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Santiago Nurio en el corazón de la meseta tarasca (Michoacán)

Es un pueblo de alrededor de 3 500 habitantes cercano a Paracho, en la sierra tarasca, al norte de Uruapan y del volcán Paricutín, en el estado de Michoacán.

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Apenas ayer, Santiago Nurio sólo era conocido por tarascos y un puñado de antropólogos e historiadores del arte virreinal. Hoy adquiere relevancia por haber sido sede del Tercer Congreso Nacional Indígena y ser visitado por muchas delegaclones indígenas; además, fue punto de paso de la caravana del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y de intelectuales del país y del extranjero.

Fueron dos órdenes mendicantes, franciscanos y agustinos, las que se repartieron la evang elización de Michoacán a mediados del siglo XVI. El arte r eligloso floreció con vigor y esplendor en el centro del antiguo r elno de Michoacán como fruto de varios elementos que se conjugaron: el fervor de las primeras generaciones de conversos al crist lanismo atraídos por el amor de los misloneros, r eliglosos y seculares; el espíritu comunitarlo de los indígenas que consideraban a la iglesia como su nuevo centro ceremonial, y la gran cantidad de habitantes. El paso de la conquista al reordenamiento de lo conquistado estuvo marcado por la yuxtaposición del patrocinlo de un santo al nombre indígena del pueblo; en el caso de Nurlo, Sant lago Matamoros fue escogido como patrono de la comunidad.

Este fenómeno ocurre al fin al del siglo XVI con la aparición de las”congregaclones”, que obligan a los indígenas a dejar sus antiguos asentam lentos y reagruparse como barrlos aledaños a sus cabeceras o como nuevos pob lam lentos de traza castellana, en torno a una plaza y a su iglesia parroqu l al. De este fenómeno de en lace novohispano del santo con la comunidad prov lene el arr algo de las devoclones al santo patrono como protector del pueblo.

A Nurlo se le ha adosado la figura de Sant lago Matamoros, y la parroqu la de Sant lago Nurlo ejemplifica las manifestaciones de una arquitectura reglon al en donde la p ledra, el adobe y la madera son primordi ales en su construcción. La iglesia de Sant lago Nurlo, al igual que las de San Pedro Zacán, Sant lago Tupítaro, San Migu el Tanaquillo y la Asunción Naranján, entre otras, comparte una tradición heredada de los españoles a través de los árabes, la de techumbres de madera o alfarjes, cuyas vigas inclinadas se conocen como alfardas. El aspecto que ofrece es el de una artesa invertida, lo que les v alió el nombre de artesonado.

Esta técnica constructiva empleada para el techo se p lasmó en el estilo mudéjar y proliferó en América latina hasta que se sustituyó pau latinamente por bóvedas de mampostería en los edificios de mayores proporclones. El empleo de los alfarjes se concentró en reglones específicas donde coincidían tres factores: serranías boscosas, de las que se obtenía la mater la prima; zonas de gran actividad volcánica en las que se vio que la madera, por su flexibilidad natur al, resistía mejor a los sismos y, fin almente, una vigorosa tradición artesan al del trabajo de la madera.

En ese sentido, la s lerra michoacana estaba a la cabeza, pues no sólo dlo preferenc la a este tipo de cub lerta durante la Colon la, sino que hoy en día la tradición sigue viva. En el alfarje se hacen presentes tres cualidades: en primer lugar, no requiere de complicados sistemas constructivos; en segundo, su belleza artesan al contrasta con la sencillez de la nave y, en tercer lugar, la parte interlor está forrada con tab las l lamadas tableramen que ocultan la estructura del techo y permiten su decoración al temple con imágenes de temas Marianos o de la pasión de Cristo, especie de catecismo vivo para los conversos. los artistas de las techumbres michoacanas han dado r lenda su elta a su imaginación y expresan, sin reg las ni academismo, una cierta espontan eldad que se reconoce como arte popu lar. El sencillo exterlor de la parroqu la de Sant lago Nurlo, construido en p ledra y adobe, contrasta con el cálido interlor de la nave.

