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Sandboard: aventura extrema en Veracruz

En las dunas de Veracruz podrás vivir una experiencia nueva y emocionante. ¿Te atreves a vivirla?

Foto: Ilán Rabchinskey
Ana Elena Pola Santamaría

Ana Elena Pola Santamaría

Huele a mango. Y a la distancia, se ve la nube blanca de bordes grises, esa de lluvia, esa que arrastra el viento, esa hebra de algodón estirado, flaca, frente a la justa mitad de ese volcán, el Cofre de Perote. La tierra es húmeda, obscura, suave, por ella corre el 42% del agua de México. Y sus verdes, toda la escala, está ahí en “pantones” vivos: pastos, hiedra, fruta, musgo, flores, palmeras, agua, follajes. Los totonacas, pobladores originarios de este lugar, no se equivocaron y con certeza, fueron cautivados por todo ello. En Veracruz hay paraísos sostenidos, en todos sus flancos. 

En Estanzuela, Municipio de Emiliano Zapata, en la esquina de la calle Pino Suárez, justo donde se recarga una bicicleta, está la entrada a la Panadería Cielo, donde elaboran pan con leña en un horno empotrado en la pared y a la vista del cliente. Su especialidad es un pan salado relleno de requesón y el budín de pan, calientito, recién hecho, hipnotiza con ondas de olor que lo inundan todo: desde la tienda hasta la calle. Este deleite se complementa con la charla con Pablo Báez Villa y su familia, quienes atienden el lugar rojísimos de las mejillas y sonrientes. Una parada obligada en el trayecto.

Ilán RabchinskeyFoto: Ilán Rabchinskey

El camino olor a mango, lleva también a conocer a Mauricio, abogado y con estudios en finanzas. De niño exploraba, a pie o a caballo, al aire libre cualquier paisaje. Una costumbre familiar. Esto se convirtió en su hobby y durante un tiempo, tres o cuatro veces al año organizaba una excursión, para él y para otros. Acampaba en playas de ríos, hacía rafting, entre otras aventuras. Y un buen día, en medio de una charla con un fotógrafo de una publicación internacional, a quien había llevado en uno de estos viajes, decidió dedicarse a ello como profesión. Volvió a la Ciudad de México y renunció a su trabajo. Llamó a su proyecto México Verde e inició en Chiapas, las primeras excursiones; pero finalmente decidió establecerse en Jalcomulco, Veracruz. 

Con base en las características de los campamentos ingleses en África, de mediados del siglo XIX, donde se llevaban muebles y se buscaba el confort, surge el término actual glamping —la suma de las palabras glamour y camping—, y Mauricio parte de ahí para redondear las expediciones de México Verde: con un hospedaje de lujo, estético, cómodo; pero que a la vez ideológicamente se nutre también de objetivos y acciones como la consciencia ambiental –el fomento de-, a través del disfrute de la naturaleza; la consciencia individual: lo vital del autocuidado, hacer ejercicio; el “turismo sin contaminantes”, no solo en referencia a la huella ecológica sino también a la: “esencia pura del ser humano, ésta no está en lo material, sino en lo natural. ¿Qué más pureza que yo (viajante), un par de tennis y shorts en medio de la selva?”, asegura Mauricio. 

 cortesía México VerdeFoto: cortesía México Verde

El campamento de México Verde está inmerso en un valle de mangos de cinco hectáreas, donde se cuentan cinco tipos distintos del mismo: el mango manila, petacón, manzano, ticotín, y semilla. Los dos últimos, menos conocidos, puden reconocerse por su apariencia y sabor. El ticotín es más bien alargado y su sabor muy dulce y cremoso. El semilla, es pequeñito, alcanza a crecer máximo hasta 10 centímetros y su sabor es parecido al tipo manila. También entre estos se pueden hallar árboles rojos, “de fuego” —dicen—, el framboyán. A este valle lo flanquea el Cerro de las antorchas y el Del brujo, que son parte de la Meseta del barro, llamada así, porque hay arcilla en abundancia. 

