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La vista de Orizaba desde un parapente

Siempre se puede ir un poco más alto, un poco más lejos. No importa la edad o el momento de la vida en el que nos encontremos, la invitación a la aventura está siempre abierta. Esta es la aventura en Orizaba de una de nuestras viajeras expertas.

Era la víspera de mi cumpleaños y no tenía grandes festejos programados; mi familia y amigos me preguntaban de qué manera pensaba celebrar un año más de vida. Después de darle muchas vueltas, pensé que sería bueno hacer algo que nunca hubiera hecho, pero no cualquier cosa, más bien algo que nadie, ni yo misma, imaginara que me atrevería a hacer.

Tenía varias cosas en mente y me propuse buscar algún lugar que me ofreciera varias opciones. No quería salir del país porque estoy convencida de que en México se viven todo tipo de experiencias y aventuras pero, ¿cuál es su punto más alto?, ¿en dónde sepuede ir más allá de las nubes y a la vez tomarse un respiro en un lugar acogedor y lleno de historia?

La respuesta llegó a mi cabeza casi de inmediato: Orizaba. Ahí se encuentra nada menos que la montaña más alta de México, el majestuoso Pico de Orizaba, y otro sinfín de cerros y montañas que garantizaban nuevas experiencias y altas dosis de adrenalina.

Estaba decidida a probar mis propios límites, así que empaqué con las prendas adecuadas para clima templado, vientos fuertes y frío extremo. Había que estar preparada para todo.

La calma que precede a la aventura

Mi contacto con las alturas en Orizaba comenzó en la Catedral de San Miguel Arcángel. La construcción de 292 años de antigüedad es preciosa, pero quizá lo que más vale la pena es subir los 94escalones hasta el campanario, desde donde pueden observarse Orizaba, Córdoba, Río Blanco y El Fortín.

Pero después de estar unas horas en la ciudad, había llegado el momento de ir un poco más allá, así que me encaminé hacia el teleférico de Orizaba, que es nada menos que el tercero más largo de México (mide 917 metros de largo). La salida es desde la Plaza Pichucalco y llega hasta la cima del Cerro del Borrego. Sube unos 320 metros (lo que lo hace el segundo más alto del país) en tan solo cinco minutos y la velocidad es casi imperceptible (¡recorre cuatro metros por segundo!), quizá porque la vista durante el trayecto es impresionante: el valle de Orizaba y las montañas que lo rodean. 

En la cima puede visitarse el museo de sitio que cuenta la historia del combate en el que tristemente el ejército mexicano, que recién había salido victorioso en la Batalla de Puebla, fue vencido por las tropas francesas en 1862. Se puede permanecer ahí hasta por dos horas y visitar todo con el mismo boleto de teleférico pero como yo buscaba algo más extremo, decidí bajar un poco antes en busca de más adrenalina.

La posibilidad de las montañas

Cuando se está en un valle es casi imposible no subir a las montañas y experimentar lo que estas ofrecen. Sin pensarlo más, me encaminé al día siguiente hacia El Fortín, a unos 20 minutos de Orizaba, en específico al famoso Cerro de San Juan, también conocido como el Cerro de las Antenas, uno de los mejores lugares de México para hacer realidad mi temido y a la vez añorado sueño: ¡volar en parapente!

Una vez ahí y mientras esperaba mi turno, vi a otras personas despegando desde la orilla del cerro; no se veía tan difícil y sí muy emocionante, así que comencé mi preparación para hacer algo tan fuera de mi registro de aventura. Debo confesar que tuve una fuerte mezcla de emociones y no voy a negar que el miedo era la predominante, pero los instructores me aseguraron que no había nada que temer.

Mientras me colocaban el casco y el arnés, me iban dando las recomendaciones de seguridad; eran tantos mis nervios, que solo recuerdo que debía correr cuando así me lo indicaran. El vuelo para principiantes es siempre en tándem, así que el parapente sería conducido por alguien muy calificado, lo cual me calmó bastante.

Me aseguré de estar bien enganchada a la persona que me llevaría a volar y cerré los ojos. Hay que esperar a que “entre el viento” a la montaña, me dijo; en un momento tomó los mandos del parapente y gritó: “¡Corre, corre!”. Claro, no alcancé a correr nada porque de inmediato mis pies se levantaron con la fuerza del viento que impulsaba el parapente. Volví a cerrar los ojos, ahogué un grito y, de repente, la calma. Cuando pude abrir los ojos de nuevo no podía creer lo que veía y sentía: mi cuerpo flotaba literalmente por los aires y entre las montañas veracruzanas, iba perfectamente sentada, con las manos libres para señalar hacia donde quería ir y en lugar de miedo sentí una libertad inmensa que no me dejaba emitir palabra.

Una vez superado el asombro inicial comencé una tranquila charla con mi guía, quien me llevó volando por todo el valle, me explicó que si nos acercábamos a la montaña el aire nos impulsaría hacia arriba y subiríamos más y así lo hicimos; cuando nos alejábamos, bajábamos un poco. Así estuvimos un buen rato, subiendo y bajando con mucha calma, apreciando lo que nos rodeaba y disfrutando del aire diáfano que ahí se respira. La mirada y los pulmones se limpian.

De pronto, me dio por pensar cómo íbamos a bajar y lo consulté con mi instructor; él respondió: “¿Cómo quieres bajar: rápido o lento?”. Le pregunté sobre la diferencia y me dijo que lento era planeando hasta aterrizar en una cancha de futbol que, aunque lejos, se alcanzaba a distinguir a la perfección. “¿Y cómo es rápido?”. Sin palabras, decidió hacerme una demostración.

Hizo un maniobra y el parapente se hizo como de lado y empezamos a descender de manera vertiginosa, ¡como en una especie de remolino! El descenso duró apenas unos segundos que bastaron para que todo dentro de mí se revolviera, no puedo decir que fue solo desagradable, pero no estoy segura si quisiera sentirlo de nuevo.Cuando dejamos de dar vueltas en el aire, le dije que creía que era hora de volver a tierra firme. Suavemente comenzamos a descender y la única indicación fue que levantara los pies cuando estuviéramos a punto de aterrizar, así lo hice y no se necesita más porque el arnés tiene una especie de bolsa de aire abajo que amortigua por completo el aterrizaje. Sentí un gran alivio de estar de nuevo en tierra firme en una sola pieza y a la vez unas ganas tremendas de volver a sentirme como un pájaro en el cielo. Pero ya sería en otra ocasión porque uno puede regresar a Orizaba cuantas veces quiera y tener miles de aventuras desde el cielo. 

Así pasé mi cumpleaños, cumplí un reto y muy pronto volveré a surcar los cielos de Orizaba.

 

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