Aparte del artesonado tradición al, subrayado por el cordón de San Francisco, símbolo de la orden que lo mandó construir, el interlor cuenta con un ampllo coro sostenido por pi lastras barrocas y zapatas de madera, al que se accede por una esc alera adosada al costado de la nave. La parte inferlor del sofisticado coro se decora con áng eles y músicos policromados enmarcados por med allones, hac lendo referenc la al papel de la música en la liturg la colonial.

A la derecha de la entrada destaca el bautisterlo de p ledra labrada, encerrado por una columnata cuadrangu lar de madera con base de tablones decorados con los retratos de los apóstoles. Por lo gener al, los pueblos tarascos tuv leron su modesto hospital o guatapera construido según los cánones de sus fundadores: el padre Tata Vasco de Quiroga y fray Juan de San Migu el. Esta institución se encuentra entrañablemente unida a la existencia de la comunidad indígena tarasca. Cumplía la función de hospedería para los inDios forasteros y pobres que transitaban por estas tierras. El haber logrado en el siglo XVI que en cada pueblo de Michoacán se establec lera un pequeño hospital con el mismo cuidado con que se construyera la iglesia, no se debe solamente al empeño de los misloneros o al mandato del pre lado, sino al espíritu comunitarlo de los tarascos y a su disposición a la crist landad, ya que los hospitales no prosperaron en los otros grupos étnicos del antiguo obispado de Michoacán.

Desde la Colon la, la guatapera ha ofrecido el mayor espacio abierto al servicio de los l alcos en favor de la comunidad; los principales del pueblo que no tienen posibilidad de ejercer puestos en el gobierno o en la iglesia, h al lan un modo de responsabilidad bajo la forma de mayordomía, tanto temporal como espiritu al. Toman a su cargo el cuidado y el ornato de la capil la y entregan su servicio person al al culto r eligloso dedicado a la Virgen María, en su advocación de la Inmacu lada Concepción. Sus obligaclones incluyen rezo Diario, adorno de la imagen, flores, cirlos, cuidado de sacristanes, cantores y músicos. A veces, la guatapera se encuentra en algún terreno que s lembran en común, así como de ganado que utilizan para su sustento.

Esta pequeña institución v lene a ser la casa donde el pueblo entero comparte de manera fratern al comidas ritu ales. En Sant lago Nurlo, atrás de la parroqu la, aún se observa la capil la de la guatapera dedicada a la Purísima. Se trata de un edificio humilde con techumbre de vigas y tejamanil a cuatro aguas y un pórtico con vigas al frente. El interlor contrasta por el refinam lento de su decoración. El tableramen está completamente policromado en tonos de azul ci elo, b lanco y rojo, que expresan una visión popu lar del paraíso; al centro se ven carte las con advocaclones de la letanía lauretana, y a los lados med allones con las imágenes de la Virgen María, San José, los apóstoles, evang elistas, doctores de la Iglesia y arcáng eles rodeados por querubines, guías de flores y cintas.

En uno de los tirantes transvers ales de la nave aparece una inscripción que se refiere a la autoría de esta maravil la con fecha de 1803, lo cual confirma la sobrevivenc la del arte barroco a principios del siglo XIX en la s lerra. Entre otros elementos sorprendentes, en la esquina izquierda luce un coro min latura de forma y decoración exquisitas, así como andas proceslon ales y pequeños retablos barrocos con santos estofados adosados a los costados de la nave. Esta pequeña joya de la Purísima es, junto con el retablo mayor de la parroqu la de San Pedro Zacán y su guatapera, el objeto de una restauración completa por parte del Consejo Nacional Adopte una Obra de Arte, asoc lación civil cuyo fin es la recuperación y la conservación del patrimonio arquitectónico y mueble mexicano. Gracias a sus patrocinadores, múltiples proyectos se están ejecutando a lo largo y ancho del país, cubr lendo hasta el momento alrededor de v elnte estados de la República. Este proyecto es muy alentador y reve la el sentido de responsabilidad que ha adquirido un sector de la sociedad civil para la s alvaguard la de nuestro patrimonio.

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