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Teatro Ángela Peralta: un espacio en el puerto de Mazatlán

Te presentamos la historia del rescate de este recinto, inaugurado en 1874 (con el nombre de Teatro Rubio), en donde, debido a una enfermedad, el “Ruiseñor Mexicano” nunca llegó a cantar.

Antonio Haas

Reconstruido dos veces e inaugurado tres, el Teatro Ángela Peralta de Mazatlán es hoy en día una magnífica sala que, además de su bella arquitectura, cuenta con los adelantos más modernos para presentar espectáculos.

La primera piedra se puso en 1869, la última en 1992, y en octubre de ese año se inauguró el nuevo Teatro Ángela Peralta con una producción de la ópera Carmen de Bizet. La cantó la compañía de Bellas Artes con artistas invitados salvo el coro infantil, que era local, y el director de orquesta, que fue el maestro mazatleco Enrique Patrón de Rueda. Ésta fue la segunda reconstrucción y la tercera inauguración del inmueble porque así es el trópico, se enseña con los teatros que pretenden robarle con sus espectáculos cámara a los celajes, ciclones y selvas de su propia y espectacular naturaleza.

Inaugurado por primera vez en 1874 como Teatro Rubio (nombre dado en honor a don Manuel Rubio, su constructor original), esta edificación era entonces una modesta sala popular que pronto cambió de manos y, modificada radicalmente entre 1878 y 1880, se reinauguró como la sala “más cómoda y elegante del puerto, con sus 15 juegos de decorados pintados expresamente en París”. ¿Cómo serían esos decorados? Entre ellos tenía que haber telones representando un florido jardincito y un calabozo, ambos para el Fausto de Gounod.

No podía faltar un gran parque romántico y una perspectiva de aristocráticos salones que igual servirían para la Traviata que para Lucía de Lammermoor. Así eran los decorados teatrales antes del cine, pero los 15 pintados en París para este teatro mazatleco nos los tenemos que imaginar puesto que ya no son más que una curiosa estadística de su historia. Debía oler a nuevo todavía en 1883, cuando llegó un barco de San Francisco con la compañía de Ángela Peralta a bordo. El “Ruiseñor Mexicano”, como le decían sus adoradores, había programado la “Lucía” como estreno en Mazatlán, pero la diva, que ya venía enferma, murió sin haber cantado una sola nota en el teatro que ahora lleva su nombre.

A pesar de este suceso tan poco grato, el Teatro Rubio prosperó lo suficiente como para mantenerse en buen nivel artístico hasta los años de la Revolución. Sin embargo, los cómicos de la lengua no olvidaban el antecedente de la Peralta y entre las compañías itinerantes, nunca sobradas de fondos, se conocía a Mazatlán como “el cementerio” porque ahí morían las desahuciadas, y ahí era donde los empresarlos huían con la taquilla de la última noche dejando a los artistas varados y empeñados en sus casas de asistencia.

A principios de este siglo, el maestro Martínez Cabrera (tío del célebre constitucionalista don Antonio Martínez Cáez) llegó a Mazatlán a establecer una academia de música. Talento local sobraba y con él, el maestro logró formar pianistas, violinistas, cantantes y coros, llenando de entusiasmo a varias generaciones de mazatlecos.

En 1914, Martínez Cabrera presentó en el Teatro Rubio la Cavallería Rusticana de Leoncavallo con un elenco totalmente local. El papel de Turiddu lo cantó un joven tenor de apellido Maxemin; el de Lola, la mezzosoprano María Hass Canalizo, y Santuzza lo hizo Elvira Rivas, abuela paterna precisamente del maestro Enrique Patrón de Rueda. Con la Revolución -o más bien con la guerra civil que provocó Victoriano Huerta después de la revolución de Madero– vino la desacralización artística del teatro y comenzó su época de milusos. Al principio de esta era, mítines políticos y de guerrilleros -en fotos tomadas desde el segundo balcón aquello parecía almacén de sombreros- alternaban con bailes “de mascaritas” en carnaval.

