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El infierno de San Juan de Ulúa: testimonios de los presos

Conoce los testimonios de los presos políticos de la cárcel de San Juan de Ulúa, la más terrible durante la dictadura de Porfirio Díaz.

07-02-2019, 1:19:22 PM
El infierno de San Juan de Ulúa: testimonios de los presos
Mediateca INAH

Al visitar los rincones del fuerte de San Juan de Ulúa, en Veracruz, es difícil imaginar que este lugar fue testigo de uno de los episodios más terribles de la historia de México, al alojar la temible cárcel a la que fueron enviados los precursores de la Revolución Mexicana, quienes se atrevieron a desafiar a la dictadura de Porfirio Díaz.

Las historias de algunos de los sobrevivientes las podemos conocer gracias a los libros; sin embargo, otros presos no corrieron con la misma suerte y murieron con la esperanza de la libertad.

En breve te compartiremos algunos de los testimonios de los presos (1) de, posiblemente, la peor cárcel de su tiempo; pero antes te contaremos cómo eran las condiciones en las que vivían los reclusos.

El Infierno: la historia de un Castillo oscuro

En 1853, por órdenes de Santa Anna, Benito Juárez fue apresado en las mazmorras húmedas e inundadas del Castillo, como se le conocía a San Juan de Ulúa, donde permaneció durante diez días incomunicado.

“Al duodécimo (día), recibió la intimación de hacer su maleta, y con un pasaporte para Europa, fue conducido, enfermo, a bordo del paquebote británico. Fuera del pasaporte, las autoridades no habían hecho ningún arreglo para su transporte y los pasajeros tuvieron que hacer una colecta para pagar su pasaje hasta el primer puerto en escala”. (2) 

Esta fue La Habana, luego su familia le mandaría dinero para su pasaje rumbo a Nueva Orleans.

Benito Juárez.

Más tarde, también los opositores del régimen de Díaz, quienes iniciaron el movimiento revolucionario entre 1906 y 1907, así como otros hombres y mujeres que lejos estaban de pensarse a sí mismos como unos revolucionarios, fueron enviados a las mazmorras del Castillo. 

Así pues, los presos eran víctimas de vejaciones y arbitrariedades difíciles de describir. En cada celda eran hacinadas de 20 a 30 personas y sufrían tormentos como la falta de oxígeno o, en época de lluvias, las inundaciones en las celdas con el agua llegándoles hasta las rodillas a los presos. Por no dejar de mencionar los trabajos forzados a los que eran sometidos, y la falta de alimentación adecuada. Se ha documentado que la comida provenía de las sobras de los restaurantes de Veracruz, la cual era servida a los presos en malas condiciones.

Vista al interior de una de las mazmorras de San Juan de Ulúa

Los calabozos tenían nombres sugestivos como Gloria, Purgatorio, Infierno y Limbo. El Infierno, por ejemplo, medía 50 metros de alto, 225 de largo, 130 metros de ancho y una puerta que medía 20 metros de alto, un calabozo que más que un encierro para los reos era una sepultura en vida. Tales fueron las condiciones impuestas a los presos, las cuales cumplían su función de intentar quebrantar los espíritus de los rebeldes.

Entrada a una de las mazmorras de la Cárcel del Castillo

Los terribles testimonios de los presos políticos

César E. Canales, quien formó parte de las actividades revolucionarias iniciales y fue aprehendido en Veracruz, describió así su cautiverio en mayo de 1909.

“Los calabozos en que nos han metido, verdaderas pocilgas, estrechos, inventilados, oscuros, húmedos, pestilentes y llenos de bichos. ¡De cuántas escenas terribles desesperadas habrán sido testigos mudos! ¡Cuántos lamentos se habrán deslizado por las estrechisimas rendijas. ¡Cuántas lágrimas se habrán mezclado en el lodoso suelo con el agua que en éste brota. Y cuánta sangre habrá salpicado las paredes húmedas, relucientes y viscosas (…)”.

Mazmorra de San Juan de Ulúa

Enrique Novoa, quien encabezó en 1906 el movimiento revolucionario en Minatitlán, Veracruz, relata a continuación el testimonio de su estancia de más de tres años en los calabozos de Ulúa, específicamente, en el llamado El Infierno:

“¿Es un infierno o una tumba? Es una tumba infernal. Desde que se da el primer paso, se nota un piso húmedo que hasta chasquea, como si fuese un chiquero de puercos. (…) el calor es insoportable hay un bochorno asfixiante; jamás entra una ráfaga de aire, aunque haya Norte afuera. Las ratas y otros bichos pasan por mi cuerpo, sin respeto, habiéndose dado el caso de que me rozan los dedos por la noche. Hace cinco meses que estoy aquí enterrado vivo, casi sin comer, enfermo, con el hígado inflamado, arrojando los pocos alimentos que tomo y casi a líquidos”.

Preso de la cárcel de San Juan de Ulúa

Cipriano Medina, participante del movimiento revolucionario de 1906 en Acayucan, Veracruz, describió así su estancia en el Castillo:

“Estos salones inmundos, poblados de parásitos, oscuros y húmedos por las filtraciones del agua de los mismos aljibes, una vez se inundaron en la estación de lluvias, habiéndonos llegado el agua un poco más arriba de la rodilla. Imagínese el lector el cuadro que formábamos aquellos esqueletos andantes, semidesnudos, moviéndose como sombras chinescas en medio de aquella laguna limitada por los negros muros de nuestra prisión.

“Lector, si alguna vez visitas esa fortaleza, que muy bien pudiera ser llamada la tumba del Golfo, interésate por conocer ‘El Infierno’, contémplalo y compadéceme”.

Prisión de San Juan de Ulúa, el "Castillo"

De esta manera, Medina nos invita a los lectores del futuro, a compadecernos de su suerte y de las barbaridades a las que, como él, tuvieron que resignarse los precursores de la Revolución durante la época de Díaz.

Fuentes:

  1. Fragmento de “Juárez y su México”, del escritor Ralph Roeder.
  2. Los testimonios presentados fueron publicados originalmente en el libro “Las Tinajas de Ulúa” de Teodoro Hernández.

 

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