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Dulce tradición (Michoacán)

Por: Claudia Sáenz

Tan azucarada como interesante es la historia de Los dulces morelianos de la Calle Real, un tradicional establecimiento del centro histórico de Morelia, que ofrece una inmensa variedad de la más selecta confitería michoacana.

Su historia se remonta a 1840, cuando don Marcial Martínez inauguró su dulcería, en la que elaboraba artesanalmente ates que ponía a asolear sobre las bóvedas de la catedral. Estas golosinas, provenientes del Medio Oriente, ya se preparaban en España siglos antes de la Colonización, conocidos como almendrates, avellanates y calabacinates, entre otros.

En 1939 pasó a ser propiedad de don Luis Villicaña y de su familia. En un ambiente donde mobiliario y vestuario remiten al porfiriato, encontramos exhibidores repletos de ates, jaleas y mermeladas, rompopes, morelianas, licores, chocolates, jamoncillos, palanquetas y merengues, que entre una variedad de 300 ofertas, son una tentación irresistible. Un recorrido por el Museo del Dulce muestra una cocina antigua que evoca el Virreinato, donde somos testigos de la tradicional elaboración del ate, desde que se extrae la pulpa del membrillo ya cocido para después cocinarlo a fuego directo con azúcar en cazos de cobre, hasta que empieza a desprenderse un dulce aroma y se le ve el fondo al cazo. 

Para comprobar cómo la confitería mexicana es un afortunado resultado del mestizaje, un interesante video narra la historia del dulce en México, desde que los antepasados prehispánicos utilizaban mieles de maguey y mezquite, además de mieles de insectos como hormigas, avispas y abejas para elaborar alegrías de amaranto y palanquetas de semillas de calabaza y cacahuate, así como la espirituosa bebida de cacao aromatizada con vainilla y endulzada con miel.

 De aquí continúa con la llegada de los españoles, cuando se introduce la canela y la caña de azúcar, entre otros ingredientes, con los que las cerca de mil monjas enclaustradas durante el virreinato dieron vida a un sin fin de golosinas.  En honor a este antiguo dulce, una detallada maqueta muestra su producción partiendo de la elaboración casera, en la que podemos apreciar las habitaciones de una típica casona moreliana, así como el paso a la industrialización, cuando ya se utiliza maquinaria especial y de grandes proporciones. 

 En este recorrido se evidencia la importancia de la confitería en la cultura mexicana y cómo su presencia ha tenido un significado distinto en cada época, ya que durante la Colonia el dulce fue elitista, en la Independencia se torna popular, en el Porfiriato se sustituye por lo francés y se industrializa en la década de los 40 del siglo XX.  Ya sea para convivir, festejar, agradecer y conquistar, o para darse un buen gusto nunca está de más un dulce bocado de tradición moreliana.  Fuente:  México desconocido No. 334 / diciembre 2004

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