Luego vino la época boxística. El ring se levantaba en el centro del lunetario. En esa época, el rey era el boxeador Joe Conde, ídolo mazatleco con algunos campeonatos nacionales en su haber. Los sinaloenses que eran niños en los años treinta aún recuerdan sonrientes las periódicas visitas de Fu Manchú. Este prestidigitador, que hablaba español con fuerte acento inglés y se hacía pasar por chino, traía siempre, aparte de sus memorables trucos y chistes, un deslumbrante fin de fiesta en el que transformaba a sus bailarinas en mariposas King size todas. En los años de la Segunda Guerra Mundial, el Teatro Rubio se convirtió en el Cine Ángela Peralta, y en la oscuridad de las funciones se inició su deterioro definitivo.

Clausurado como cine en 1964, durante un par de años se siguió usando como taller para las carrozas de la Reina del Carnaval y sus carros alegóricos, y en el carnaval de 1969 se abrió por última vez para ofrecer una función de lo que en tiempos más inocentes se llamó bataclán y después burlesque. Ya desde entonces bullían la idea de reconstruir el teatro y artistas como Carmen Montejo, Amparo Montes y Nati Mistral lo visitaron y, sin excepción, ofrecieron regalar un recital a beneficlo de la reconstrucción. En una ocasión, cuando aún servía de taller y los carpinteros daban sus martillazos, Ernestina Garfias, que había cantado la víspera en los Juegos Florales, probó su acústica lanzando dos o tres agudos tan brillantes que los obreros se engarrotaron y en el silencio sólo se escuchó el revoloteo despavorido de los murciélagos. Seguía resonando el espacio como casa de ópera.

En 1975, el ciclón Olivia, el más violento que ha padecido Mazatlán, le dio el tiro de gracia al edificio. Levantó el techo, que era de madera, y lo estrelló con tal furia contra el interior mismo del teatro que rompió su balconería de hierro vaciado y dejó hecho pedazos el maderamen del foro. Diez años duró a la intemperie, lo suficiente para que la selva de ficus en que está fincado Mazatlán reconquistara esa parcela. Un gigantesco amate se adueño del foro y creció tanto y tan aprisa que los muros y balcones del teatro parecían de una casa de muñecas. Otro ficus con ilusiones de jardín colgante salió del tercer balcón. En fin, en poco tiempo la vegetación cubrió el lunetario y las estructuras del techo parecían más un avión que se había estrellado en la jungla que las ruinas de un teatro. Así era el teatro, una ruina en la selva, cuando se inició su rescate en 1986. El presidente municipal de Mazatlán, José Ángel Pescador y su esposa lograron interesar al recién estrenado gobernador Francisco Labastida Ochoa y a su esposa la doctora María Teresa Uriarte, directora de Difusión Cultural del Estado, y a partir de ese momento el proyecto dejó de ser un sueño guajiro de los porteños para convertirse poco a poco en la realidad actual.

El primer festival cultural que se verificó en este teatro, se llevó a cabo a cielo abierto al pie del gran ficus. Ahí se construyó un tablado rústico para acomodar un piano, un pianista y a la soprano Gilda Cruz Romo. Mientras ella nos cantaba un recital de canciones románticas mexicanas –Ileder tropical– una luna llena salió de atrás del derruido muro y se fue trepando como paloma de plata por las ramas del gran ficus hasta que, al terminar el recital, salió al cielo limpio y estrellado para llenar con su resplandor hasta el último rincón del teatro. En aquella ocasión Gilda cantó bien, la luna sobreactuó. Cuatro festivales más se hicieron así a la intemperie, otros dos bajo techo y sólo el último del régimen de Fransisco Labastida se llevó a cabo con el cielo raso carmesí, y ¡bendita modernidad! aire acondicionado.

El resultado final acabó por trascender con mucho el proyecto original. Éste se limitaba a rescatar el puro edificio por ser el principal monumento arquitectónico de Mazatlán, una magnífica reliquia decimonónica de fachada neoclásica e interior barroco, pero bajo la dirección del arquitecto Juan León Loya, se logró no sólo restaurar fielmente la fábrica original sino también construir dentro de ese cascarón un teatro moderno con todas las ventajas de acústica, isóptica, iluminación y control electrónico de la tecnología teatral. Para ello se le tuvo que dar mayor inclinación al piso de la luneta, se bajo el nivel del foro y se abrió un foso para una orquesta de 80 músicos. Y fue así como se terminó la segunda reconstrucción, 123 años y 15 millones de nuevos pesos después de que don Manuel Rubio pusiera la primera piedra de ese teatro que los mazatlecos por fin, pudieron inaugurar por tercera vez en octubre de 1992.

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