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Hacienda Uayamón, el lugar donde llueve miel

Dedica un día solo para ti. Consiéntete en esta lujosa hacienda, donde además llueve miel.

Foto: Archivo MD

He visto tantos amaneceres… Mi piel se ha humectado con lluvia entre espesa vegetación selvática, pero nunca imaginé que estas gotas bajo una ceiba milenaria me llenarían el corazón de agradecimiento y felicidad. La tierra campechana es dadivosa en to-dos sus caminos: culturales, gastronómicos, naturales; nunca decepciona al viajero, hasta al más experimentado le tiene reservadas sublimes sorpresas. Justo después de arribar a la ciudad de Campeche, nos llevaron a viajar en el tiempo. A 27 kilómetros, por la autopista 60, me esperaba conocer lo que sin lugar a dudas es mi “hotel” favorito en el mundo: Uayamón. Y digo entre comillas hotel porque es realmente una antigua hacienda henequenera de 1700, restaurada para ser conservada a la más pura perfección y funcionamiento. El arquitecto indonesio Jaya Ibrahim diseñó las habitaciones y las áreas públicas de manera magistral, ya que se entrelazan y fusionan con naturalidad haciendo fácil imaginar lo que debieron ser esos espacios en sus tiempos de bonanza, pero ahora se incorporan pequeños grandes detalles a los que llamo “lujo inteligente”. 

Marcos FerroFoto: Marcos Ferro

Los gruesos muros, arcos, techos de doble altura y las vigas son las mismas, pero gozan de un aire sofisticado que aportan las albercas, fuentes, hamacas, la más fina ropa de cama, los muebles de época, los objetos de fibra de henequén y las amenidades elaboradas artesanalmente por gente de la región. La noche me sorprendió en la alberca, nadando bajo un cielo infinito, luminoso, con centenares de destellos que creí que nunca antes había visto; entrañable ahora que lo recuerdo. A la mañana siguiente, estaba fascinada por amanecer con el ruido del caer del agua en las fuentes y el trinar de las aves. El desayuno estaba listo, en el jardín, bajo una impresionante ceiba, árbol sagrado de los mayas. Todo era perfecto, pero aún faltaba lo mejor. Mis amigos y yo disfrutábamos una taza de café y pan recién salido del horno cuando notamos que nos “llovía” algo; extrañados instintivamente revisamos si había alguna nube, pero el sol brillaba como nunca y el cielo era azul intenso. Nuestros brazos desnudos, nuestras manos, nuestra cara y cabello se iban cubriendo poco a poco de esas pequeñas gotas doradas.

Archivo MDFoto: Archivo MD

Al vernos extrañados, uno de nuestros anfitriones sonrió fascinado y dijo: “¡Nos está lloviendo miel!”. Incrédulos, tocamos y probamos el regalo ya adherido a nuestra piel. Cientos de gotas caían de aquellas altísimas y frondosas ramas del árbol sagrado. Sus abejas, a muchos metros de altura, zumbaban, trabajaban, volaban; y el aire hacía lo suyo para que el milagro sucediera. Esa mañana la ceiba, el cielo maya y las abejas nos ofrendaron la experiencia más sutil y dulce (literalmente) que jamás hayamos vivido. Nadie habló, no era necesario. Agudizamos nuestros sentidos para vivir felices el mágico momento; incluso, cerramos los ojos para seguir disfrutando sorbo a sorbo nuestro café, ahora con un suave dulzor. 

Guacamole Projec/MDFoto: Guacamole Projec/MD

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