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Rarámuri, una herencia difícil (Chihuahua)

Olvidé el nombre del pueblo, no por el tiempo que ha pasado, casi una década, sino porque recuerdo sólo las imágenes que me provocó, las que hay en mi memoria y las que intenté plasmar en estas fotografías

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Lo que recuerdo, pues, es que por primera vez pisaba la tierra de los rarámuris.  En los límites del bosque, allá, a orillas del sembradío de maíz, alejada del grupo de casas, una cabaña cuya chimenea me provocó presentir a alguien. Fue un momento extraño por desolador, de luz gris de lluvia. Al acercarme a dos mujeres que recogían hojas de maíz se mostraron tímidas y guardaron una distancia infranqueable. 

Caminé lentamente hacia la cabaña. Me sentía inseguro. ¿Cómo abordar a una persona que parecía mimetizada con el color de la leña? Sentado sobre una banca y apoyando la espalda en la pared estaba un hombre viejo sumergido en pacífica contemplación. Miraba la cima de las montañas. Me sumé, discretamente, a su silencio. (Entonces mi español era básico y tal vez hasta hubiese resultado inútil, si no es porque el viejo hablaba su dialecto y español.) Pasados algunos minutos, el hombre con arrugas de corteza de árbol esclareció mi incertidumbre, dirigiéndose a mí muy amablemente:  —¿De dónde eres?—Soy italiano —contesté.—Entonces eres gringo, ¿verdad?—No señor, vengo de Italia, otro país.—¿Y qué tan lejos está tu país?—Mucho, hay que atravesar un océano para llegar.—¿Cómo se llega?—Depende.

En barco se necesita mucho tiempo, en avión menos. Pero hay que recorrer siempre un tramo en autobús.—¿Cuántas horas en avión?—Este viaje duró 15 horas de vuelo, sin contar las del autobús…  Ahora me doy cuenta de que mis respuestas fueron inciertas. Demasiado abstractas para darme a entender con aquel hombre que no dejaba de sentirme como a un estadounidense. Me senté junto a él, en la banca, para sacar de mi mochila un cuaderno y una pluma. Dibujé, sobre una hoja, un boceto del perfil del continente americano, y a la derecha el de Europa, hasta mi país. Marqué la frontera entre Estados Unidos y México, el punto donde nos encontrábamos y el punto desde donde había salido yo: Italia.

Su mirada era siempre serena, antigua, imperturbable. Vio otra vez las cimas. Y de nuevo estuvimos en silencio. Sin prisa, él reanudó la conversación:  —Entonces, si en tu país no viven gringos, ¿cómo son los rarámuris en tu tierra?  No creo que mi respuesta respondiera su pregunta. Recuerdo, en cambio, que en mí hubo la necesidad de diferenciarme de los estadounidenses. Al cabo, esta preocupación se desvaneció como una cosa inútil.  El encuentro con el viejo me acompañó durante mi permanencia en la sierra, donde intenté realizar una lectura personal de aquellas comunidades, paisajes y personas.   

Ese mismo día llegué a Norogachic, gracias a un hombre tarahumara, quien se convirtió en mi amigo. Carlos Palma habita en aquel valle con su familia. Corrían los días de la Semana Santa, en 1993, y nunca sentí prisa por sacar la cámara fotográfica, pues me sentí, de pronto, en un momento de aprendizaje: aprender a ver a esas personas. Además, mi intención era, claro, primero socializar para más tarde intentar fotografiar esa realidad tan enraizada a sus ritos y sus costumbres y su tierra.  Poco a poco, me percaté de que mi presencia no representaba ninguna novedad. Lo que prevalecía era el clima de la fiesta. La comunidad se llenó de huéspedes que llegaban de los poblados más distantes y dispersos. Los danzantes se preparaban por todos lados en pequeños grupos. El rito inició y no se detuvo durante tres días con sus tres noches.  Al final de la fiesta partí a la ciudad de México contento de haber realizado los contactos iniciales y consciente de contar con las primeras imágenes de un trabajo que consistiría, finalmente, en tres viajes a la tierra de los indios tarahumara. Pero lo que fue y es importante tiene que ver con la sensación de haber encontrado algo que me había ayudado a crecer. Ahora puedo decir que aquella sensación es una certidumbre. 

Después de ese viaje regresé dos veces a Norogachic. La primera un año más tarde, y la segunda en 1996, en diferentes periodos del año. Fue motivo de seguridad que en ambas estancias algunos oriundos me reconocieran, en especial Carlos, quien representó para mí un apoyo invaluable, hombre llave, sin el cual, desde luego, varias de las fotografías no hubieran podido realizarse. Cada vez que fui a aquella tierra, como en cualquier otra parte del mundo, encontré algo diferente, pero me interesa acentuar que en la base de toda aquella experiencia siempre estuvo y estará la conversación con aquel viejo. ¿Cómo son los rarámuris en Italia?  El término tarahumara, que a su vez traduce la palabra rarámuri, significa “hombre que camina bien”.

Desde el punto de vista específico, el significado refiere a una característica física: los tarahumaras son conocidos por su resistencia para recorrer a pie distancias muy largas. Son famosos los atletas tarahumaras especializados en las tradicionales carreras de la bola, que comprende cientos de kilómetros en la sierra (sin pistas de asfalto o de arcilla), días y noches sin descanso.  Como dice Pedro de Velasco Rivero: “el tarahumara danza para vivir y vive para danzar”. Encuentro en esta definición una exactitud que abraza a esta cultura antigua, que tuvo la peculiar capacidad de saber absorber lo otro sin perder su identidad.  En una ocasión asistí a una de estas carreras en una llanura maravillosa, en un altiplano adonde no sabría cómo regresar. Me guió un joven tarahumara. Nos tomó casi todo un día a caballo llegar al lugar. Los participantes eran sólo cuatro, aunque pueden ser más. Calculamos que recorrieron alrededor de 150 km por veredas, pateando la pelota de leño macizo, de las 5:30 hasta las 11:00 de la mañana del día siguiente. Al final, noté llagas en sus pies, por las patadas a la pelota. Con guaraches amarrados con un mecate, le daban a la pelota.   

A pesar del esfuerzo, que me pareció extremo, los comentarios que escuché describían la carrera como una carrera pequeña. Me decían que en otras ocasiones la distancia que recorren es, al menos, el doble. El aspecto que más me impresionó no fue éste, considerando las cualidades físicas de los corredores, sino la atmósfera lúdica en que se vivía entre las gentes y sus variadas y numerosas apuestas entre todas las familias que asistieron a la competencia.  Desde un punto de vista general, la frase “hombre que camina bien” quiere acentuar un estilo de vida más que definir a un grupo étnico. Y si bien no es fácil, tampoco es imposible que una persona de otra cultura y de otra raza pueda llegar a ser considerado como un rarámuri. Desde un punto de vista filosófico, el concepto funda su eficacia en la transparencia y, por esto mismo, abarca, creo, a todos los hombres.  En la Sierra Tarahumara, como sabemos, los problemas no faltan. Sobrevivir puede ser extremadamente difícil, y más aún en las comunidades apartadas. La indiferencia es el peor enemigo.   

Fuente:   México desconocido No. 308 / octubre 2002   activo no      N    N    N    N no

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