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Ópalos: gemas de fuego (Querétaro)

El ópalo de fuego es una de las gemas que mejor representa a México y sus principales minas se encuentran en el estado de Querétaro.

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Pero, ¿qué es en realidad un ópalo? ¿Una piedra, un cristal, una roca? ¿A qué se debe ese arcoiris tan singular de algunos ejemplares? Todo es resultado de una inmemorial mezcla de ardiente lava y fría agua?.

En términos científicos el ópalo es un sílice hidratado, una especie de gel mineral formado de partículas de sílice con agua solidificadas por la acción de algún catalizador natural. Si bien algunos bancos opalíferos como los de Australia tienen un origen sedimentario, la mayoría, incluidos los mexicanos, son volcánicos. De acuerdo con esta teoría, durante el movimiento de las placas continentales del planeta durante la última orogenia, los oceános prehistóricos que por entonces cubrían el centro del país se retiraron poco a poco dando paso a tierra firme y a una creciente actividad volcánica. Cuando el magma emergió del centro de la tierra, lo hizo en diferentes momentos y fue creando capas de lava que se mezclaron con agua y dieron origen a pequeños mantos del mencionado gel mineral.

Al endurecerse y convertirse en roca madre cada una de estas capas, se formaron burbujas de aire entre ellas, algunas de las cuales se llenaron del sílice hidratado, acuoso, propio de la mezcla del magma con el agua de los paleo-oceános; tras la acción catalizadora de las tormentas eléctricas y las posteriores glaciaciones de la era geológica, el gel de sílice hidratado se solidificó para dar paso a las variedades de ópalo que hoy se encuentran en las pocas zonas opalíferas del mundo.

Con todo, la estructura molecular de los ópalos, sea de orígen volcánico o sedimentario, es la misma: SiO2 + H2O, sílice hidratado y endurecido por catalizadores naturales.

DUREZA Y TRANSPARENCIA

¿En qué radican las diferencias de dureza, transparencia, color y tipo de iridiscencia en cada una de las variedades? Por una parte, en el porcentaje de hidratación de cada una, por lo que de acuerdo con el porcentaje de agua –fluctuante de 3 a 13%– varía la transparencia y dureza de la gema: entre más agua será más opaca y suave, y entre menos agua más dura y transparente. En la Escala de Mohs la dureza puede variar de cinco a 6.5, medida en la que los mexicanos ocupan el primer lugar.

El color responde a la presencia de uno o varios minerales en la molécula de sílice hidratado, como el hierro, que en dependencia del porcentaje incluido torna a la gema de ligeros tonos amarillos hasta rojos intensos, como en los llamados ópalos de fuego mexicanos; por su parte, el cobre los vuelve verduzcos, mientras que el níquel los hace azulados. Puede haber combinaciones entre estos minerales, lo cual da lugar a una gama de coloraciones que caracterizan cada variedad.

Quizá lo que mejor identifica a esta gema es la presencia del fenómeno de difracción multicolor llamado iridiscencia, que no debe confundirse con la opalescencia. Esta maravillosa propiedad se debe a que en algunos ópalos el sílice acuoso, constituido de microscópicos cristales esféricos llamados lepísferas, se agrietó antes de solidificarse por completo hace miles de años. En dichas fracturas las lepísferas se reordenaron de manera irregular provocando delgadísimas películas en las que la luz blanca se difracta y transforma en el iridiscente espectro multicolor que se nos presenta mediante ”flashazos” al observar un ópalo en ciertos ángulos bajo la luz solar o blanca.

DE LECHE, DE AGUA Y DE FUEGO…

Entre las variantes descritas hay varios tipos de gemas:

Ópalo noble. Conocido también como blanco, de leche o australiano, por provenir del continente donde más abundan, es de origen sedimentario y por ende uno de los más raros y apreciados por los gemólogos. Debido a su alta hidratación es opaco y presenta un aspecto blanco-lechoso con difuminados. La presencia de intensas vetas iridiscentes de colores azul, verde o aguamarina se debe a la alta presencia de níquel, cobalto y cobre en los bancos opalíferos de este tipo. Sin embargo, el ópalo noble o blanco presenta la desventaja de la suavidad, la cual los hace muy delicados cuando se quieren tallar para montar en piezas de joyería.

Ópalo arlequín. De menor hidratación, es traslúcido, aunque en ocasiones puede ser opaco. Su principal característica es que sobre su base opaca o traslúcida presenta curiosos mosaicos multicolorores que en no pocas ocasiones son iridiscentes, como si se tratara del traje de un arlequín o de un multicolor tablero de ajedrez. Ello se debe a que en esta variante aparece una gran diversidad de minerales que acomodados de manera simétrica en su interior generan estos curiosos mosaicos multicolores. Algunos gemólogos consideran al ópalo arlequín como una variedad del ópalo noble.

Ópalo de agua. De base prácticamente transparente e incolora, es muy apreciado pues de acuerdo con los minerales que contenga, los colores destacan como vetas miradas a través del agua. Se puede encontrar ópalos de agua azules, amarillos o rojos, e incluso una variedad denominada girasol, la cual presenta vetas de colores sobre un cuerpo traslúcido y opalescente, cada una de las cuales se puede apreciar según el ángulo en que le dé la luz. La mayoría de los ópalos de agua muestra una característica que demerita su uso para joyería: sólo son transparentes e iri-discentes dentro del agua, mientras que fuera de ella tienden a ponerse lechosos y pierden gran parte de su iridiscencia.

