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Camino de riberas: tres joyas del Chiapas desconocido

Totolapa, San Lucas y el manantial de Pinola son tres destinos que ejemplifican la riqueza de esa zona caliente

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Un rápido viaje de 70 km por carretera pavimentada nos lleva al antiguo municipio de El Zapotal, hoy conocido como San Lucas, ubicado a 700 msnm, entre los valles del Grijalva y las montañas del altiplano chiapaneco.

De clima agradable y pintoresca, la población de San Lucas fue desde la época prehispánica una de las huertas frutales más extensas de la región, cuyo cultivo disputaban a muerte los indígenas chiapanecos y zinacantecos. Parte de esta huerta aún existe y su producción es hasta la fecha una considerable fuente de ingresos para el pueblo, bautizado además como El Zapotal por la gran variedad de árboles centenarios de zapote que ahí se conservan.

San Lucas aparece en la historia en 1744, en la relación del obispo fray Manuel de Vargas y Ribera. El 19 de abril de ese año sufre un terrible incendio, que según dice la leyenda fue provocado por los mismos nativos para protestar por la explotación a la que los tenían sometidos los clérigos y los terratenientes.

Hoy San Lucas es un pueblito de barro y piedra con no más de 5 mil habitantes. Sus mujeres, descendientes de tzotziles y chiapanecos, se identifican por sus mantillas blancas, delantales de dos piezas y vestidos de colores llamativos; es común verlas cargar grandes trastos en la cabeza y llevar a los bebés -pichisles llaman amorosamente- enrebozados a la espalda o en la cintura, sin perder la gracia y el equilibrio.

Hacia el poniente del poblado, pasando lo que queda de la famosa huerta prehispánica, se localiza uno de los atractivos principales del municipio: el salto de San Lucas, que algunos campesinos conocen como El Chorro. Para llegar a la cascada hay que cruzar el río, al poniente del poblado, y caminar por angostas cañadas en donde se despeña el agua. Transitar por ahí resulta un paseo fresco y agradable. Los niños y las mujeres suben al poblado cargados con cubetas de frutas y caracoles de río llamadosshutis. La cascada de San Lucas resbala desde una veintena de metros, formando pequeñas pozas en el lecho. Para alcanzar su base hay que avanzar adentro del arroyo, entre paredes donde se descuelga la vegetación.

Deambular por las riberas del río surcado por frondosos sabinos, penetrar en los vericuetos de la oscura huerta y descansar en el regazo de El Chorro, son las mejores excusas para visitar San Lucas y despedirse de este lugar con un buen cargamento de auténtica fruta mexicana. Si usted quiere venir al antiguo Zapotal, salga de Tuxtla Gutiérrez por la carretera internacional y delante de Chiapa de Corzo está la desviación que, pasando por Acala y Chiapilla, nos lleva en menos de una hora a este poblado olvidado por el tiempo.

Y para continuar en la región vamos ahora al municipio de Totolapa.

Dejemos atrás San Lucas y retornemos al entronque de la carretera Acala-Flores Magón. Un par de kilómetros al oriente está el camino que nos conduce a uno de los poblados más antiguos de la zona, Totolapa, o Río de los Pájaros.

La aurora de Totolapa se remonta a la época prehispánica. Hay varios sitios arqueológicos en el área, de los cuales sobresalen dos adoratorios inexplorados, el de Tzementón, “danta de piedra”, y el Santo Ton, “santo de piedra”, en tzotzil. Según el maestro Thomas Lee, sus tierras provenían de ámbar no sólo a las poblaciones cercanas sino también a los mercaderes zapotecas y mexicas.

Totolapa se extiende hacia lo alto de una colina rodeada de barrancos, como una atalaya inaccesible, protegida por murallas de piedra. Sus antiguas veredas de acceso son callejones hundidos entre paredes de tierra y roca que parecen hechas por la mano del hombre y en donde sólo pasa una persona a la vez. Es claro que los fundadores eligieron ese lugar de difícil acceso para protegerse de las numerosas tribus que transitaban la región, robando los productos, en este caso el ámbar, y esclavizando a sus pobladores, como acostumbraban los temibles chiapanecos.

Totolapa es un pueblito de un poco más de 4 mil habitantes, campesinos en su mayoría. El agua y las parcelas están abajo, en las riberas que rodean a la colina. Arriba está el caserío de humildes viviendas de paja, unas de lodo y vara o de adobe, por cuyas ventanas asoman rostros, muchos rostros de niños. En realidad es uno de los pueblos más pobres de la zona, carente casi en su totalidad de agua entubada y drenaje, que ha sufrido varias veces los embates del cólera y el olvido de los planes oficiales de desarrollo.

Parte de la historia de Totolapa se puede observar en las paredes del templo de San Dionisio, en sus imágenes talladas en madera y en las piedras labradas de las ruinas de la casa Coral.

Lo mejor de las tradiciones de los totolapanecos se expresa en las festividades de agosto y de octubre, cuando reciben las visitas de las autoridades religiosas y comunales de Nicolás Ruiz: hombres y mujeres que, caminando ocho leguas, vienen con la cruz de su parroquia a celebrar a la Virgen de la Asunción y a San Dionisio. Las juntas de festejo los agasajan con singulares rituales de cortesías y comilonas que prácticamente duran tres días.