El hospedaje, en México Verde, se realiza en tiendas safari tipo inglés y cada una tiene un nombre distinto: nube, cascada, oasis, lluvia, entre otros, grabados en un letrero de madera a la entrada. El suelo es de madera obscura, las “paredes” son lonas especiales, impermeables, verdes, blancas, y tules, amarrados a estructuras de bambú, que aíslan la cama-nube, la regadera, el baño y un escritorio, de la intemperie, pero que, a la vez, permite llenar los oídos de todos los existentes lenguajes-insecto: chicharras, grillos; zumbidos, aleteos, crujidos, danzas de hojas en sus ramas. Graznidos. Cantos repetitivos. Y el viento con todos sus cambios de cadencia. La entrada a cada tienda cuenta con una terraza, donde, a primera hora “aparece”, sobre la mesa, café recién hecho y pan de dulce. El augurio de un buen día inicia en ese espacio breve, flanqueado por árboles y un río y una silla de lona y un “techo” altísimo de frondas de mangos y framboyanes por donde cuelan múltiples saetas cálidas, blancas y amarillas conforme avanza el día. 

Ilán Rabchinskey Foto: Ilán Rabchinskey

Del campamento se puede llegar a las dunas del Sabanal, frente a la playa de Chachalacas, en el Golfo de México. Están conformadas por granos finos de arena obscura. La fineza de los granos de arena se debe a dos factores: la materia de la que está hecha (coral, lava, magnetita) y el tiempo que éste ha viajado a través del viento. A mayor tiempo, menor tamaño. Se calcula que son 550 hectáreas de dunas en este lugar, “el desierto veracruzano”. Estas acumulaciones de arena son dinámicas y conforme a la dirección del viento se reconfiguran con cierta constancia en cuanto a su forma, por lo que se ven montículos diversos, con honduras de diferentes anchos y alturas. Recorrerlas es aventurarse en gamas de brillos, tonos, texturas, inclinaciones y temperaturas. Una de las expediciones más originales y emocionantes que México Verde organiza es el sandboard en este desierto contiguo al mar.

Ilán RabchinskeyFoto: Ilán Rabchinskey

Esto es: deslizarse sobre tablas, individuales de madera, duna abajo. Para los poco experimentados existe la posibilidad de realizarlo sentados, sobre la tabla embarrada con brea, lo cual disminuye la fricción y aumenta la velocidad. Los más preparados o, quizás solo, más aventureros, temerarios, pueden descender erguidos, un pie frente al otro, de manera lateral, sobre una tabla también. No hay otra experiencia parecida a esta, un lujo mayor:  “flotar” sobre arena cuesta abajo, con la panorámica del mar al frente, el “desierto” atrás, la brisa costeña, el olor a sal, la adrenalina y el ímpetu personal, natural, de volverlo a intentar y hacerlo mejor, cada vez. 

Ilán RabchinskeyFoto: Ilán Rabchinskey

Aquí, lograr descender toda la duna, en un solo “trazo”, es un reto y gran parte de la diversión; pero también lo son los intentos fallidos que dejan al aventurero de cabeza y con un buche de arena en la garganta, o en un clavado de media cabeza directo sobre un montón de arena dejando empanizadas las pestañas, las muelas, media cara. Y sacudirla y volver a la cima a intentarlo de nuevo. Resiliencia o necedad o competitividad o adrenalina: todas las anteriores; pero se suman todas para conformar una gran aventura, divertida, única y empanizante. ¿Qué más experiencia de disfrute que ésta para despertar la consciencia ambiental? ¿Qué estado más puro y cotidiano que el de un ser (viajante) confrontando sus miedos, abrazando su insaciable característica de —literal— volverse a levantar e intentar? ¿De “conquistar” la topografía? ¿Qué otro “discurso” más contundente, indeleble, que la belleza de imbuirse en la naturaleza y ser uno, por un momento?

Ilán RabchinskeyFoto: Ilán Rabchinskey

La variedad de expediciones que México Verde ofrece es muy amplia. Ya sea, experimentar la inmersión y proximidad con quienes hoy continúan escribiendo la historia de las haciendas mexicanas y trabajan su campo; guarecerse en un espacio de entero descanso en medio de un valle con olor a mango; o tocar, una y otra vez, el mar, el sol, las dunas, trastocar y borrar por momentos esa frontera entre la naturaleza y uno, a empanizadas o simplemente mirando la dote inmensa que el Universo puso en México, en Veracruz, en cada uno de sus flancos. 

 

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