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Los parachicos, leyenda y tradición en Chiapa de Corzo

Por: Jorge Gómez Poncet

Una curiosa historia dio vida a estos originales personajes que, ataviados con máscaras y bailando al ritmo de la música de la marimba, inundan de bailes y alegría las márgenes del río Grijalva, en Chiapas.

Chiapas se destaca por la belleza de su naturaleza, por su rica y compleja historia; en su fértil territorio han vivido desde la época prehispánica diversos grupos como los tzotziles, tzeltales, tojolabales, choles, zoques y chiapanecas. Entre la población de nuestros días se cuenta la historia del suicidio colectivo de estos últimos ante la inminencia de la dominación española. Los chiapanecas eran particularmente agresivos. Su poderío militar era tal que se duda que alguna vez fueran conquistados por los aztecas.

Se cuenta que esta notable población se acabó, no porque los conquistadores la hubiesen sometido, sino por la decisión propia de quitarse la vida antes que aceptar la dominación. Inútilmente, Luis Marín sometió Nandalumí (Pueblo grande) en 1524, pues pronto sus pobladores volvieron a sus viejas costumbres. En 1528, sabedores de la fiereza de los indios chiapanecas, los españoles, al mando de Diego de Mazariegos, iban muy bien armados y con el apoyo de los pueblos vecinos, llegaron hasta el Peñón de Tepechtía, en el Cañón del Sumidero, donde, se dice, se libró la última batalla contra los valientes nativos.

Al verse cercados por el enemigo, familias enteras de chiapanecas se arrojaron al precipicio; las aguas del río se tiñeron de rojo. Conmovido ante el hecho, el capitán español cesó el combate. Con los sobrevivientes surgieron las primeras encomiendas y en las orillas del río fue fundado un nuevo pueblo: Villarreal de los indios, la Chiapa de los indios: Chiapa de Corzo, que con la Chiapa de los españoles: San Cristóbal de las Casas, dieron nombre al estado. Realidad o ficción, para los chiapanecos, la leyenda del Sumidero es un símbolo de la lucha por la ansiada libertad.

Otra leyenda enraizada profundamente en el sentir de los chiapacorceños es la que recuerda los infaustos días en que, en medio de la sequía y el hambre, los lugareños recibieron a una distinguida viajera.

La dama expuso a los habitantes del pueblo el motivo de su viaje: su hijo padecía un extraño mal que le impedía mover las piernas. Había recurrido a los médicos más reconocidos, sin que brebajes ni sangrías lograran recuperarlo, de ahí que ella decidiera visitar varios lugares remotos en busca del remedio "para el chico". Cuando le hablaron de los curanderos de Chiapa decidió consultarlos. Al poco tiempo apareció el de Namandiyuguá (Cerro brujo), quien después de examinar al joven, le recetó pócimas de hierbas y ordenó que se llevara al chico a los baños de Cumbujujú ("lugar donde abunda el jabalí") para completar el tratamiento.

La madre acudió al lugar, cerca del pueblo y poco después, como de milagro, el joven empezó a recobrar la movilidad en las piernas.

Agradecida, la mujer, que se llamaba doña María de Angulo, mandó traer desde tierras distantes ganado y grandes cantidades de cereales para paliar la crisis en Chiapa. Ordenó que se destazara cada día una vaca en la plaza y repartió canastas con víveres entre la población.

En el mes de enero, el día de San Sebastián, doña Maria mandó sacar a su hijo en andas y desnudo -como el santo-, para que no volvieran las penurias al pueblo. Más tarde, ambos regresaron a su país; la situación había cambiado, la naturaleza pródiga se manifestó nuevamente, los lugareños relacionaron la abundancia con la petición hecha por la mujer y su hijo al santo. Con la llegada de un nuevo año, los nativos recordaron la visita con la representación de una muchacha y un joven vestidos como los personajes paseando por las calles, rodeados de sus "sirvientes", quienes repartieron comida simbólicamente.

No hay datos que avalen esta leyenda, los cronistas no la mencionan; sin embargo, el relato -con variantes- se conserva en el recuerdo de los chiapacorceños, y en las recopilaciones escritas que se hicieron a finales del siglo XX. Pero la realidad es que sólo quedan como testigos el Cerro brujo, las vertientes del Cumbujuyú, cercanos a Chiapa de Corzo y la conmemoración de la visita que tiene lugar todos los años, en el mes de enero durante las festividades del Señor de Esquipulas -herencia guatemalteca-, San Sebastián Mártir y San Antonio Abad, cuando las "chuntás", "los parachicos" y las representaciones de doña María de Angulo recorren las calles de la población en una alegre celebración llena de tradición y colorido.

Los viajeros que van a esta fiesta, al llegar a Chiapa de Corzo, se encuentran con la plaza grande, la fuente colonial, llamada por los lugareños la "pilota", construida con ladrillo, en estilo mudéjar imitando la corona del rey de Castilla y Aragón, y cuya construcción iniciara fray Rodrigo de León en 1552.

Es también famosa "la pochota", ceiba añosa, árbol ritual de los mayas que nunca falta en las plazas de la región y la iglesia de Santo Domingo, erigida entre 1554 y 1576, también de estilo mudéjar, todos ellos mudos testigos de la historia de la ciudad.