Cuando visitamos Totolapa íbamos con el fin de conocer las pozas de Los Chorritos, ubicadas a 2 km al oriente de la población. En un vehículo atravesamos todo el poblado, siguiendo el único camino que lleva al extremo de la planicie, estrecha y prolongada, que corona la cima de la colina. A continuación la ruta es a pie, bajando por una de esas singulares veredas que semejan oscuros callejones hundidos en la tierra. Las recuas suben en fila porque no hay espacio para más entre las altas paredes del angosto pasadizo. Cuando se encuentran dos grupos, uno tiene que esperar o regresar para que pase el otro. En ningún lado hemos visto veredas semejantes.

Abajo entramos a las riberas del río Pachén. Caminamos por una de las orillas en otra de las corrientes, y a poca distancia están los estanques que llenan las aguas de Los Chorritos. En un paredón cubierto de cañabrava brotan una media docena de chorros cristalinos de diferentes tamaños, que caen en una poza cuyo lecho calizo refleja tonalidades verdes o azules, dependiendo de la claridad del día. La poza es profunda y los lugareños sugieren a los bañistas que tomen sus precauciones, pues se cree que hay un sumidero en el interior.

Antes de continuar nuestro viaje es necesario informar que Totolapa y San Lucas no cuentan con restaurantes, hospedajes ni gasolinerías. Estos servicios se encuentran en Villa de Acala, en Chiapa de Corzo o en Tuxtla Gutiérrez. Si va a la cascada de San Lucas o a Los Chorritos de Totolapa le recomendamos conseguir un guía en las presidencias municipales de los poblados, para su mayor seguridad y comodidad.

El manantial de Pinola será la parte final de nuestro recorrido. De Tuxtla Gutiérrez salimos para la carretera con destino a Venustiano Carranza-Pujiltic, que nos lleva a lo largo de la cuenca del río Grijalva y sus afluentes, pasando entre otros sitios por la cortina de la presa hidoeléctrica de La Angostura.

A 100 km de Tuxtla se haya el ingenio azucarero de Pujiltic, cuya producción de azúcar es de las más relevantes de México. De aquí parte la carretera a Villa Las Rosas, Teopisca, San Cristóbal y Comitán, que une a la tierra caliente con las frías montañas de los Altos de Chiapas. Tomamos esta ruta y a media docena de kilómetros de Soyatitán, a mano izquierda, encontramos el desvío de terracería de Ixtapilla que, unos cientos de metros adelante nos conduce a la meta de nuestro recorrido.

El vertedor de Pinola reposa en el fondo de un bosque. Se trata de un oasis arbolado en las paredes montañosas que limitan la planicie de cañaverales. Un canal de riego corre a lo largo del camino a Ixtapilla y ese es el mejor guía para llegar a la represa que controla la corriente del manantial.

Encerrada entre la vegetación, como un secreto, la masa de agua atrae por su transparencia, que permite observar el fondo con una nitidez inusitada. El lecho parece estar al alcance de la mano, pero una rápida inmersión revela que se encuentra a más de cuatro metros de profundidad.

Afuera vuelan libélulas y mariposas de colores. En puñados descienden al espejo del estanque a juguetear sobre las hojas que se arremolinan en las orillas. Hay anaranjadas, amarillas, rayadas como tigres; unas cuyas alas combinan el negro y el rojo, otras verdes que se matizan con las hojas y azules del color del agua. Una locura para cualquier coleccionista.

La luminosidad del estanque supera al entorno que lo rodea. Por ello meterse en sus aguas es un verdadero bautizo de fantasía en plena realidad. Si usted visita al vertedor de Pinola no olvide el visor, que hará de su rutina de buceo una experiencia inolvidable.

Para terminar este viaje queremos decir que la población más cercana al manantial es Villa Las Rosas -8 km de distancia- cuyo nombre antiguo era Pinola, llamada así por una bebida de maíz fermentado que acostumbran los lugareños.

El territorio de Villa Las Rosas es rico en cimas y cavernas, con muchas galerías en donde “entras un día y sales en otro”, o como la cueva de Nachauk, terriblemente encantada, según las palabras de Nazario Jiménez, indígena tzeltal que nos guió por estos rumbos.

Arriba de Villa Las Rosas, en la sierra del Barreno, existen vestigios inexplorados de adoratorios y fortalezas prehispánicas. Una de ellas es la ciudadela de Mukul Akil, a hora y media de empinada vereda. Además, por la carretera a Pujiltic se puede ver la ruina del templo colonial de Soyatitán, cuya fachada barroca se levanta sobre la extensa alfombra de cañaverales.

Villa Las Rosas cuenta con servicios de hospedaje, restaurante y gasolinería. La población se comunica al noroeste con Teopisca y San Cristóbal de las Casas, y al oriente con Comitán, por carreteras pavimentadas.

Territorio de lo inagotable, Chiapas siempre tendrá nuevas ofertas para los buscadores del México desconocido. San Lucas, Totolapa y el vertedor de Pinola son tres ejemplos de lo mucho que puede encontrar el viajero si se adentra en sus múltiples caminos y riberas.

Fuente: México desconocido No. 265 

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