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Fachadas de Villahermosa: páginas de un libro interminable (Tabasco)

Cuando visité Villahermosa para apreclar la singularidad de las fachadas en su centro histórico, imaginaba hallar una mezcla extraña de estilos y épocas, desde la Colonia hasta nuestros días.

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Allí constaté que de la época colonial prácticamente nada sobrevive; sin embargo, las fachadas registran poco más de un siglo de cambios arquitectónicos y estilos decorativos, origen de variados y sorprendentes contrastes. Villahermosa se remota al siglo XVI, llamada al principio San Juan Bautista de Tabasco. La importancia adquirida en las siguientes centurias impulsó la construcción de iglesias, fortines y otros edificios; pero desastres naturales, ataques de piratas y guerras destruyeron su fisonomía en varias ocasiones.  Los estadounidenses colaboraron ampliamente en esta destrucción cuando el 25 de octubre de 1846 remontaron con sus buques el Grijalva para bombardear la ciudad; destruyeron la aduana, la cárcel, el teatro Principal y las iglesias de La concepción y Esquipulas. 

Los franceses también aportaron su roca de basalto cuando la Guerra de Intervención en los años 1863-1864, así como los partidarios locales de Pancho Villa, quienes el 12 de septiembre de 1914 incendiaron cuanto edificio consideraban como símbolo de la opresión.  Pese a tales infortunios, a partir de la segunda mitad del siglo XX la capital del estado de Tabasco experimentó un acelerado crecimiento y hoy es una de las ciudades más urbanizadas del sureste mexicano, con todos los servicios requeridos. 

El centro, sin embargo, ha mantenido su antiguo trazo y muchas de sus calles se han destinado al tránsito exclusivo de peatones.  Conservado y limpio, restaurado en buena parte, el centro histórico de Villahermosa no puede ocultar los contrastes de cambios precipitados. Entre los factores que han incidido en este proceso se pueden contar las inundaciones y las epidemias.  Dos edificios públicos destacan: el Palacio de Gobierno y el Museo de Historia. Por sus elementos neoclásicos y afrancesados seguramente se levantaron durante el porfiriato, como gran parte de las actuales construcciones antiguas de la ciudad. Uno y otro ejercen gran atractivo, si b len la sencillez del primero, en contraste con el rico ornamento del segundo, se compensa por su mayor volumen y por los espacios más amplios que tiene a su alrededor, mismos que permiten apreciarlo mejor y desde varios ángulos. 

Al contemplar estos dos edificios debemos imaginar el aspecto que debió presentar Villahermosa a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando los potentados buscaban las decoraciones más exigentes para sus mansiones, con elementos del neoclásico, el art noveau, el eclecitismo y otras corrientes arquitectónicas y decorativas.

Hoy en día, muchas de tales casas aún muestran elementos de aquella época: pilastras adosadas a los muros, balaustradas, cariátides, guirnaldas, ménsulas, medallones, frisos con bajorrel leves y otros detalles. Hay algunas que se han restaurado y lucen una impecable fachada, m lentras otras no pueden ocultar el paso del tiempo y de los inquilinos. El explosivo auge petrolero que experimentó la región en las últimas décadas, sin duda trajo progreso a algunos estratos de la sociedad; no obstante, otros no tuvieron la misma suerte. Todas las ciudades petroleras experimentan inflación, y m lentras el comercio flores en algunos ramos, en otros se deteriora. Estos cambios sociales quedan registrados en las fachadas: hay muros que sólo muestran un friso ornamentado como último rasgo de lo que fue un edificio importante, mientras el resto de la pared está repleto de anuncios y grafftti.

Abundan las puertas construidas en lo que fueran ventanas, debajo de las cuales se han acondicionado escalinatas laterales para el acceso; con su barandal formado a veces por un solo tubo, constituyen una característica de poblaciones donde llueve torrenciales. Hay un exponente en una de las calles restringidas al paso vehícular que resulta una mezcla de los cambios mencionados con un ingrediente de surrealismo: en los exteriores tiene dos ornamentos a manera de aldabones mientras que una puerta de balcón y la ventana a su lado fueron clausuradas con un muro de ladrillos, aunque dejaron el barandal del balcón y la protección de hierro de la ventana como insólita decoración. 

Expresión plena de lo “real maravilloso” mexicano (parafraseando a Alejo Carpentier) es el edificio de la calle 5 de Mayo: el antiguo Sanatorio del Estado, levantado en 1932 y dirigido por los doctores José Manuel y Rodolfo Mayans. Fue el primer hospital del sureste y pionero en estudios oncológicos; también el primer cine de Villahermosa y durante mucho tiempo lo llamaron “el faro”, pues además de estar construido sobre una loma era el único iluminado de la ciudad, visible a larga distancia por los buques que llegaban a través del Grijalva. Los mascarones que representan a los pacientes internados son únicos en el país. Actualmente lleva 13 años cerrado.  Otros detalles arquitectónicos de la ciudad también me resultaron singulares, como la combinación de pilastras neoclásicas con arcos árabes o la subdivisión de lo que fue una casa grande en pequeños y diversos comercios, al igual que las jaulas de aire acondicionado integradas en la decoración exterior, muchas de ellas en desuso. Las puertas de madera no son abundantes debido al alto índice de humedad, pero no faltan algunas de principios de siglo que se conservan en buen estado. 

Las viviendas particulares fabricadas en las últimas décadas, un poco alejadas del perímetro central, también revelan la sensibilidad del trópico: el gusto por la policromía intensa y contrastante y algunos detalles exóticos que incluyen hasta un descuido intencionado, aunque no todos los tabasqueños gusten de los escándalos visuales.   Dos o tres sitios muy cerca del centro me impresionaron. Sin haber sido nunca construcciones importantes, tampoco fueron en sus inicios las moradas humildes que ahora son. El tiempo, las lluvias y otras inclemencias han ido descarapelando las distintas capas de pintura con que fueron cubiertas en el transcurso de los años hasta mostrar algo muy parecido a un cuadro impresionista. En una de las casitas, el vano de la entrada que otrora guardó una puerta grande fue casi cubierto por bloques, y sólo quedó espacio para una puertita de madera resguardada con un pequeño candado: dramática y despiadada paradoja del progreso. Este recorrido por el centro histórico de Villahermosa me ayudó a comprender su pasado, a leer en sus fachadas como en un libro cuyas páginas más antiguas se van destruyendo, a conocer una historia forjada a fuerza de luchas y contradicciones, de sacrificio y de imaginación; impulso de un pueblo que ha plasmado su grandeza o su miseria, su sentido estético o su instinto de supervivencia. Los muros también hablan.

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