El bullicio comienza el día 9 de enero, cuando las "chuntá", jóvenes disfrazados de mujeres recorren las calles de la población con faldas floreadas, con tocados y sombreros, maquillados o enmascarados, llevando canastas llenas de banderas de papel, y bailando el movido Bayashando, acompañado del redoblar de los tambores. Al frente del grupo vienen los "abrecampo", que provocan la risa de los asistentes. Se dice que esta costumbre tiene su origen en las mujeres que acompañaron a la señora de Angulo o bien que es una celebración ligada a la época de las cosechas.

En día 13 se velan las ramas que, adornadas con frutas y flores, se llevan en la madrugada del día 14 al barrio de San Jacinto, al Señor de Esquipulas. Allí hay marimba, el cálido aire se mezcla con el olor de la pólvora de los cuetes, los nanches y los jocotes curtidos. El templo es un jardín florido pletórico de azucenas, gladiolas, nubes, dalias, crisantemos, claveles, nardos y margaritas y de “enramas "adornadas con papayas, sandías, guineos, piñas, guías de jocotes, ramos de limas, cocos y pan de rosca. Los santos apenas si se notan entre las flores y el humo del estoraque. En la comida comunal se sirve “cochito" con arroz, chanfaina y tradicional tasajo con pepita.

El día 15, dedicado al Cristo negro de Esquipulas, aparecen "los parachicos". Es imprecisa la explicación de su origen, hay quien dice que son representación de los comerciantes que, engalanados, iban a la fiesta "para el chico", otros aseguran que son los acompañantes y los mayordomos de la señora Angulo que repartían la comida, o bien los patrones de cabellos rubios y capas de fiesta.

Los parachicos lucen una montera de ixtle a manera de peluca, es la cabellera rubia, además de una preciosa máscara -que imita las facciones del español-, con ojos comprados o manufacturados por el artesano, con vidrio fundido sobre un molde y decorado como una pupila. Portan también dos paliacates, uno que cubre la cabeza, y el otro que se sujeta alrededor del cuello con el fin de afianzar la máscara.

Aseguradas en la cintura y sobre las piernas, estos curiosos personajes llevan unas chalinas de seda con flores bordadas, en chaquira y lentejuela, sobre el pecho dos cintas entrecruzadas, en las manos un "chinchín" o sonaja de hojalata. Un sarape de Saltillo (de Chiauhtempan, Tlaxcala) atravesado, completa el atuendo.

Los Parachicos aparecen por todo el pueblo, van por las banderas a San Gregorio, el templo de la loma, para bajarlas a la iglesia grande y entre danza y música, patrón y prioste, llevan a San Antonio Abad a las ermitas del Consagrado y de San Antonabal. ¡Allí vienen los Parachicos! es el grito que se oye por doquier.

Después del canto del Nambujó, que entonaba el patrón en el atrio de la iglesia, al ritmo de la guitarra, el tambor y la flauta, gritan "Parachico me pediste, parachico te daré y al compás del tamborcito, mi chinchín te sonaré", la fiesta continúa. Las muchachas, que visten el precioso vestido de contado y bordado de tul de vuelos con flores multicolores, llenan las calles y la plaza, llevan sus jícaras recubiertas de maque, prestas a llenar de confeti a los asistentes.

Para el 20 de enero, el mayordomo, que es quien hace el gasto, va a misa, lleva sarape, jícaras, listones, bandas. Después del rompimiento de la fiesta todo es importante, ser marimbero o de la banda de música, llevar banderas, llegarse a la plaza, cerca de la pochota, donde los niños suben y bajan en los caballitos, si bien los novios prefieren la rueda de la fortuna y otros los jarros de barro con trago.

Mientras tanto, del templo grande han salido tres imágenes de San Sebastián, dos se llevan a las ermitas y la tercera, grande, entre banderas, precedida por cientos de Parachicos -ancianos, jóvenes y niños- se dirige a la casa del Prioste, a la Comida Grande.

Todos asisten, a veces hasta llega el gobernador del estado, la música no cesa mientras se come pepita con tasajo.

El día 21 en la noche tiene lugar un "combate naval", en las márgenes del río Grande. Los maestros pirotécnicos han dispuesto todo para la fiesta nocturna, los artesanos coheteros pintan la noche con cascadas de luces de colores y con matices luminosos el oscuro espejo del Grijalva. También se habla de que esta costumbre tiene antecedentes muy lejanos. En el siglo XVII, Thomas Gage presenció un "combate" que relata en sus crónicas de viaje y que luego se dejó de representar. Fue hasta 1906, cuando Aníbal Toledo, emocionado por un documental de la guerra ruso- japonesa, propuso que se reviviera la vieja costumbre del "combate".

El 22 de enero es el día de los carros alegóricos, entonces todos estrenan alguna prenda, los "parachicos", los "abrecampos" y los "estandartes " rodean el carro de doña María de Angulo. Hay concursos, bailes populares y torneos de equipos deportivos.

Al fin llega el día 23, cuando tiene lugar la misa de despedida, los asistentes hacen valla; cuando llega la imagen de San Sebastián, las "banderas" y los "parachicos" irrumpen, llegan al altar y resaltan entre la multitud con sus sarapes multicolores y sus máscaras laqueadas al son de la música y las sonajas. De pronto empiezan a bailar en silencio y se arrodillan, pero enseguida vuelven el ruido y los vivas interminables.

Propios y extraños se hacen la promesa de volver al año siguiente para conservar la tradición en Chiapa de Corzo, la del río Grande, el templo, la “pilona, la “pochota”, todo ese mundo mágico de leyendas que es Chiapas.

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