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Rancho Buenavista, un lugar de colección (Estado de México)

Al final del camino: el rancho con su casco antiguo color terracota contrastando con el ambiente. Cerca de 200 años de historia guardada en las paredes, de murmullos y secretos que el viento lleva en su eterno viaje por los espacios.

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Avanzamos por la carretera a Zitácuaro. Toluca, con sus pequeñas y grandes industrias, ha quedado atrás. Kilómetro 38. “Rancho Buenavista”: un letrero indica dar vuelta a la derecha. Son las 9:30 horas. Hemos llegado temprano. Un par de niños corren a abrir la puerta de hierro forjado. Los sigue “Leo”, el perro de la familia Chávez, con su amigable movimiento de cola y su sonrisa. Entramos. A nuestra derecha, una pequeña presa. A la izquierda, un bosque. Sobre nosotros, las ramas de las coníferas sembradas a lo largo del camino, entrelazándose. Acceso de arcos naturales y flores silvestres. Al final del camino: el rancho con su casco antiguo color terracota contrastando con el ambiente. Cerca de 200 años de historia guardada en las paredes, de murmullos y secretos que el viento lleva en su eterno viaje por los espacios.

LA HISTORIA POR LAS PAREDES

El rancho Buenavista pertenece actualmente al charro Octavio Chávez, quien preocupado por mantener la tradición mexicana ha procurado defender a sol y sombra la autenticidad del lugar. Así, con sus tal vez más de dos siglos encima, el Buenavista ha sido restaurado con dos propósitos fundamentales. El primero, la permanencia de la función, con la cría de ganado vacuno –raza Angus–, y caballar –razas Cuarto de Milla y Azteca–. El segundo, la permanencia de la tradición, con la práctica y el rescate de la charrería tradicional, siendo en este sentido, junto con Temoaya, casi el único lugar donde semana a semana, los sábados, se reúnen los charros de diversas regiones del país para ejecutar las faenas correspondientes a este arte en su forma primaria: a campo traviesa, a campo abierto.

Por otro lado, el lugar es en sí un museo. Un museo que podría considerarse vivo si se tomara en cuenta que por él circulan personas y animales no como simples observadores, sino como seres que conviven de manera real y cotidiana con el ambiente. Los establos, por ejemplo, son a la vez recinto de caballos y carruajes, sillas de colección, hierros para marcar, chaparreras, sombreros y gabanes que el tiempo ha cubierto de polvo, espuelas de plata, frenos y demás enseres charros.

En la casa antigua, un patio rodeado de flores, con cierto aire andaluz, invita a dar la vuelta y a descansar. A un lado de su entrada reposa, quitada de toda pena, maquinaria agrícola de principios de siglo, en contraste con los viejos carretones de tiro que se descubren en diversos rincones del lugar. Al otro lado yace, con su mudo testimonio, una pileta de piedra a la cual, hace cientos de años, solían acudir los animales a saciar su sed. Un poco más allá, pequeños escalones señalan la entrada a una de las secciones de la construcción. Un estrecho pasillo subraya la fachada encalada, adornada con herrajes diversos y armas más o menos antiguas. Destaca al centro la puerta de la habitación principal, hoy despacho del charro Octavio Chávez.

Una silla de montar adorna parte del espacio: piel cincelada, grabado en flor; herraje trisabado, con su juego de ángulos y lados casi triangulares; marcas de cuerdas, incisión, corte, herida testimonial y necesaria del uso de la montura. Frenos de hierro y plata le hacen la segunda: serpientes que se encuentran y separan, aros que se engarzan; memoria árabe y cristiana; arte mestizo; labor artesanal que se viste de gala; México que surge de la mezcla y se afianza. Cuadros, retratos, diplomas, carteles, libros (pruebas silenciosas de una preocupación por la naturaleza, de un charro ecólogo), pieles diversas, astas (labradas y no), plumas, muebles más o menos antiguos, fotografías (memorias de un cabalgar por la vida) y otros ornamentos tradicionales rematan la decoración.

