momento de escudriñar un poco la región en busca de las huellas perdidas de los totonacos.
 
A solo una treintena de kilómetros de Papantla, se yergue misteriosa y olvidada, la ciudad prehispánica de Cuyuxquihui que quiere decir “árbol de armadillo”, cuestión que tiene que ver con la similitud de la corteza de un árbol de la región con el caparazón de este animal.
 

 
En esta zona de poco más de 30 hectáreas existen una serie de basamentos y edificaciones piramidales que están en lo alto de una montaña, entre una densa y exuberante vegetación semi-tropical y muy cerca de un río de importante caudal. El lugar parece haber sido un importante centro ceremonial, pero también son de llamar la atención sus características de fortaleza militar; es decir, la zona cuenta con destacadas estructuras arquitectónicas que parecen haber sido fortificaciones.
 
Cuyuxquihui se desarrolló a partir del 1200 d.C, y su final llegó en 1465 cuando fue conquistado por los Mexicas bajo el mando de Moctezuma Ilhuicamina.
 
No lejos de aquí, en la comunidad de El Remolino, se encuentra Talphan que es un escenario de espectacular vegetación que incluye imponentes árboles milenarios como pochotas y ceibas, cientos de plantas medicinales e incluso fósiles de hace millones de años. Los totonacos, desde tiempos inmemoriales, han peleado para conservar este lugar sagrado intocado, como un santuario que se conoce en el Totonacapan como la Montaña Sagrada. Este espacio mágico y mítico es utilizado para la meditación, para cargarse de energía, y para despojarse de todo aquello impuro, y todo esto justo antes de llegar a la Cueva del Murciélago donde el alma habrá de purificarse con limpias y rituales que realizan los yerberos y curanderos de la región, los sabios de la tradición, y los venerables ancianos poseedores de los secretos mejor guardados del Totonacapan.
 
Actualmente, el lugar que es administrado por totonacos de la comunidad de El Remolino, cuenta con un pequeño restaurante donde se preparan los platillos típicos del Totonacapan, también hay hermosas cabañas en emplazamientos idílicos, una zona para acampar y facilidades para el senderismo y otras actividades extremas.
 

 
Centro de las Artes Indígenas de Papantla
 
En lo que es el parque temático de Takilhsukut, cercano a la Zona Arqueológica del Tajín, de manera permanente se ha establecido desde hace por lo menos una década: el Centro de las Artes Indígenas de Papantla. Durante todo el año, el lugar cuenta con dieciséis casas-escuelas administradas por los viejos y sabios totonacas que coordinan los métodos de enseñanza tradicionales y las formas ancestrales de transmisión de conocimiento, tomando en cuenta sobre todo los valores familiares y comunitarios, y la importante transmisión del sentido espiritual del arte. En las aulas, los jóvenes totonacas aprenden oficios y habilidades que les habrán de ser útiles toda la vida y que significan un importante símbolo de identidad. Entre las actividades más demandadas por los cientos de alumnos que acuden a Takilhsukut están: la medicina tradicional, las danzas ancestrales, los voladores, la cerámica escultórica, la música, la confección de textiles, el teatro, la cocina tradicional, y un gran etcétera.
 
No es menor el hecho de que el Centro de Artes Indígenas, por su labor de preservación, promoción y respeto a la cultura totonaca, haya sido reconocido por la UNESCO en el año 2012, como Patrimonio Intangible de la Humanidad.

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