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Bendecida por las barrancas de los nacidos para correr

Gabriela Guerra tuvo un sueño. Lo cumplió. Correr por las barrancas más espectaculares del planeta la tocó profundamente. Su crónica da cuenta de esa transformación.

23-03-2018, 9:29:55 AM
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Soy cubana, pero también mexicana. Soy escritora, periodista, editora y de casualidad, economista. Pero soy, sobre todo, una apasionada de la vida, la naturaleza, los deportes de aventura, los viajes, el mar y las bellas artes.

Cuando se ha recorrido medio país para llegar a Chihuahua, se ha atravesado en el celebérrimo Chepe desde Los Mochis hasta Bahuichivo y luego otras horas descendiendo en camioneta por los fantásticos cañones… cuando se está en la línea de meta, con decenas de kilómetros de barrancas delante de los pies y a punto de cumplir un sueño, es difícil resumir los sentimientos que abruman el corazón de un corredor. Así me sentí el domingo antes del disparo de arrancada en la decimosexta edición de la Ultramaratón Caballo Blanco.

Hay más de mil participantes / Gabi Guerra y Griselda Moreno

Hace unos pocos años sentí la necesidad de hacer algo por mi salud física y espiritual. Había pasado un lustro desde que me convertí en todo lo que ha marcado mi madurez: emigrante, extranjera, hija adoptiva, escritora, nostálgica empedernida de lo que había tenido que dejar atrás. El peso de tanto me demolía en el cuerpo.

Un poco antes de que llegara al umbral de no retorno, había visitado las Barrancas del Cobre, divisado las largas serranías de cañones cortados a la medida, y escrito luego sobre los rarámuris, esos dioses de las barrancas, hechos de acero, que en el norte son el orgullo y también la gente más pobre.

El misterio de los rarámuris y sus barrancas / Gri Moreno

La obra Nacidos para correr (Born to Run), del periodista estadounidense Christopher McDougalls, cuenta la historia de Caballo Blanco, un gringo desesperado que aterrizó en los noventa en busca del secreto de vida de los habitantes de la Sierra Tarahumara, y que con el nuevo milenio inauguró la hoy mitológica ultramaratón, donde nacionales y extranjeros llegan a medirse en la carrera de montaña con su ancestral pueblo. Esta obra habría de inspirarme para elegir la carrera como el deporte que iba a salvarme de aquello que cargaba con mi trashumancia.

Mucho ha llovido. Cientos de kilómetros de libertad han corrido por mis piernas. Y en este marzo de 2018 he dejado sobre las Barrancas de Urique un sueño que alguna vez me pareció imposible. Hoy que mi alma está en sosiego, mis demonios domesticados y mi corazón herido de amor por esta tierra, puedo decir que he corrido libre –como reza el slogan de la carrera‑ y he llegado a una meta, no importa cual.

Correr en las Barrancas / Griselda Moreno

Cada año el mundo se asoma por una ventanita de esos cañones a ver qué sucede en la Caballo Blanco, en sus inicios llamada Ultramaratón de las Barrancas del Cobre. Los rarámuris son capaces de correr cientos de kilómetros o de andar días enteros, invencibles, y con un estilo de vida y alimentación espartanos. Su cultura sigue siendo un secreto inconquistable, aunque no sus serranías.

Deslizarme por una ladera, con un sistema de olas montañosas, a veces verdes de árboles, y otras de profundos cañones colorados, cobres o naranjas, es una de las imágenes que traigo ancladas al alma. Otra, el sonido de los huaraches con suela de llanta y tiras de cuero con que corren estos hombres y mujeres hace miles de años, mientras el desarrollo puso en los pies de los corredores del resto del planeta sofisticadas zapatillas.

Los pies rarámuris / Griselda Moreno

En medio del rutilante paisaje, una mujer tarahumara se mece con el camino. Trae una falda amplia morada. Un pañuelo de colores le vuela desde la cintura. Sobre sus hombros cae una blusa ancha y verde que se abre al paso del viento en el cuerpo. En los pies, sus sandalias, y en la cabeza, una melena espesa de cabello atada en una cola larga hasta las caderas. De fondo, un cañón rasgado magistralmente zanja el cielo azul de la sierra. Cierro los ojos y todavía puedo verlo.

Parece que vuela / Griselda Moreno

El recorrido sale de la comunidad de Urique, donde la fiesta estalla días antes, y de donde parten luego los extranjeros a sus tierras y los rarámuris a sus sierras, queriendo sostener el consuelo del pronto regreso. Muchos lo hacen. Los 80 kilómetros pasan por las comunidades de Guadalupe, Los Naranjos, Guapalayna y Los Alizos, teniendo como base de operaciones a Urique. Los corredores estarán ahí afuera desde que amanece hasta que cae el sol. Algunos regresarán con las estrellas. La carrera es seria, es dura, pero a los más de mil corredores que este año salieron de la plaza municipal de Urique los une la misma quimera que a mí.

Refrescarse, un momento obligado para tanto rigor / Griselda Moreno

El espíritu de Caballo Blanco, Micah True, que puso en el mapa estas sierras y en la curiosidad del mundo la magia de sus habitantes, se huele entre las estepas. Las más renombradas leyendas rarámuris caminan por las calles de Urique, confundidas entre los cientos de tarahumaras que han atravesado decenas de millas para participar en la carrera. Ganará uno, Miguel Lara. La justa femenina premiará a una delgada y firme mujer de Naucalpan, Carmela Martínez.

Para los rarámuris, además de desplegar su espíritu por sus quebrados cañones, correr la Caballo Blanco significa ayuda en dinero y comida. Así que hoy, en pleno siglo XXI, siguen corriendo por el mismo antiquísimo motivo: sobrevivir. Allí, en las terracerías de las tantas millas a recorrer nos enseñan el valor de pertenecer a un suelo, deberse a él, y la libertad de correr.

Estos dos años que he pasado, sin saber, preparándome para correr junto a los tarahumaras en su mítica carrera, me han enseñado una nueva forma de vivir. Me siento alumna de lo esencial y lo salvaje, de la libertad. Cada kilómetro ha dejado labrada en mis huesos una enseñanza que el tiempo ubicará en toda su dimensión entre los tuétanos.

¡Llegué! / Griselda Moreno

Hoy soy mejor mujer que aquella que soñaba con desandar las legendarias barrancas. Y la Sierra Tarahumara me ha bendecido con un sentimiento de plenitud indestructible.

Un sentimiento de plenitud indescriptible / Griselda Moreno

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