Al lado, una segunda habitación que se comunica con la anterior y con el exterior. Recámara decorada como a principios de siglo: camas de hierro chapeado, con enorme cabecera heráldica y barra ancha; tocadores y armarios entre barrocos y afrancesados, con su madera caoba resistente y su insistencia en la curvatura terminal; cuadros marcados por el paso de los años, con su predominio de ángeles y sombras y, por qué no, hasta un reloj-calendario de cabecera perteneciente a Porfirio Díaz. Baño amplio, mosaico amarillento, remodelación. Afuera, otro pasillo, otra fachada, construcción adjunta. Escalones de entrada que tienden a hacerse más anchos a medida que se elevan: almacén de forraje en la parte superior.

Planta baja, otro pasillo igual de estrecho que el de la primera construcción, con su adorno de macetas y plantas en flor. Al final, abertura donde el rifle se mantiene sostenido por el fantasma de algún fiel guardián. Bajo ella, el anafre, la hornilla: tomar café, calentar la tortilla para el taco… todo a mano, ahí mismo, para el vigilante en plaza, para el ojo avisor que no deja el puesto y permanece alerta ante el posible ataque de los bandidos de la zona que, en las noches de luna llena, aún amenazan la región.

Fachada blanca, con los mismos herrajes y armas. Al centro, otra habitación: sala de museo. Arte tradicional, puro, mexicano, colgando por las paredes, deslizándose sobre el piso en su danza de sombras. Materiales diversos. Trabajo ancestral. Arte y técnica hermanados en el viento, mestizajes, tradición. Historia viva colgando de las paredes, caminando por el techo, recorriendo los pasillos, correteando por el patio empedrado, murmurando entre las hojas de las plantas, arrancando una flor, escapándose en el aroma que ésta emite, escurriéndose con el agua por la porosidad de la maceta, subiendo los anchos escalones y revolcándose en el forraje, trepando a la maquinaria o a los carruajes, deslizándose por sus cuchillas o por sus ruedas, bebiendo en la pileta, montando en los caballos, ordeñando las vacas, herrando, capando, llorando, danzando, cantando al son de una guitarra… Historia antigua y sencilla. Historia de la charrería.

LA HISTORIA Y LA COSTUMBRE BEBIENDO TEQUILA

Y sin embargo, aquí no termina el cuento. La historia, continúa… Otros edificios más modernos completan el escenario. Por un lado, el pequeño lienzo charro. Tono chedrón, ladrillo, sobre el verde del pasto, rasgado a veces por el amarillo de la flor de anís, por el lila de las flores silvestres. Lienzo adoctrinador: frases en blanco o en negro. “A gran caballo, grandes espuelas…” “Antes vaquero, hoy caballero…” Sentir poético, popular, campesino, o un poco más “intelectual”, como las frases de Álvaro Domecq en la pequeña tribuna: “Los movimientos no pedidos castígalos, pero con dulzura…” “El caballo que tira de la mano no está en la mano, está más allá”. Junto, los corrales. Enfrente, la sorprendente cabaña de madera. Mezcla: encuentro de la “modernidad” y la tradición en la decoración. Cortinas que se descorren: vista general sobre las cañadas de pastoreo. Bodega bajo el piso. Pieles, muebles, accesorios en perfecta combinación. Motivos en la decoración: encuentros llenos de significados. Cuadros: un Ballesteros con su acuarela de faena en ruedo intercala su historia con un Cabrera colonial y religioso.

Más adelante, otra sorpresa: “El Bodegón”, espacio sin secretos donde la historia y la costumbre comparten día a día botellas de tequila. Cantina, comedor y cocina. Lugar de reunión. “El Bodegón” es una tentación. Una invitación suave y discreta a recorrer el pasado del rancho y sus habitantes, a leer cada uno de sus letreros, cada recorte de periódico, cada cartel que se sujeta firme a sus paredes. Lectura de imágenes, de fotografías. Visitantes más o menos reconocibles, periodistas y reporteros más o menos famosos, artistas de más o menos renombre, gobernantes nacionales y de otros países, retratos de amigos y familiares. Narración de la “vida social” de un rancho. Y a un costado de las fotos, la cantina. Rincón del pulque y el recuerdo. Asientos-silla de montar ante la barra… “¡Sírvame otra copa, cantinero…!” El museo continúa con su casi agobiante testimonio. Instantánea de una tienda de raya en la que ya no se cambia la vida por nada sino que ahora sirve para reunir amigos, reír, beber y, si el momento lo amerita, quitar la misteriosa piel de caballo que yace al lado de la cantina y descubrir el piano.