Ópalo de fuego. También conocido como flameante, esta variedad es la más transparente y dura de todas y la de menor hidratación. Característica de los bancos opalíferos de México, su composición incluye abundantes partículas de hierro, mineral que le proporciona un característico tono rojizo. Su encendido color, que puede ir del rojo carmín al amarillo ámbar, en algunos ejemplares presenta estrías iridiscentes muy fuertes, que al combinarse con otras verdosas debidas a las partículas de cobre, simulan verdaderas llamas de fuego; de aquí el mote de flameante. Aunada a estas características estéticas, la gran dureza y transparencia de los ópalos de fue-go permite que pueda cortarse en facetas que realzan aún más su belleza y lo hacen idóneo para la alta joyería.

DEL GRIEGO OPAL AL NÁHUATL TEQUETZALI TZIL

Si bien existen múltiples depósitos opalíferos en diversas partes del mundo, la mayoría son muy pequeños e impuros. Los depósitos más grandes y finos se hallan en muy pocas regiones, entre otras la oriental de Czervenica, en la hoy República Eslovaca. Por otra parte, las desérticas provincias australianas de Queensland y New South Wales contienen los más grandes yacimientos de ópalo blanco o noble; descubiertos a mediados del siglo XIX, en tanto los depósitos de ópalos de agua y girasoles de la provincia hondureña Gracias a Dios han sido señalados por algunos estudiosos como los sitios que abastecieron la rica joyería de los señoríos prehispánicos mayas del Quiche, en Guatemala, e incluso para comerciantes centro y sudamericanos.

En el caso de México, la extracción y uso de ópalos destinados a la joyería fue común desde tiempos prehispánicos. Entre los habitantes acaudalados del antiguo Anáhuac, la gema era como tequetzalitzil, vocablo que traducido del poético y simbólico náhuatl, significa algo así como pedernal con plumas de colibrí. Si bien la plata, el oro y la grana cochinilla fueron las principales riquezas mexicanas explotadas en la Colonia, el hallazgo de yacimientos opalíferos en zonas mineras, jamás fue despreciado en Europa.

YACIMIENTOS

Nuestros ópalos de fuego se hallan en forma de burbujas al interior de mantos de roca volcánica llamada riolita localizados en varios estados, pero de manera abundante en los de Querétaro, Guanajuato, Jalisco y Nayarit, donde la actividad volcánica y termal es sumamente antigua. Una de las regiones opalíferas más reconocidas en el mundo está en el distrito minero de San Juan del Río, a unos 50 km al sureste de la capital queretana y muy cerca de la célebre Peña de Bernal.

Aunado a su singular color e iridiscencia, el ópalo de fuego mexicano se distingue por su dureza y transparencia, propias de la máxima concentración de sílice que un ópalo puede alcanzar, a diferencia del ópalo noble australiano, que contiene más agua que sílice y es más opaco y suave. Estas características, únicas entre los ópalos del mundo, permite que las gemas brutas puedan pulirse y luego tallarse o cortarse en preciosas facetas que realzan su encendida brillantez y valor. El virtuosismo de los lapidarios y orfebres mexicanos, particularmente de los queretanos y más específicamente de los de San Juan del Río, representa sin duda alguna un valor agregado al alcance de nuestras manos.

DE LA ROCA MADRE A LAS JOYAS DE ORFEBRES

El primer paso para la extracción una vez detectado un yacimiento, es el barrenado de grandes pedazos de riolita en minas que por lo re-gular aparecen a pocos metros de profundidad. Posteriormente, los rocones de riolita se despedazan en trozos cada vez más pequeños hasta que puedan revisarse a mano con el fin de hallar vetas y burbujas que por su tamaño, pureza y belleza, merezcan seguir limpiándose en los talleres lapidarios. La labor del lapidario consiste en quitar hasta don-de sea posible los rescoldos de riolita y dependiendo del resultado destinar las piezas menos puras para el tallado de pequeñas esculturas o el faceteado de las piezas más puras y grandes.

Cuando el ópalo limpio resulta pequeño, pero muy vistoso, se talla con todo y la piedra que lo envuelve dando forma a esculturas de riolita –cuyo color semeja la cantera rosa– en las que los pedacitos de ópalo parecieran incrustados en la piedra. Una vez limpio el ópalo de riolita, queda de un tamaño considerable pero resulta común a varias piezas, por lo que los lapidarios le dan una forma ovoidal llamada cabujón, cuya superficie alisan y finamente pulen para incrustarla en piezas de joyería. Cuando alguna resulta singularmente bella y grande, se decide cortarla en facetas que realzan el brillo y los destellos de la pieza, tal como sucede con los mejores diamantes, esmeraldas o rubíes. Más aún, los ópalos faceteados suelen montarse en diseños de filigrana que los orfebres mexicanos elaboran con especial cuidado para dar como resultado finos ejemplares de alta joyería.

Y si desea admirar esa maravilla natural, los ópalos mexicanos, o la riqueza cultural que significa su transformación en piezas de fina joyería a manos de lapidarios y orfebres lo mejor es visitar San Juan del Río. No dejará de sorprenderse.

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