Espacios que señalan otro sueño, otro anhelo, otra preocupación que va más allá de la generalmente unida a un rancho: embellecer el ambiente, estudiar las plantas, conocerlas, amarlas… Al igual que al ver los carteles y los libros del despacho se presenta, de nuevo, la otra faceta: la del charro ecologista. Aquel que disfruta tanto de la faena del campo, de la suerte charra que engalana, de la reunión en risa con los amigos, de la tradición y del recuerdo, como lo hace de la naturaleza al amarla y cuidarla. Nueva historia intercalada, sentada a la mesa junto con la otra y con la costumbre.

Son cerca de las 18:00 horas. La amenaza de lluvia, normal en esta zona, al parecer se ha disipado y el sol nos acompaña hacia la entrada. Intenta que lo sigamos en sus escondidillas a través de las ramas. Realmente, quisiéramos poder hacerlo. Pero es hora de volver a la ciudad de México. Atrás se van quedando los recuerdos, el paisaje costumbrista, la acuarela de la faena del campo remontada al lienzo o permanente en él y el óleo de la tradición…

Y, también, la historia cruzando por las paredes, bailando en los salones, colgándose las no indispensables pistoleras y la inevitable navaja al cinto, acomodándose el sombrero charro, anudándose la moña ante el espejo de madera oscura, vigilante ante el ataque de los bandidos fantasmales que recorren las laderas de los cerros y emboscan a los viajeros por los caminos, bebiendo, a fin de cuentas, pulque, con la costumbre y la modernidad en la cantina de “El Bodegón”. Y mientras más nos alejamos de este rancho de colección, más sentimos cómo la visión se nubla y el cielo se oscurece… Parece que siempre sí va a llover.

CHARRERÍA A CAMPO TRAVIESA EN EL RANCHO BUENAVISTA

A Buenavista se le denomina el Santuario de la Charrería, por ser uno de los dos lugares donde se sigue practicando la charrería a campo traviesa (el otro es Temoaya, no lejos de ahí). En la temporada de lluvias se reúnen desde hace varios años amigos charros de varias asociaciones del país, y con gran amistad de la familia Chávez Negrete, para practicar esta singular modalidad de la charrería. Los sábados son los días de reunión, al medio día, normalmente de 10 a 15 charros, bien ajuareados y sin faltar hasta el último detalle de su atuendo.

Al reunirse, el anfitrión los invita a bajar a los potreros donde se celebran las charreadas; lo primero es arrear el ganado que a esa hora normalmente se encuentra a la sombra de las coníferas, en las laderas; organizados y conocedores de sus menesteres, los charros los empiezan a bajar al potrero asignado; se lazan de 10 a 15 toros, acompañados de la vacada de la hacienda que es de raza Angus y que servirá para integrar las juntas de ganado de cerca de 100 animales.

Estas faenas consisten en lazar un toro de los cuernos y dirigirlo hacia un lazador que espera en suerte su ejecución; a dicho toro lo llevan justamente a donde está el lazador en turno y la justa de ganado va adelante para llevar a la querencia al toro que se está manganeando, después de algunas oportunidades se ejecuta la terna al estilo clásico y se retira la junta del ganado 200 o 300 m y se prepara un coleador acompañado de dos charros, uno haciendo lado y otro jala para dirigir lo más directo al toro hacia la punta de ganado y así ejecutar con el toro libre la suerte de colas, que por lo regular con la velocidad se muestra muy aparatosa sin dejar de llevar un gran riesgo. En algunas ocasiones el toro que se derriba en la terna se jinetea, y otras se le tira una clásica mangana llamada la espina. De esta manera se ejecutan las faenas campiranas que podemos apreciar en las pinturas costumbristas del siglo pasado y principios de éste: Alfaro, Serrano, Morales, Icaza y Ballesteros.

SI USTED VA AL RANCHO BUENAVISTA

buenavista se encuentra en el centro de varias famosas haciendas, Dolores, Suchitepec, Ayala (inmortalizada por Luis G. Inclán en Los capaderos de Ayala) El Sitro y La Gavia. A 90 km de la ciudad de México y cerca del lago de Villa Victoria, presa de cerca de 20 km de largo. Vecino de la etnia mazahua, un lugar a 2 600 metros sobre el nivel del mar.

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